La escena se repite como un bucle degradante en nuestras universidades públicas y tradicionales. Hace unas semanas fue el cobarde ataque en la Universidad Austral contra una ministra de Estado; días después, el turno de las agresiones, escupitajes y el posterior e insólito comunicado de la Facultad de Derecho de la Universidad de Chile que intentó culpar a una diputada por el solo hecho de asistir a un foro en sus dependencias. La secuencia de estos eventos devela una enfermedad profunda en las comunidades académicas: la creencia de que el campus es una zona franca de la ley y que la autonomía universitaria es sinónimo de inmunidad penal.
Detrás de este matonaje estudiantil opera una lógica doctrinal perversa. Facciones radicales de izquierda han instalado un falso "derecho de admisión ideológico". Bajo su marco mental, cualquier persona que piense distinto a ellos ejerce una "violencia sistémica" con su sola presencia. Así, la agresión física, la funa y la humillación se justifican y bautizan como "legítima defensa" o "protesta social". Lo alarmante no es que existan jóvenes radicalizados con pulsiones totalitarias —eso ha existido siempre—, sino el cálculo de cobardía y apaciguamiento con el que actúan las rectorías y decanatos.Las autoridades universitarias se han convertido en escudos políticos de los delincuentes. Por temor a que una asamblea les raye los muros, les paralice la facultad o les inicie una campaña de cancelación en redes sociales, los rectores optan sistemáticamente por el camino de menor resistencia: minimizar el hecho, culpar a "elementos externos" o, peor aún, revictimizar al agredido acusándolo de "provocador". Con esto, la autoridad claudica en su deber ético y legal, transformándose en cómplice pasivo de la destrucción del pluralismo.
Es urgente sepultar el mito de que las universidades gozan de una suerte de fuero diplomático. La autonomía protege la libertad de cátedra y la libre investigación frente al poder político; jamás se diseñó para impedir que Carabineros detenga en flagrancia a quien arroja piedras, golpea un auto o agrede a un ciudadano. Los campus no son embajadas extranjeras ni repúblicas independientes; están sujetos al Código Penal chileno desde el primer hasta el último metro cuadrado.
Romper esta inercia requiere dejar de apelar a la buena voluntad de autoridades universitarias capturadas por el asambleísmo. La solución debe pasar por la billetera pública y la responsabilidad legal. El Estado no puede seguir financiando, vía gratuidad o aportes basales, a instituciones que toleran el matonaje. Si un estudiante regular es formalizado por actos de violencia dentro de un campus, debe perder de forma inmediata e irrevocable todo beneficio estatal. A su vez, si un rector omite denuncias, oculta identidades de agresores o bloquea la acción de la justicia, debe responder penalmente por encubrimiento y civilmente con su patrimonio.
La universidad nació en Occidente como el templo del debate, la confrontación de ideas y la búsqueda de la verdad a través de la razón.