El dolor en el costado de Anek ardía como el fuego purificador de los Apus. La sangre, densa y oscura, manchaba la tierra gris que dividía a los clanes. El cuchillo de sílice del guerrero del Valle había sido certero, pero el golpe real no venía de esa hoja de piedra, sino del engaño que orquestaba todo desde las sombras.
—¡Asesinos! —rugía el guerrero del Valle, levantando nuevamente su lanza—. ¡Pagaron la vida de Halak con la de los nuestros!Anek intentó ponerse de pie, presionando su herida con una mano temblorosa.
—¡Nosotros no fuimos! —alcanzó a exclamar, pero su voz se ahogó en el estruendo de los escudos de madera. La ceguera de la venganza había consumido el entendimiento entre la montaña y el valle. Una guerra civil desatada por un fantasma del norte.
A kilómetros de allí, en una cumbre estratégica que dominaba el acceso al río Elqui, Namati Inti observaba el polvo levantarse a la distancia. Una sonrisa fría se dibujó en su rostro al ver las señales de humo. El plan marchaba a la perfección. Las dos tribus locales se desangraban mutuamente por una muerte que sus propios hombres habían provocado.
A su lado, un guerrero de la delegación limpiaba una extraña pieza de tono rojizo y filamento letal: un hacha de metal refinado. No se quebraba como el sílice; no se astillaba como la madera. Era la "piedra roja", el secreto traído por los nómadas que cambiaría el destino de la tierra de Chili.
—Los mensajeros ya han partido, mi señor —anunció un subordinado, inclinando la cabeza—. Los Chaskis corren veloces hacia el norte profundo. Las altas autoridades sabrán hoy mismo que el Valle del Elqui caerá en dos meses, tal como calculaste.
Namati Inti asintió, acariciando el frío metal de su cinturón.
—Este valle es solo el inicio. Una vez que la montaña y el llano terminen de destruirse, entraremos con el fuego y la muerte de nuestras nuevas armas. Pero nuestro verdadero destino está más allá.
El jefe estiró su brazo apuntando hacia los horizontes del sur, donde el mapa se volvía difuso y mítico.
—Llegaremos al Mapucho. Beberemos de las aguas que bajan de los Apus y someteremos a las Huacas de esa región. Toda esta tierra pertenecerá a nuestra estirpe.
El viento del sur sopló con una fuerza inusitada, helando el ambiente. Los adelantados de Namati ya habían regresado de esas fronteras lejanas con advertencias claras. Más allá del Mapucho, el bosque se volvía espeso y los hombres indomables. Una fuerza telúrica habitaba en los nativos de esas tierras australes, un pueblo que, a diferencia de los confundidos clanes del Elqui, no conocería el miedo ante la piedra roja.
Namati Inti miró al sur por última vez antes de dar la orden de avance. Sabía que la verdadera prueba no estaba en la guerra civil que hoy presenciaba, sino en el choque contra aquellos guerreros indomables que aguardaban pacientemente en el fin del mundo.