La cueva crujió cuando el joven Ercilla, con el peto de acero empañado por la humedad de la selva, dio un paso hacia la penumbra. Frente a él, Fitón no parecía un hombre, sino una extensión de las raíces de los coihues que colgaban del techo. El brujo mantenía su mirada fija en la enorme esfera de cristal, cuya luz azulada iluminaba su rostro surcado de arrugas como valles profundos.
—Has cruzado mares y sangre para llegar aquí, español —dijo Fitón, sin girarse. Su voz sonaba como piedras rodando en el fondo de un río—. Buscas la gloria en tus versos, pero yo solo veo ceniza.—Vengo por la verdad, anciano —respondió Ercilla, apretando el pomo de su espada—. Dicen que en tu "Poma" el tiempo no tiene secretos.
Fitón soltó una carcajada seca y extendió su mano nudosa hacia el cristal. El humo de una mezcla de hierbas nativas y venenos de escorpión comenzó a arremolinarse dentro de la esfera.
—Mira entonces —sentenció el brujo—. Mira lo que tú llamas "triunfo".
Ercilla se acercó. En el cristal vio el presente: el asedio de plazas fuertes, los gritos de sus camaradas y la furia de los guerreros mapuches que, como sombras, reclamaban la tierra. Vio el humo de los volcanes mezclándose con el de las ciudades quemadas. Pero entonces, la imagen cambió.
—¿Qué es esto? —susurró Ercilla, retrocediendo—. Veo barcos gigantes de hierro donde no hay velas, y ciudades de cristal que tocan el cielo sobre este mismo suelo de barro.
—Es el futuro de este Reino de Chile —respondió Fitón con amargura—. Veo una nación nacida de este choque de aceros. Veo que tus versos sobrevivirán, pero también veo que la tierra que hoy pisas será herida por máquinas que no conoces. Los bosques de araucarias que hoy nos protegen serán raros tesoros en un mundo que ha olvidado el lenguaje del viento.
—¿Venceremos nosotros? —preguntó el soldado, obsesionado con su bando.
—Nadie vence al tiempo, Ercilla —dijo Fitón, volviendo a su silencio ritual—. Tú morirás en una cama lejana añorando este frío, y yo me fundiré con estas raíces. Pero Chile seguirá aquí, siempre en guerra consigo mismo, siempre buscando en su pasado la fuerza para no caer bajo el peso de sus propios volcanes.
El brujo hizo un gesto y la esfera se oscureció. El diálogo había terminado. Ercilla salió a la selva, sintiendo que el peso de su armadura ya no era por el metal, sino por el conocimiento de los siglos que vendrían.