La gran marcha hacia el sur comenzó bajo el designio de los astros y el peso del metal. Las fuerzas de Namati Inti dejaron atrás el devastado valle del Elqui, obligando a los sobrevivientes de la montaña y del valle —entre ellos un silencioso y observador Anek— a cargar los suministros de la campaña. Para Anek, ver a su pueblo encadenado junto a quienes consideraba sus enemigos mortales era una ironía dolorosa; el engaño del norte los había unido, pero en la desgracia.
A medida que avanzaban, el paisaje comenzó a cambiar. Los cielos diáfanos del norte dieron paso a nubosidades densas y los cerros secos se tiñeron gradualmente de un verde profundo. Los corredores chaskis iban y venían, manteniendo la línea de comunicación con el norte profundo, pero sus reportes ya no eran tan limpios.—Señor —informó un chaski exhausto al llegar a los pies del valle del Mapucho—, los pueblos de esta cuenca han abandonado sus aldeas. No hay cosechas que recolectar ni nobles que capturar. Se han replegado hacia las faldas de los Apus.
Namati Inti no se inmutó. Sabía que el río Mapucho, con su fuerza telúrica, era un lugar de huacas y adoración, pero también un punto estratégico. Estableció allí su campamento base, utilizando la cuenca como un centro de control. Sin embargo, el ambiente se sentía pesado. La tierra misma parecía rechazar la presencia de la "piedra roja". Por las noches, extraños silbidos imitaban el canto de las aves, pero ningún pájaro volaba a esas horas. Los centinelas del norte, hombres del desierto y la roca ardiente, comenzaron a susurrar sobre maleficios.
Anek, aprovechando la distracción de sus captores y el espeso bosque que bordeaba el río, comenzó a tramar su fuga. Había notado que las armas de metal eran formidables en campo abierto, pero pesadas y torpes entre la densa vegetación del sur. Una noche, mientras una tormenta cordillerana azotaba el campamento, Anek logró cortar sus amarras con una lasca de sílice que había escondido en su calzado.
Se adentraron en el bosque oscuro, cruzando el Mapucho con el agua hasta el pecho. Mientras escapaban, Anek sintió que no estaban solos. Entre las sombras de los gigantescos árboles de coihue y canelo, unos ojos vigilaban. No eran los hombres de Namati Inti. Eran los auténticos dueños de esa tierra boscosa.
Al amanecer, Namati Inti descubrió la fuga. Furioso, ordenó a su vanguardia de élite adentrarse en los bosques del sur para cazar a los rebeldes y reclamar las tierras del Chili definitivo.
Pero el sur no se conquistaría con promesas de fuego. Apenas la columna del norte cruzó la línea invisible del bosque, la naturaleza misma pareció volverse en su contra. De la nada, trampas de madera pesada cayeron de las copas de los árboles y flechas con puntas de piedra negra (obsidiana) cruzaron el aire con precisión quirúrgica.
Desde la copa de un roble, un grito de guerra desconocido y atronador hizo eco en todo el valle, congelando la sangre de los invasores. Los "hombres de la tierra" habían hecho su aparición. No tenían metal, pero sus ojos reflejaban la misma fuerza indomable de los Apus.
Anek y sus compañeros, ocultos entre los matorrales, observaron el choque. Por primera vez en meses, la invencible delegación del norte retrocedía, dejando caer sus armas de piedra roja sobre el barro húmedo del sur. La verdadera guerra por el Chili acababa de comenzar.