domingo, 18 de octubre de 2026

El Anhelo del retorno al cauce: El espejismo de lo imposible

 La bajísima convocatoria en las marchas que pretendían revivir el denominado "estallido social", sumada al severo veredicto de la opinión pública, devela un fenómeno político definitivo. 

Las cifras son elocuentes: un 59% de los chilenos evalúa hoy ese proceso como algo negativo para el país —número que el Panel Ciudadano de la UDD eleva a un 64%—, mientras que quienes consideran que fue un hito "necesario" se desplomaron a apenas un 31%. 

El escenario evoca con fuerza la analogía del salmón: un impulso biológico y obstinado que empuja a ciertos sectores a retornar a contracorriente al cauce que los vio nacer, ignorando que ese viaje de vuelta no es el inicio de una renovación, sino el preludio de su propio ocaso. Regresan al origen solo para certificar el fin de su ciclo institucional.

Este porfiado empeño de marchar por las mismas alamedas buscando los mismos ecos del pasado denota una total ceguera histórica. Es aquí cuando Heráclito dicta con severidad su máxima imperecedera: "Nadie se baña dos veces en el mismo río". El cauce de la sociedad ya no es el de 2019; las aguas han corrido, arrastrando consigo la ilusión refundacional para dar paso a una demanda tajante de orden, seguridad y certezas económicas. El error de los nostálgicos de la revuelta es doble: no solo bracean contra la corriente en un río que cambió de dirección, sino que persisten en habitar una ficción conceptual.

Su obstinación recuerda la alegoría de la caverna de Platón: permanecen encadenados de espaldas a la realidad, contemplando las sombras proyectadas de una épica callejera que el país ya dejó atrás. 

Para el ciudadano de a pie, las fogatas se apagaron y las prioridades mutaron hacia la urgencia cotidiana. Aquellos que insisten en permanecer en la penumbra de la caverna, adorando el fantasma de Octubre, terminan chocando contra la muralla del sentido común y la indiferencia de una mayoría que eligió salir a la luz de la normalidad.

Sobre Hiperion

 Durante la Titanomaquia, la luz del cielo comenzó a parpadear. El reino de Urano se estremecía bajo los rayos de Zeus, pero Hiperión se mantenía firme en las alturas, observando el campo de batalla con sus ojos de fuego celestial. Mientras sus hermanos flaqueaban, el Titán de la vigilancia comprendió que la fuerza bruta de Cronos no bastaría para frenar el avance de los dioses olímpicos.

Hiperión convocó a su esposa y hermana, Tea, la titánide de la vista y las piedras preciosas.

—Nuestros hermanos caen en la desesperación —le dijo, con una voz que resonaba como el crujir de las estrellas—. Si el firmamento cae, la luz divina que guardamos se extinguirá para siempre. Debemos asegurar el mañana.

Antes de que las cadenas del Tártaro se cerraran sobre él, Hiperión no buscó la salvación para sí mismo, sino para el equilibrio del cosmos. Usó el último aliento de su poder puro para bendecir a sus tres hijos:

• A Helios, su hijo varón, le entregó las riendas del carro dorado, encomendándole la misión de cruzar el cielo cada día para dar calor a los mortales.

• A Selene le otorgó la corona plateada y el manto de la noche, asegurando que la oscuridad nunca fuera absoluta.

• A Eos la vistió con los tonos azafrán y rosados, encargándole abrir las puertas del horizonte cada mañana.

Cuando las huestes de Zeus finalmente derribaron a Hiperión, el Titán no gritó de furia. Mientras era arrastrado hacia los abismos más profundos del Tártaro, miró hacia arriba. A través de la densa niebla del inframundo, vio los primeros rayos del sol de Helios y la suave caricia nocturna de Selene.

Aunque el cuerpo de Hiperión quedó atrapado en el azufre y la oscuridad eterna, su esencia continuó caminando en las alturas. Cada amanecer, cada mediodía y cada noche, el cosmos entero recordaba que el Titán de la luz divina había cumplido su guardia más importante: mantener el mundo iluminado.

martes, 13 de octubre de 2026

Nuevamente la Lluvia

 Como una señal del trueno, viento y la extensa estirpe de Zeus reaparece la lluvia

Signo del agua que fluye en niveles aéreos y luego deviene a la tierra sedienta y procreadora de vida.

Por cierto tiempo, los hijos de fuego abatieron nuestro elemento de agua
Se instalaron con la sequía mortal, sus llamaradas y lenguas viperas para destruir, proclamar el apocalipsis inminente.

Fueron más allá de lo imaginado
Su letalidad inundó ríos, campos y ciudades. Hasta llegar a aquél nefasto octubre. Donde nuestra tierra fue azotada por sus huestes..

Más los ruegos fueron muchos hacia la deidad.
Aquella que ama, acoge y protege con mano suave.
Aquella que guarece y nos provee de una ruta con sentido trascendente..

De tal forma, la paciente mano que no olvida nos prodigo el impulso para enfrentar a los que deseaban desmembrar nuestra historia, saquear nuestros corazones y derrotar la esperanza.

Como gotas de una lluvia, uno a uno, cada hijo de la tierra;  - Mapu-che-, fueron siendo inspirados por los Huacas antiguos, por la prédica del sacerdote primigenio, por los héroes anónimos que dieron su vida sin buscar recompensa, por nuestros emblemas, naturaleza, campos , montes, cordillera, mar... Todos uno, una sola fuerza telúrica que recorrió -Chili-
Una gran  Minga
Donde Tenten Vilú y Kai Kai Vilú, anidaron para nuestro sello..

Todo ello, ebullió hasta los cielos, donde el Antu y la Quilla, viven.

De tal forma, volvió el agua en lluvia a lavar el dolor, limpiar la senda y revivir la tierra baldía en que pretendían reinar los hijos del fuego..

Por eso, ante la lluvia de hoy, no temas, sino alégrate. Mira al cielo, huele la humedad, siente la brisa y el susurro del viento que trae la nueva era, la era del agua, danzando sobre la faz marchita. Para dar vida y traer vida.
Nuevamente a nuestra Patria 

lunes, 12 de octubre de 2026

El Castigo de Zeus a la Humanidad

 El titán Prometeo había desafiado a los dioses al robar el fuego sagrado del Olimpo para entregárselo a los hombres, permitiendo el avance de la civilización. Furioso por esta osadía, Zeus planeó un castigo doble: uno eterno para Prometeo y otro sutil para la humanidad.

Para castigar a los hombres, Zeus ordenó la creación de Pandora, la primera mujer mortal:

• Hecha de arcilla por Hefesto, cada dios del Olimpo le otorgó un don: belleza, gracia, astucia y gran elocuencia.

• Sin embargo, el dios Hermes le infundió también un rasgo peligroso: una curiosidad insaciable.

2. El Regalo de Bodas y la Tinaja Prohibida
Zeus ofreció a Pandora como esposa a Epimeteo (el hermano de Prometeo).

 Aunque Prometeo le había advertido a su hermano que jamás aceptara un regalo de los dioses, Epimeteo quedó deslumbrado por ella y se casó de inmediato.
Como regalo de bodas, los dioses le entregaron a Pandora una misteriosa vasija, pero con una advertencia estricta: bajo ninguna circunstancia debía abrirla.

3. El Momento Crucial: Se Desatan los Males

Durante un tiempo vivieron en paz en un mundo donde la humanidad no conocía la enfermedad, el cansancio, el dolor ni la vejez. Pero la curiosidad sembrada por los dioses en el pecho de Pandora se volvió insoportable.

Un día, cediendo al impulso, Pandora retiró la pesada tapa del recipiente. Al instante:

• Una nube oscura de terribles plagas, enfermedades, la vejez, la envidia, el dolor, la locura y la muerte escapó violentamente, extendiéndose por toda la Tierra.

• Espantada por el desastre, Pandora intentó cerrar la vasija de golpe, logrando atrapar un único elemento en el fondo justo antes de que saliera: Elpis, el espíritu de la Esperanza.

El Significado del Mito

Este relato es la respuesta de la Grecia antigua a una de las preguntas más profundas de la filosofía: ¿Por qué sufrimos?

Aunque el mito parece pesimista al liberar el sufrimiento sobre el mundo, el hecho de que la Esperanza se quedara con nosotros es el pilar central de la resiliencia humana. Es el consuelo que nos permite seguir adelante a pesar de todas las dificultades de la vida (de ahí el famoso dicho popular: "La esperanza es lo último que se pierde").

sábado, 3 de octubre de 2026

Los que Permanecieron de Pie

La mañana había amanecido gris sobre Santiago.


Desde temprano, la Alameda comenzó a llenarse de voces. Pancartas, banderas, consignas y pasos apresurados avanzaban como un río humano hacia el centro de la ciudad. Era el día de la marcha y, como tantas veces, cada grupo llevaba consigo una idea de Chile distinta.

Frente a la Casa Central de la Universidad Católica había otro grupo.
No eran muchos.

Unos jóvenes sostenían banderas. Otros afirmaban un lienzo que decía:
NO QUEREMOS UN CHILE PARALIZADO. QUEREMOS UN CHILE QUE PROSPERE.

Pertenecían a dos movimientos distintos. Solidaridad y Movimiento Gremial.
No estaban allí para impedir que otros marcharan.

Estaban allí para decir que ellos también tenían derecho a hablar.
Durante un rato, la ciudad siguió su curso.
Algunos transeúntes los miraban con indiferencia. Otros los insultaban. Algunos levantaban el pulgar. Otros apretaban los dientes.
Los jóvenes permanecieron allí.
Entonces apareció la multitud.
Primero fue un murmullo.
Después, un estruendo.

La marcha avanzaba por la Alameda como una enorme criatura de muchas cabezas. Había estudiantes sinceros, dirigentes, trabajadores, curiosos, familias, consignas legítimas y, mezclados entre todos ellos, rostros que nadie podía reconocer.

Los jóvenes del frontis miraron hacia la avenida.

Uno de ellos dijo:
—No bajemos las banderas.
Otro respondió:
—No estamos haciendo nada malo.
Y continuaron de pie.
Entonces comenzaron los insultos.
Después llegaron los empujones.
Una bandera cayó al suelo.
Alguien la recogió.
Un objeto voló desde la multitud.
Después otro.
La pintura cubrió uno de los lienzos.
Y en algún momento, casi imperceptiblemente, la discusión dejó de ser una discusión.
La palabra fue reemplazada por el golpe.
El argumento, por el objeto lanzado.
La discrepancia, por el cuerpo contra el cuerpo.
Los jóvenes retrocedieron.
Uno recibió un golpe.
Otro cayó.
Una muchacha intentó proteger a un compañero.
Alguien gritó.
Otro pidió que se detuvieran.
Pero la multitud ya no escuchaba.
Muchos siglos antes, en otra ciudad, otro hombre había caminado entre una multitud.
También había hablado.
También había sostenido una verdad que otros consideraban insoportable.
También había sido llevado ante quienes creían tener derecho a decidir qué palabras podían pronunciarse y cuáles debían ser castigadas.
Los romanos no comprendían al hombre que tenían delante.
No necesitaban comprenderlo.
Bastaba con condenarlo.
Y ahora, en aquella mañana de Santiago, algo antiguo parecía repetirse.
No la historia.
No exactamente.
El arquetipo.
Porque toda época conoce sus propias cruces.
Y toda multitud puede convertirse, por un instante, en tribunal.
—¡Entren! —gritó alguien desde la puerta.
Los jóvenes comenzaron a correr.
La Casa Central se abrió ante ellos.
Entraron desordenadamente, algunos llorando, otros sangrando, otros todavía aferrados a sus banderas.
Uno de ellos volvió la cabeza.
Afuera quedaba el lienzo.
Estaba roto.
La pintura escurría por sus letras.
Pero todavía podía leerse una palabra.
PROSPERE.

El joven quiso regresar.
Un compañero lo tomó del brazo.
—No.
—La bandera.
—Déjala.
—No puedo.
—Ahora tienes que entrar.
Y entró.
La puerta se cerró.
Dentro de la Casa Central reinaba un silencio extraño.
Afuera seguía rugiendo la calle.
Dentro, algunos estudiantes intentaban recuperar el aliento.
Una muchacha tenía el rostro cubierto de lágrimas.
—¿Por qué? —preguntó.
Nadie respondió.
Porque esa era quizás la pregunta más antigua.
¿Por qué se golpea al que piensa distinto?
¿Por qué una idea puede llegar a convertirse en una amenaza?
¿Por qué una bandera provoca más rabia que una razón?
¿Por qué la multitud permite aquello que ninguno de sus individuos aceptaría estando solo?
No había respuestas.
Sólo respiraciones agitadas.
Y entonces uno de los jóvenes encontró la bandera que había logrado salvar.
Estaba sucia.
Arrugada.
Rota en un extremo.
La extendió sobre el suelo.
—No la escondamos —dijo.
—¿Para qué?
El joven la miró.
—Porque si la escondemos por miedo, entonces habrán conseguido algo más que golpearnos.
Nadie habló.
La levantaron.
Aquella tarde, los periódicos hablarían de violencia.
Los videos circularían por las redes.
Los dirigentes condenarían.
Otros intentarían explicar.
Algunos dirían que había sido una provocación.
Otros dirían que nada podía justificar una agresión.
Algunos convertirían a los jóvenes en símbolos.
Otros convertirían a sus adversarios en monstruos.
Y la verdad quedaría, como suele ocurrir, atrapada entre las consignas.
Pero dentro de la Universidad, entre los jóvenes que habían vivido aquella mañana, había comenzado otra cosa.
No una venganza.
Una decisión.
Uno de ellos dijo:
—Si respondemos de la misma manera, perdemos.
—¿Entonces qué hacemos?
Miró hacia la puerta cerrada.
—Volvemos mañana.
—¿A protestar?
—A hablar.
—¿Aunque vuelvan?
—Aunque vuelvan.
Esa noche, Santiago parecía distinta.
La Alameda estaba casi vacía.
Los restos de papeles yacían sobre el pavimento.
Había banderas abandonadas.
Pancartas destruidas.
Piedras.
Botellas.
Fragmentos de una jornada que durante unas horas había querido dividir al país en dos.
En el frontis de la Universidad Católica, sin embargo, permanecía una pequeña inscripción escrita sobre un pedazo de cartón:
NO RENUNCIAREMOS A PENSAR.
Nadie sabía quién la había escrito.
Quizás alguno de los jóvenes.
Quizás alguien que había visto la violencia.
Quizás alguien que había participado de la marcha y, al regresar a su casa, había comenzado a preguntarse qué había sucedido.
La ciudad continuó respirando.
Cristo, en la vieja historia, había sido llevado a la cruz.
No porque la cruz demostrara que sus verdugos tenían razón.
Tampoco porque el sufrimiento convirtiera automáticamente a todos sus seguidores en justos.
La cruz era, antes que nada, la imagen terrible de una humanidad que puede llegar a destruir aquello que no comprende.
Pero la historia cristiana introdujo una inversión radical:
la víctima no tendría la última palabra.
No sería el odio.
No sería la violencia.
No sería el miedo.
Sería la palabra.
Quizás por eso, muchos siglos después, aquella mañana de Santiago podía leerse bajo la misma sombra.
No porque aquellos jóvenes fueran Cristo.
No porque quienes los atacaron fueran Roma.
Sino porque el viejo drama seguía siendo reconocible:
una multitud, una diferencia, una condena y unos pocos hombres decididos a no arrodillarse ante la violencia.
Al amanecer del día siguiente, las puertas de la universidad volvieron a abrirse.
Los jóvenes regresaron.
Algunos tenían moretones.
Otros llevaban vendas.
Pero volvieron.
Uno de ellos puso sobre el muro el mismo lienzo de la víspera.
Estaba roto.
Lo habían cosido durante la noche.
Las letras ya no estaban completas.
Pero todavía podían leerse.
NO QUEREMOS UN CHILE PARALIZADO.
Debajo, alguien había agregado una frase escrita a mano:
Y TAMPOCO UN CHILE QUE TENGA MIEDO DE PENSAR.
Entonces comenzó la discusión.
Esta vez sin piedras.
Sin palos.
Sin gritos.
Sólo palabras.
Y quizá, en aquella mañana, comenzó también una pequeña resurrección.
No la de un hombre.
No la de una ideología.
Sino la de una convicción mucho más sencilla:
que ninguna sociedad puede llamarse libre si necesita golpear a otro para conseguir que calle.

miércoles, 30 de septiembre de 2026

Sobre el Tiempo

 Para Elías, el tiempo era una flecha rota; para Oona, un anillo de oro.

Vivían en la misma ciudad de piedra, pero habitaban universos distintos. Elías era un hombre del tiempo lineal. Llevaba un registro obsesivo de los días en un diario de cuero negro, tachando las fechas con tinta indeleble. Para él, cada segundo que caía era un soldado muerto en una guerra que no se podía ganar. El pasado era un cementerio inaccesible; el futuro, una neblina ansiogénica; y el presente, una línea delgada y afilada por la que caminaba haciendo equilibrio. Su mayor terror era el desperdicio. "Solo se vive una vez", repetía, mientras construía monumentos, acumulaba riquezas y apuraba sus cafés, siempre corriendo hacia una meta invisible.

Oona, en cambio, pertenecía al tiempo circular. No usaba relojes. Medía su existencia por el regreso de las golondrinas, el enfriamiento de la tierra y el latido de las mareas. Para ella, nada se perdía realmente. El invierno no era la muerte del año, sino la respiración profunda antes de la primavera. Cuando su abuela falleció, Oona no la lloró como a una pérdida definitiva, sino como a una semilla que regresaba a la tierra para nutrir los árboles que darían sombra a sus propios hijos. Oona no corría; caminaba con la certeza de quien sabe que volverá a pasar por el mismo sitio, solo que un poco más sabia.

Un día, ambos se encontraron en el viejo faro abandonado de la costa. Elías subía las escaleras contando los peldaños, frustrado por el desgaste de sus rodillas. Oona estaba sentada en la cima, contemplando el atardecer.

—Es el último atardecer del otoño —dijo Elías, sentándose a su lado con un suspiro pesado—. Un año más que se nos va. Menos tiempo en el contador.
Oona sonrió, acariciando la piedra gastada del faro.

—No se va, Elías. Se esconde. Este mismo frío ya lo sentimos, y este mismo sol volverá a calentarnos la espalda. No estás un año más cerca del final; estás dando otra vuelta al carrusel.

—Eso es un consuelo de tontos —replicó él, mostrando su reloj de pulsera—. El metal se oxida, la carne se debilita. Vamos hacia un final definitivo. Si no avanzamos, si no dejamos una marca imborrable antes de que caiga el telón, habremos fracasado. Tu círculo es una jaula; mi línea es progreso.

Oona miró el mar, donde las olas morían en la arena para luego ser reclamadas por el océano profundo.

—Tu línea es un camino al abismo, Elías. Te obliga a mirar siempre hacia adelante, volviéndote ciego a lo que dejas atrás. Desprecias el ayer porque ya pasó y temes al mañana porque llegará. Al final, tu flecha solo te lleva a la tumba. Mi círculo, en cambio, me permite abrazar el dolor del invierno porque sé que el verano está garantizado.

Pasaron las horas. Discutieron hasta que las estrellas cubrieron el cielo. Elías intentó demostrarle, con matemáticas y lógica de ingenieros, la irreversibilidad de la entropía. Oona le respondió con el ciclo del agua, la rotación de los planetas y la memoria de la sangre.

Al bajar del faro, algo había cambiado en ambos.

Elías regresó a su oficina, pero esa noche no tachó el día en su calendario. Miró la fecha y, por primera vez, pensó en la primavera que vendría, sintiendo un extraño alivio al notar que la noche siempre da paso al día. Oona, por su parte, caminó hacia su cabaña sintiendo el frío en los huesos, consciente de que, aunque el ciclo fuera eterno, cada vuelta de la espiral merecía ser vivida con la urgencia y la pasión de quien sabe que este momento exacto, con esta luz exacta, jamás volverá a repetirse de la misma manera.

Entendieron, sin decírselo, que la verdad no estaba en la flecha ni en el anillo, sino en la espiral: avanzar hacia lo nuevo, pero sin olvidar regresar siempre a casa.

sábado, 19 de septiembre de 2026

Las piedras no se marchitan

Las piedras no se marchitan 

Son símbolo de permanencia 

Viven en su universo inmutable 

Como señal, de la esencia

Acompañamiento y sobriedad 

Recuerdo y descanso 

Las piedras no se marchitan 

Viven en su momento 

Anhelando eternidad

Discurren silencio

Presencia de sostén 

Mientras tus ojos las observan