sábado, 21 de marzo de 2026

La Sacerdotisa

 El aire en el Qorikancha era pesado, no por la falta de oxígeno a esa altura del Cuzco, sino por el incienso de muña y el presentimiento de un cambio irreversible. Yura, una joven Aclla o Virgen del Sol, tejía con dedos expertos una túnica de lana de vicuña tan fina que parecía espuma.

Ella, como sus hermanas, había sido elegida por su belleza y linaje para servir al Inti. Su vida era el silencio, la perfección en el telar y la preparación de la chicha sagrada. Pero los rumores corrían más rápido que los chasquis: decían que desde el norte avanzaban "cerros flotantes" y hombres con piel de nube y barbas de metal.

Un amanecer de 1533, el estruendo de los cascos de los caballos rompió la paz del templo. No eran dioses, como algunos susurraban; eran hombres sedientos de lo que para los Incas era el "sudor del sol": el oro.

Yura observó desde las sombras cómo los muros de piedra perfectamente encajadas, que ella consideraba eternos, eran despojados de sus láminas doradas. El Imperio se desmoronaba entre el estruendo de las armas de fuego y la caída de Atahualpa.

Ante la llegada de los hombres de Pizarro, el Sumo Sacerdote ordenó a las vírgenes ocultar los tesoros más sagrados. Yura no salvó el oro, sino una pequeña estatuilla de piedra y las semillas de su pueblo. Mientras el Cuzco ardía y las iglesias comenzaban a alzarse sobre los cimientos incas, ella y otras Acllas escaparon hacia las altas cumbres de Vilcabamba.

Bajo la luz del Inti, que seguía brillando a pesar de la derrota, Yura comprendió que aunque el Imperio de los Cuatro Suyos había caído, su sangre y sus tejidos contarían la historia de un sol que nunca termina de ponerse.

viernes, 20 de marzo de 2026

Sobre el dolor

 Sobre el dolor

El dolor de cierta manera es un aviso, una suerte de alerta que algo nos afecta y daña.

Desde dicha mirada, aunque incluso profundamente agobiante y persistente, el dolor nos remite a un momento de malestar, riesgo, crisis o enfermedad.
Una herida, un trauma o golpe, remiten dolor y causan dolor.

Somos dolientes igualmente en la pérdida, el despojo o el abandono.

¿Es entonces posible señalar que el dolor es lo opuesto del placer?. Si bien el placer es goce, disfrute, puede allegarse a este igualmente el dolor, y así experimentar un placer con dolor, un goce con sabor extraño, que termina minando ese extasis..

Por tanto, el dolor posee cualidades variadas, no sólo emana, sino se infiltra e instala, e incluso se adosa para convivir diariamente...

Si en la herida, el dolor es alerta, un malestar que reitera su mensaje de atención, asimismo es un proceso que renuncia en la medida, que procedemos a curar y tratar esa causa.

Sin embargo, en la convivencia el dolor pareciera ser más persistente, obcecado e intrusivo.

El dolor físico podemos graduarlo en mayor o menor intensidad, el dolor emocional, espiritual inclusive, se muestra insondable, sin magnitud concreta, pues permea el conjunto de sensaciones y desde allí lanza sus pulsaciones..

El dolor físico es malestar, que golpea, quiebra y flagela, el dolor interior es más un vaho, un gas que intoxica, apremia y nos demuele lentamente..

martes, 17 de marzo de 2026

Camino a medias

 El viento blanco bajaba del Glaciar Iver como un susurro antiguo, pero para el montañista que miraba absorto, el sonido más fuerte no estaba en la montaña, sino en su propio cuerpo. A 4.000 metros, en el campamento de Piedra Numerada, el corredor se quitó la zapatilla de trail. Ahí estaba: un calor punzante en el talón de Aquiles, un tendón que ayer era acero y hoy parecía una cuerda a punto de romperse.

Meses de entrenamiento en el cerro San Cristóbal, pasadas de velocidad al alba y fines de semana de fondo en el Cajón del Maipo se resumían en ese instante. Frente a él, la mole de El Plomo se alzaba como un altar de roca y hielo, el Apu guardián que los incas eligieron para sus sacrificios más sagrados.

Nuestro caminante cerró los ojos y comenzó la batalla interna.

Por un lado, la voluntad. Esa voz que lo había hecho correr bajo la lluvia y el frío. "Es solo dolor", se decía. "Un vendaje compresivo, un par de antiinflamatorios y la adrenalina hará el resto". Su mente occidental, forjada en la superación personal y el no pain, no gain, le exigía conquistar la cumbre. La cima estaba ahí, a un día de marcha; postergarlo se sentía como una derrota, un desperdicio de meses de esfuerzo.

Pero por otro lado, estaba el designio. Al mirar la inmensidad de la cordillera, Julián recordó que para los antiguos, la montaña no se "conquista", se pide permiso para entrar en ella. ¿Era ese dolor una simple lesión mecánica o una señal del Apu? Sintió que el talón era un ancla física que lo obligaba a detener la marcha de su ego. "Quizás la montaña no me quiere hoy allá arriba", pensó. "Quizás el sacrificio que el Plomo me pide no es el de mis pulmones, sino el de mi orgullo".
Se quedó en silencio, escuchando el crujir del hielo a lo lejos. Entendió que subir con el cuerpo roto era un acto de soberbia, una falta de respeto hacia la magnitud de los Andes. La montaña seguiría ahí, eterna y paciente, esperando a que su cuerpo estuviera en armonía con su deseo.

Esa noche, nuestro caminante no preparó su mochila para el ataque a cumbre. Se quedó mirando las estrellas sobre el cerro, aceptando con paz que volver a bajar era, en realidad, su ascenso más difícil. El Apu le había enseñado que la verdadera fortaleza no es siempre avanzar, sino saber cuándo inclinarse ante lo sagrado.

sábado, 14 de marzo de 2026

El Aqueronte

 El Aqueronte es un río mítico de la antigua Grecia, conocido como el "río del dolor" o de la "tristeza eterna", que marca el límite del inframundo y transporta las almas al reino de Hades. Caronte cruzaba a los difuntos en su barca a cambio de un óbolo. Existe físicamente en el Epiro, al noroeste de Grecia. 

Historia y Mitología

Detalles claves sobre el Aqueronte:
• Mitología: En la Titanomaquia, los Titanes bebieron de sus aguas, por lo que Zeus lo maldijo y lo volvió amargo. Es uno de los cinco ríos del inframundo, junto al Estigia, Cocito, Flegetonte y Lete.

• El barquero Caronte: Las almas pagaban a Caronte con una moneda colocada en la boca para cruzar. Si no podían pagar, vagaban 100 años por sus orillas.

• Geografía real: Nace en las montañas Souli y desemboca en el Mar Jónico cerca de Ammoudia. Actualmente es un destino turístico para rafting, kayak y senderism.

• Literatura: En la Divina Comedia de Dante, el Aqueronte rodea el vestíbulo del Infierno y es atravesado para llegar al Limbo.

• Significado: Su nombre proviene del griego (ajos), que significa sonido intenso, dolor o aflicción. 

• Geografía Mítica y Conexiones

• Afluentes del Dolor: El Aqueronte recibe las aguas del Cocito (río de los lamentos) y del Flegetonte (río de fuego).
• La Laguna Aquerusia: En algunas versiones, el río desemboca en un pantano o lago estancado conocido como la Laguna Aquerusia, donde las almas esperan su juicio.

viernes, 13 de marzo de 2026

El misterio de la Piedra Mágica

 Esta es una leyenda tejida con los ecos del viento en la Araucanía, donde el nombre Caterincura (que en la lengua de la tierra se traduce como "Piedra que Brilla" o "Piedra del Rayo") se convierte en el corazón de un linaje.

Cuentan los antiguos que, hace muchas lunas, antes de que los bosques fueran medidos con cercos, vivía un Lonko llamado Caterincura. No era un hombre de gran estatura, pero sus ojos tenían el reflejo del granito húmedo bajo el sol. Su comunidad lo respetaba no por su fuerza en el palín, sino por el secreto que colgaba de su cuello: una piedra pequeña, de un azul eléctrico y vetas blancas, que parecía vibrar cuando el peligro se acercaba.

Dice la historia que esa piedra no era de este mundo. Había caído del Wenu Mapu (la tierra de arriba) durante una tormenta que hizo temblar los volcanes. El joven Caterincura la encontró humeante en un cráter, y desde que su piel tocó el mineral, el espíritu del rayo le otorgó el don de la premonición.

Un invierno, el hambre azotó la zona. La nieve cubrió los piñones y los animales desaparecieron. Los otros jefes hablaban de cruzar la cordillera hacia el Puelmapu, un viaje suicida en medio del temporal. Caterincura, en silencio, se retiró a la orilla del río Cautín. Sostuvo su piedra mítica y cerró los ojos.

La piedra comenzó a entibiarse. En su mente, vio una imagen clara: un valle oculto tras el cerro Ñielol donde los arrayanes aún estaban verdes y el agua no se había congelado.

—"La piedra me ha mostrado el camino de la vida" —anunció al volver a la ruca.
Aunque muchos dudaron, el linaje de Caterincura lo siguió. Caminaron días bajo la cellisca, guiados por el destello azulino que emanaba del pecho del Lonko. Cuando llegaron, encontraron el valle tal como él lo vio: un refugio sagrado donde la primavera parecía haberse quedado a dormir.

Con el paso de los siglos, el nombre de Caterincura se fue desdibujando, transformándose en el susurro de la Piedra Mítica. Dicen que el Lonko no murió, sino que al final de sus días regresó al cráter donde halló su tesoro. Allí, se fundió con la roca, convirtiéndose en el espíritu protector de las piedras que hoy, si tienes suerte y el corazón puro, podrías encontrar brillando en el fondo de un arroyo cordillerano.

domingo, 8 de marzo de 2026

Viracocha y Quetzalcóatl

 Hace siglos, cuando el mundo aún se medía por los ciclos del sol y el maíz, dos promesas quedaron suspendidas en los extremos de un continente.

En el corazón de los Andes, el anciano Viracocha, de túnica blanca y ojos como el cielo profundo, se despidió de los Incas caminando sobre las espumas del océano Pacífico. "Volveré en tiempos de necesidad", susurró, antes de desaparecer en el horizonte donde el mar se une con el fuego del atardecer.

Al mismo tiempo, en las tierras altas de México, Quetzalcóatl, la Serpiente Emplumada, ardía de una tristeza luminosa. Tras enseñar a los Aztecas el arte del tiempo y las estrellas, partió en una balsa de serpientes hacia el Oriente, jurando que en un año Ce Ácatl (Uno Caña) regresaría para reclamar su trono.
El cuento cuenta que, una noche de eclipse total, cuando la sombra de la luna unió el norte con el sur, ambos viajeros se encontraron en el "Eje del Mundo", una dimensión de niebla y luz situada entre los dos mares. No eran extraños; eran reflejos.

—¿Tu pueblo aún espera? —preguntó Viracocha, cuya voz sonaba como piedras rodando en un arroyo.

—Esperan con sacrificios y cantos —respondió Quetzalcóatl, sus plumas de quetzal brillando con colores que el hombre aún no ha nombrado—. ¿Y los tuyos?

—Los míos miran a las cumbres, buscando mi rastro en la nieve.
Se dieron cuenta de que su promesa no era volver como hombres de carne, sino como un despertar. Decidieron que su regreso no sería en barcos ni con armaduras, sino en el momento en que un niño de los Andes y una niña de Anáhuac volvieran a leer las estrellas y a cuidar la tierra con el mismo amor con que ellos la crearon.

Al amanecer, ambos se fundieron en un solo rayo de luz que golpeó simultáneamente la cima de Machu Picchu y el Templo Mayor. No habían regresado al mundo; habían regresado a la sangre y al espíritu de su gente, cumpliendo la promesa de que, mientras alguien recordara sus nombres, ellos nunca se habrían ido.

Pasaron los siglos y las ciudades de piedra fueron cubiertas por selva o rodeadas de asfalto y rascacielos. Los hombres olvidaron cómo hablar con las estrellas, y el murmullo de los mares se perdió bajo el ruido de las máquinas.

Pero una tarde, el cielo de todo el continente se tiñó de un color turquesa y oro que la ciencia no pudo explicar.
En la cima del Huayna Picchu, un guía de turismo sintió que el suelo vibraba con un latido antiguo. Al mirar hacia el horizonte, vio a un hombre alto, con una túnica que parecía tejida con la espuma del mar.

 Era Viracocha, que no traía rayos en las manos, sino semillas de plantas que se creían extintas.

Al mismo tiempo, en la plaza central de Ciudad de México, el viento comenzó a soplar con un aroma a flores frescas y copal. Una sombra serpentina descendió desde el Templo Mayor, transformándose en un guerrero de ojos luminosos y manto de plumas verdes. Quetzalcóatl había vuelto, pero no buscaba sacrificios; buscaba los libros y los códices perdidos en el tiempo.

Ambos se reconocieron a la distancia, unidos por un hilo invisible de energía que atravesaba las selvas del Darién. Se dieron cuenta de que su pueblo no los necesitaba para ganar guerras de acero, sino para sanar la tierra.

—"El tiempo del olvido ha terminado", sentenció Viracocha, tocando una piedra seca que al instante comenzó a brotar agua cristalina.

—"La palabra vuelve a tener alas", respondió Quetzalcóatl, mientras los niños de la plaza comenzaban a recordar canciones en lenguas que nunca habían estudiado.

Su regreso no fue una conquista, sino una siembra. No reclamaron tronos, sino que se sentaron en los parques y en las plazas a enseñar de nuevo que el ser humano es el puente entre el cielo y la tierra. 
La promesa se cumplió no cuando ellos llegaron, sino cuando la gente, al mirarlos, recordó finalmente quiénes eran realmente.

sábado, 7 de marzo de 2026

El cuerpo como texto: una aproximación desde la cotidianidad

 Transitar la rutina diaria nos conduce, inevitablemente, al encuentro con el otro. En las grandes urbes, este es un hecho ineludible: calles, plazas, metros y oficinas se convierten en escenarios de interacción visual constante. Es en este espacio público donde surge nuestra premisa: el cuerpo como objeto de atención y estudio.

El cuerpo funciona como un texto; una suerte de pergamino o pantalla donde se plasma un mensaje. Esta narrativa no se limita a la palabra escrita, sino que se extiende a la iconografía del tatuaje. Lo que antaño fue un código exclusivo de marineros, reclusos o pandillas en Occidente —sin olvidar su raíz identitaria en culturas ancestrales como la maorí o la azteca— ha mutado profundamente.
La transición de la modernidad a la posmodernidad ha convertido al cuerpo en el soporte de un mensaje que, ante su actual diversidad, encierra un nuevo misterio. Rosas, calaveras, versos, inscripciones en mandarín o simbología celta conviven en la piel contemporánea. ¿Quiénes habitan hoy tras esta diversidad que rompe los antiguos esquemas tribales? ¿Qué motiva la elección de un lienzo específico, ya sea el cuello, la pelvis o el rostro?

Lo que se comunica es polifónico: desde el afecto filial hasta devociones místicas no siempre reveladas. No es un mensaje que se pueda omitir; por el contrario, se manifiesta, se instala y se desplaza con el individuo. Es un discurso que se encarna literalmente en la piel, buscando trascender lo efímero en pos de una permanencia que solo la vida, en su finitud, puede interrumpir.

Este acto de "mostrar" no busca demostrar una verdad, sino expresar un sentido a través de la forma. Y aunque a veces el romance termina y el testimonio caduca, el mensaje rara vez se borra; suele transmutar. Así, entre zonas públicas y recónditas, el ser humano persiste en su sello particular de escribir su propia historia sobre su propia carne.