El meteorólogo de la televisión ha puesto su peor cara de drama, el mapa de Chile está pintado de un rojo apocalíptico y los titulares advierten sobre un "frente frontal de proporciones bíblicas" que amenaza con borrar del mapa a la zona central. Si uno se deja llevar por las noticias de hoy, la llegada de un par de días de lluvia ya no es un fenómeno climático: es el inicio del fin de los tiempos.
Se activan alarmas presidenciales, los matinales transmiten en vivo desde un paso nivel inundado como si fuera el Titanic, y la gente corre al supermercado a stockearse de papel higiénico y fideos como si el agua potable fuera a desaparecer para siempre.
Qué rápido olvidamos.Si viajamos un par de décadas hacia atrás, a la época de nuestros padres o abuelos, una tormenta no era una catástrofe nacional; era, extrañamente, un panorama. En esos años, cuando el cielo se caía a pedazos, la infraestructura del país aguantaba con lo que tenía y la actitud ciudadana era completamente distinta.
Hoy, nos hemos vuelto de cristal ante el agua. Un pronóstico de 20 milímetros basta para que la ciudad colapse, el teletrabajo se vuelva obligatorio y miremos al cielo con el terror de quien espera la caída de un meteorito. Quizás sea hora de apagar un rato la televisión texturada de alarmismo, mirar por la ventana sin miedo y recordar que, después de todo, solo es agua cayendo del cielo.
