miércoles, 25 de marzo de 2026

Transitoriedad

 Yo me quedaré en esta roca,

como isla erguida en la memoria del viento,
testimonio callado de lo que fue
y de aquello que ya no alcanzará a ser.

Seré la grieta donde aún respira el eco,
la sal adherida a los nombres borrados,
la forma persistente de una historia
que el tiempo deshizo sin pedir permiso.
Aquí, donde alguna vez hubo voces,
tramas de manos y acuerdos invisibles,
queda apenas la huella de un orden
que creyó durar más que la marea.

Todo fue tránsito:
el gesto, la alianza, la palabra compartida.
Un instante organizado contra el caos,
una breve arquitectura de sentido
levantada sobre arena movediza.

Y sin embargo, algo resiste:
no la estructura, ni su promesa,
sino esta quietud que observa
cómo todo se transforma y se aleja.

Yo me quedaré en esta roca,
no como quien espera,
sino como quien comprende:
que incluso lo que parece firme
es apenas un momento detenido
en el largo respirar del mundo.

martes, 24 de marzo de 2026

Tololo Pampa

 Bajo el sol inclemente del desierto de Atacama, donde el aire ondula como una tela invisible y los espejismos son trampas tendidas por la luz, se murmura la existencia de Tololo Pampa.

 No es una ciudad hecha de adobe ni de piedra, sino de deseo: un espejismo dorado que se revela solo a quienes el desierto decide probar… o devorar.

Esta es la historia de Julián, un minero cuya ambición descendía más hondo que cualquier socavón que hubiera abierto con sus manos.

Aquella mañana, Julián siguió una promesa. Creyó ver, al primer golpe de sol, una veta de plata que relucía como un hilo vivo entre la roca. Sin decir palabra, se apartó de sus compañeros. 

Atrás quedaron las advertencias sobre la camanchaca que desorienta y el viento que imita voces humanas. Julián no escuchaba: la riqueza lo llamaba con un susurro más fuerte.
Caminó hasta que el mundo cambió sin aviso.

El silencio seco del desierto se disolvió en un murmullo de agua. Risas. Música. El aire dejó de quemar. Frente a él, donde un instante antes solo había caliche y horizonte, surgió una ciudad imposible.
Torres altas como espejos atrapaban el sol y lo multiplicaban en mil destellos. Las calles brillaban como si estuvieran pavimentadas con plata pulida. El aire olía a fruta fresca, a pan recién hecho, a sombra.

Julián cruzó el umbral sin dudar.

Lo recibieron hombres y mujeres de piel clara y ojos quietos, vestidos con telas que parecían tejidas con luz. Una mujer se adelantó. Sus ojos eran profundos, como pozos donde nunca falta el agua.

—Bienvenido a Tololo Pampa —dijo con una voz que no parecía salir de su boca, sino del aire mismo—. Aquí no existe la sed, ni el hambre, ni el cansancio. Aquí solo existe lo que deseas.

Y Julián deseó.

Comió hasta olvidar el hambre. Bebió hasta olvidar la sed. Rió con desconocidos que lo trataban como a un viejo amigo. Sus bolsillos se llenaron de oro, de piedras preciosas, de promesas sólidas y brillantes. El tiempo dejó de tener bordes: días, noches, horas… todo se fundió en una sola abundancia interminable.
Hasta que, en medio de esa plenitud perfecta, algo se quebró.

Un recuerdo.
El rostro de su madre. La risa de su hijo. El polvo del campamento. La vida que había dejado atrás, pobre pero real.
Entonces quiso irse.

El guardián de la salida lo esperaba: un anciano de rostro surcado, inmóvil como una roca antigua.

—Puedes marcharte —dijo, sin mirarlo del todo—. Pero entiende esto: lo que pertenece a Tololo Pampa, aquí se queda. Y hay una regla más… —su voz se afinó, como si el desierto hablara a través de él—: no mires atrás. Si lo haces, la pampa te cobrará lo que cree que le debes.

Julián asintió sin escuchar realmente. Solo quería volver, mostrar su fortuna, demostrar que había vencido al desierto.
Corrió.

Al principio, el aire era fresco. Luego, el calor volvió de golpe, brutal, como un castigo largamente contenido. La sed le rajó la garganta. El sol le cayó encima como una losa.

Metió la mano en su bolsillo.
Arena.
En el otro.
Piedras calientes.
Nada más.

El pánico le subió por el pecho como un animal vivo. Gritó, maldijo, negó lo evidente. Y entonces, vencido por la furia y la desesperación, olvidó la advertencia.

Se detuvo.

Miró atrás.
No había ciudad.
No había torres, ni sombras, ni agua. Solo la pampa infinita, inmóvil, indiferente. Pero algo más se alzaba en la distancia: una polvareda que avanzaba lentamente, como si tuviera voluntad.

Como si lo hubiera estado esperando.

Julián nunca regresó al campamento.

Dicen los arrieros que, en las noches de luna creciente, cuando el desierto parece respirar más lento, se distingue una figura en la distancia: un hombre encorvado, cargando un saco demasiado pesado para estar vacío.

Camina sin rumbo, con los ojos clavados en el horizonte.
Buscando una ciudad que tal vez nunca existió… o que aún lo está llamando.

sábado, 21 de marzo de 2026

La Sacerdotisa

 El aire en el Qorikancha era pesado, no por la falta de oxígeno a esa altura del Cuzco, sino por el incienso de muña y el presentimiento de un cambio irreversible. Yura, una joven Aclla o Virgen del Sol, tejía con dedos expertos una túnica de lana de vicuña tan fina que parecía espuma.

Ella, como sus hermanas, había sido elegida por su belleza y linaje para servir al Inti. Su vida era el silencio, la perfección en el telar y la preparación de la chicha sagrada. Pero los rumores corrían más rápido que los chasquis: decían que desde el norte avanzaban "cerros flotantes" y hombres con piel de nube y barbas de metal.

Un amanecer de 1533, el estruendo de los cascos de los caballos rompió la paz del templo. No eran dioses, como algunos susurraban; eran hombres sedientos de lo que para los Incas era el "sudor del sol": el oro.

Yura observó desde las sombras cómo los muros de piedra perfectamente encajadas, que ella consideraba eternos, eran despojados de sus láminas doradas. El Imperio se desmoronaba entre el estruendo de las armas de fuego y la caída de Atahualpa.

Ante la llegada de los hombres de Pizarro, el Sumo Sacerdote ordenó a las vírgenes ocultar los tesoros más sagrados. Yura no salvó el oro, sino una pequeña estatuilla de piedra y las semillas de su pueblo. Mientras el Cuzco ardía y las iglesias comenzaban a alzarse sobre los cimientos incas, ella y otras Acllas escaparon hacia las altas cumbres de Vilcabamba.

Bajo la luz del Inti, que seguía brillando a pesar de la derrota, Yura comprendió que aunque el Imperio de los Cuatro Suyos había caído, su sangre y sus tejidos contarían la historia de un sol que nunca termina de ponerse.

viernes, 20 de marzo de 2026

Sobre el dolor

 Sobre el dolor

El dolor de cierta manera es un aviso, una suerte de alerta que algo nos afecta y daña.

Desde dicha mirada, aunque incluso profundamente agobiante y persistente, el dolor nos remite a un momento de malestar, riesgo, crisis o enfermedad.
Una herida, un trauma o golpe, remiten dolor y causan dolor.

Somos dolientes igualmente en la pérdida, el despojo o el abandono.

¿Es entonces posible señalar que el dolor es lo opuesto del placer?. Si bien el placer es goce, disfrute, puede allegarse a este igualmente el dolor, y así experimentar un placer con dolor, un goce con sabor extraño, que termina minando ese extasis..

Por tanto, el dolor posee cualidades variadas, no sólo emana, sino se infiltra e instala, e incluso se adosa para convivir diariamente...

Si en la herida, el dolor es alerta, un malestar que reitera su mensaje de atención, asimismo es un proceso que renuncia en la medida, que procedemos a curar y tratar esa causa.

Sin embargo, en la convivencia el dolor pareciera ser más persistente, obcecado e intrusivo.

El dolor físico podemos graduarlo en mayor o menor intensidad, el dolor emocional, espiritual inclusive, se muestra insondable, sin magnitud concreta, pues permea el conjunto de sensaciones y desde allí lanza sus pulsaciones..

El dolor físico es malestar, que golpea, quiebra y flagela, el dolor interior es más un vaho, un gas que intoxica, apremia y nos demuele lentamente..

martes, 17 de marzo de 2026

Camino a medias

 El viento blanco bajaba del Glaciar Iver como un susurro antiguo, pero para el montañista que miraba absorto, el sonido más fuerte no estaba en la montaña, sino en su propio cuerpo. A 4.000 metros, en el campamento de Piedra Numerada, el corredor se quitó la zapatilla de trail. Ahí estaba: un calor punzante en el talón de Aquiles, un tendón que ayer era acero y hoy parecía una cuerda a punto de romperse.

Meses de entrenamiento en el cerro San Cristóbal, pasadas de velocidad al alba y fines de semana de fondo en el Cajón del Maipo se resumían en ese instante. Frente a él, la mole de El Plomo se alzaba como un altar de roca y hielo, el Apu guardián que los incas eligieron para sus sacrificios más sagrados.

Nuestro caminante cerró los ojos y comenzó la batalla interna.

Por un lado, la voluntad. Esa voz que lo había hecho correr bajo la lluvia y el frío. "Es solo dolor", se decía. "Un vendaje compresivo, un par de antiinflamatorios y la adrenalina hará el resto". Su mente occidental, forjada en la superación personal y el no pain, no gain, le exigía conquistar la cumbre. La cima estaba ahí, a un día de marcha; postergarlo se sentía como una derrota, un desperdicio de meses de esfuerzo.

Pero por otro lado, estaba el designio. Al mirar la inmensidad de la cordillera, Julián recordó que para los antiguos, la montaña no se "conquista", se pide permiso para entrar en ella. ¿Era ese dolor una simple lesión mecánica o una señal del Apu? Sintió que el talón era un ancla física que lo obligaba a detener la marcha de su ego. "Quizás la montaña no me quiere hoy allá arriba", pensó. "Quizás el sacrificio que el Plomo me pide no es el de mis pulmones, sino el de mi orgullo".
Se quedó en silencio, escuchando el crujir del hielo a lo lejos. Entendió que subir con el cuerpo roto era un acto de soberbia, una falta de respeto hacia la magnitud de los Andes. La montaña seguiría ahí, eterna y paciente, esperando a que su cuerpo estuviera en armonía con su deseo.

Esa noche, nuestro caminante no preparó su mochila para el ataque a cumbre. Se quedó mirando las estrellas sobre el cerro, aceptando con paz que volver a bajar era, en realidad, su ascenso más difícil. El Apu le había enseñado que la verdadera fortaleza no es siempre avanzar, sino saber cuándo inclinarse ante lo sagrado.

sábado, 14 de marzo de 2026

El Aqueronte

 El Aqueronte es un río mítico de la antigua Grecia, conocido como el "río del dolor" o de la "tristeza eterna", que marca el límite del inframundo y transporta las almas al reino de Hades. Caronte cruzaba a los difuntos en su barca a cambio de un óbolo. Existe físicamente en el Epiro, al noroeste de Grecia. 

Historia y Mitología

Detalles claves sobre el Aqueronte:
• Mitología: En la Titanomaquia, los Titanes bebieron de sus aguas, por lo que Zeus lo maldijo y lo volvió amargo. Es uno de los cinco ríos del inframundo, junto al Estigia, Cocito, Flegetonte y Lete.

• El barquero Caronte: Las almas pagaban a Caronte con una moneda colocada en la boca para cruzar. Si no podían pagar, vagaban 100 años por sus orillas.

• Geografía real: Nace en las montañas Souli y desemboca en el Mar Jónico cerca de Ammoudia. Actualmente es un destino turístico para rafting, kayak y senderism.

• Literatura: En la Divina Comedia de Dante, el Aqueronte rodea el vestíbulo del Infierno y es atravesado para llegar al Limbo.

• Significado: Su nombre proviene del griego (ajos), que significa sonido intenso, dolor o aflicción. 

• Geografía Mítica y Conexiones

• Afluentes del Dolor: El Aqueronte recibe las aguas del Cocito (río de los lamentos) y del Flegetonte (río de fuego).
• La Laguna Aquerusia: En algunas versiones, el río desemboca en un pantano o lago estancado conocido como la Laguna Aquerusia, donde las almas esperan su juicio.

viernes, 13 de marzo de 2026

El misterio de la Piedra Mágica

 Esta es una leyenda tejida con los ecos del viento en la Araucanía, donde el nombre Caterincura (que en la lengua de la tierra se traduce como "Piedra que Brilla" o "Piedra del Rayo") se convierte en el corazón de un linaje.

Cuentan los antiguos que, hace muchas lunas, antes de que los bosques fueran medidos con cercos, vivía un Lonko llamado Caterincura. No era un hombre de gran estatura, pero sus ojos tenían el reflejo del granito húmedo bajo el sol. Su comunidad lo respetaba no por su fuerza en el palín, sino por el secreto que colgaba de su cuello: una piedra pequeña, de un azul eléctrico y vetas blancas, que parecía vibrar cuando el peligro se acercaba.

Dice la historia que esa piedra no era de este mundo. Había caído del Wenu Mapu (la tierra de arriba) durante una tormenta que hizo temblar los volcanes. El joven Caterincura la encontró humeante en un cráter, y desde que su piel tocó el mineral, el espíritu del rayo le otorgó el don de la premonición.

Un invierno, el hambre azotó la zona. La nieve cubrió los piñones y los animales desaparecieron. Los otros jefes hablaban de cruzar la cordillera hacia el Puelmapu, un viaje suicida en medio del temporal. Caterincura, en silencio, se retiró a la orilla del río Cautín. Sostuvo su piedra mítica y cerró los ojos.

La piedra comenzó a entibiarse. En su mente, vio una imagen clara: un valle oculto tras el cerro Ñielol donde los arrayanes aún estaban verdes y el agua no se había congelado.

—"La piedra me ha mostrado el camino de la vida" —anunció al volver a la ruca.
Aunque muchos dudaron, el linaje de Caterincura lo siguió. Caminaron días bajo la cellisca, guiados por el destello azulino que emanaba del pecho del Lonko. Cuando llegaron, encontraron el valle tal como él lo vio: un refugio sagrado donde la primavera parecía haberse quedado a dormir.

Con el paso de los siglos, el nombre de Caterincura se fue desdibujando, transformándose en el susurro de la Piedra Mítica. Dicen que el Lonko no murió, sino que al final de sus días regresó al cráter donde halló su tesoro. Allí, se fundió con la roca, convirtiéndose en el espíritu protector de las piedras que hoy, si tienes suerte y el corazón puro, podrías encontrar brillando en el fondo de un arroyo cordillerano.