jueves, 26 de marzo de 2026

Sobre protestas

 En los últimos días de marzo de 2026, Chile ha experimentado una reactivación de las movilizaciones sociales tras la reciente asunción de José Antonio Kast a la presidencia. Las protestas se concentran principalmente en Santiago y Concepción, marcando un cambio de tendencia respecto a la relativa calma que caracterizó gran parte del gobierno de Gabriel Boric. 

¿Por qué marchan ahora?

Las manifestaciones actuales dicen responder a una serie de medidas económicas y políticas implementadas o anunciadas por la nueva administración:

• Alza de combustibles y costo de vida: El anuncio de un aumento histórico en el precio de las bencinas detonó cacerolazos masivos en diversas comunas y bloqueos en el Metro de Santiago.

• Recortes en Educación: Organizaciones estudiantiles como la Confech y la ACES convocaron a marchas contra el recorte del 3% al presupuesto de educación y la limitación de la gratuidad hasta los 30 años.

• Políticas Medioambientales: Se han registrado protestas por el retiro de 43 decretos ambientales que estaban en Contraloría para su revisión por parte del nuevo gobierno.

• Derechos Sociales: Existe un rechazo generalizado a lo que los manifestantes denominan un "retroceso" en derechos sociales, salud y vivienda. 

¿Por qué no marchaban así durante el gobierno de Boric?

El análisis del fenómeno indica que durante el mandato de Boric hubo una disminución en la intensidad y frecuencia de las protestas masivas debido a varios factores:

• Afinidad y Diálogo: Muchas de las organizaciones que históricamente lideran las protestas (como sectores estudiantiles y sindicatos) tenían una mayor cercanía ideológica con la administración de Boric, lo que facilitó canales de diálogo antes de llegar a la calle.

• Canalización Institucional: Las demandas sociales intentaron resolverse a través de procesos institucionales, como los dos procesos constituyentes, lo que movió el conflicto de la calle a las urnas y mesas de negociación.

• Prioridades de Seguridad: Durante los últimos años del gobierno de Boric, la preocupación ciudadana se desplazó fuertemente hacia la seguridad y la crisis migratoria, lo que redujo el apoyo masivo a las manifestaciones callejeras que suelen terminar en disturbios.
El movimiento social y organizaciones de estudiantes. Son realmente autónomos
Es un debate central en la política chilena y existen dos lecturas principales que no son excluyentes:

1. La tesis de la "Cooptación e Institucionalización"
Esta postura sugiere que el movimiento social no desapareció, sino que se mudó al Estado.

• Cuadros dirigentes: Muchos líderes de las protestas de 2011 y 2019 pasaron a ser ministros, subsecretarios o diputados (incluyendo al propio Boric). Esto generó una "domesticación" de las demandas: las organizaciones sociales bajaron la presión callejera esperando que sus antiguos compañeros resolvieran los problemas desde el poder.

• Desgaste del "Estallido": Tras la violencia de 2019 y el fracaso de la primera propuesta constitucional, hubo un agotamiento social. La izquierda gobernante administró ese cansancio, transformando la movilización en procesos electorales. 

2. La tesis de la "Instrumentalización Política"

Esta visión, sostenida frecuentemente por la derecha, plantea que el movimiento es funcional a la izquierda como herramienta de desestabilización.

• Doble estándar: Se critica que las mismas razones que hoy movilizan a la gente (alza de combustibles, crisis en educación) ocurrieron bajo Boric sin generar protestas masivas. Esto sugeriría que la calle se usa para presionar solo cuando gobierna un signo contrario.

• Control territorial: Sectores de izquierda mantienen vínculos orgánicos con sindicatos y federaciones estudiantiles. Al perder el gobierno, "activan" estas bases como mecanismo de oposición extraparlamentaria para frenar la agenda del nuevo ejecutivo.

En resumen
Es posible pensar en ambas: el movimiento fue cooptado por el gobierno de Boric (perdiendo autonomía) y, al mismo tiempo, su reactivación inmediata bajo un gobierno de derecha refuerza la percepción de su funcionalidad política. La calle en Chile funciona hoy como un "veto" desde grupos afines a la Izquierda y otros afines, que parece activarse con mucha más fuerza ante agendas de corte conservador. 

miércoles, 25 de marzo de 2026

El Viaje de Thule

 En los confines donde el mapa se borra, existía un puente invisible entre los extremos del mundo: el Eje de los Soles Opuestos.

Thule, un joven cartógrafo de la mítica Hiperbórea, vivía en una tierra de primavera eterna bajo un sol que jamás se ponía. Sin embargo, las leyendas de su pueblo hablaban de un "Espejo de Fuego" en el sur absoluto, un lugar donde el mundo se consumía para poder renacer.

 Impulsado por una curiosidad que desafiaba a los dioses, Thule emprendió un viaje hacia el sur profundo.
Atravesó los océanos hasta que el aire se volvió pesado y el cielo se tiñó de un rojo violento. Había llegado a la Tierra del Fuego. Allí, las montañas no estaban cubiertas de nieve, sino de venas de lava que palpitaban como el corazón de un gigante. Los habitantes de esas costas, gigantes de ceniza, le advirtieron: "Más allá del fuego solo reside el Silencio Blanco, donde el tiempo se congela".

Sin acobardarse, Thule navegó hacia la Antártida. El contraste fue brutal: de los volcanes rugientes pasó a los hielos eternos, murallas de cristal azul que parecían guardar los secretos del universo previo al hombre. En el centro exacto del continente blanco, encontró una anomalía: una torre de hielo transparente que emitía un calor suave, similar al de su hogar hiperbóreo.

Al entrar, Thule comprendió la verdad. El calor de Hiperbórea no venía del sol, sino de un túnel energético que conectaba ambos polos. La Antártida era el yunque de hielo que enfriaba el núcleo del mundo, mientras que la Tierra del Fuego era la válvula de escape.

Él no era solo un viajero; se convirtió en el Guardián del Equilibrio, el único ser capaz de caminar entre el fuego que crea y el hielo que preserva, asegurando que los dos extremos del mundo jamás se tocaran, pues su unión significaría el fin de la historia y el inicio de un nuevo caos.

Al llegar a las costas de la Tierra del Fuego, Thule no fue recibido por playas de arena, sino por rocas negras que humeaban bajo una llovizna constante. De entre las cortinas de vapor surgieron ellos: los Gigantes de Ceniza.

No eran seres de carne común; sus cuerpos parecían esculpidos en obsidiana y sus venas brillaban con un anaranjado mortecino, como carbones que se niegan a apagarse. El líder, un coloso cuya voz sonaba como el crujido de una montaña rompiéndose, se interpuso en su camino.

¿Qué busca un hijo del sol eterno en el Reino del Hambre Roja? —retumbó el gigante, cuyo aliento exhalaba chispas.
Thule, diminuto ante tales moles, alzó su astrolabio de plata hiperbórea. Explicó que buscaba el equilibrio, el punto donde el calor extremo se encuentra con el frío absoluto. Los gigantes soltaron una carcajada que hizo temblar el suelo volcánico.

El equilibrio es una mentira de los que viven en la luz —dijo el gigante, señalando hacia el horizonte sur, donde el cielo se volvía de un azul acero aterrador—. Aquí, el fuego devora para que nada permanezca. Allá abajo, en la Antártica, el hielo congela para que nada cambie. Si cruzas el mar de Drake, el fuego en tu sangre se volverá cristal. Nadie sobrevive al beso de los hielos eternos llevando nuestro calor.
Para probar su valía, Thule tuvo que caminar sobre un río de lava solidificada que aún latía. Al llegar al otro lado, los gigantes, impresionados por su resistencia, le entregaron una Reliquia de Magma: una piedra que nunca se enfriaba.

Llévala contigo —le advirtieron—. En el desierto blanco, el silencio intentará robarte el latido del corazón. Esta piedra será tu único recuerdo de que la vida es movimiento, no solo contemplación.
Con el regalo quemándole las manos, Thule se embarcó hacia el sur, dejando atrás las hogueras de los gigantes para enfrentarse a la muralla de cristal de la Antártida.

Al llegar a la base de la gran torre en la Antártica, Thule se encontró con una pared de hielo tan densa que parecía acero azulado. El frío allí no era solo climático; era un frío espiritual que detenía los pensamientos. Recordando la advertencia de los gigantes, sacó la Reliquia de Magma.

Al acercar la piedra incandescente a la superficie helada, no hubo vapor ni estruendo. El hielo simplemente se "rindió", abriéndose como un pétalo de cristal. Dentro de la torre, el misterio se reveló en todo su esplendor: la Biblioteca de los Tiempos Congelados.

Thule no encontró libros, sino burbujas de aire atrapadas en el hielo milenario. Al tocar cada burbuja con la Reliquia de Magma, el calor liberaba una voz, un sonido o una imagen del pasado remoto. Descubrió que la Antártida no siempre fue blanca; bajo sus pies yacían los restos de una civilización que unió a Hiperbórea con el sur cuando el mundo era un solo jardín.

Pero el hallazgo más perturbador fue una burbuja gigante en el centro de la estancia. Al activarla, vio un mapa estelar que no coincidía con el cielo actual. Comprendió que la torre no era un monumento, sino un dispositivo de navegación planetaria. El "Eje de los Soles Opuestos" era el mecanismo que mantenía la inclinación de la Tierra.

Si el fuego de los gigantes se apagaba o si el hielo de la Antártica se derretía por completo, el eje se soltaría y el mundo saldría disparado hacia el vacío del espacio. Thule se dio cuenta de que su misión no era solo observar, sino alimentar la torre con la energía de la Reliquia para recalibrar el destino del planeta.

Transitoriedad

 Yo me quedaré en esta roca,

como isla erguida en la memoria del viento,
testimonio callado de lo que fue
y de aquello que ya no alcanzará a ser.

Seré la grieta donde aún respira el eco,
la sal adherida a los nombres borrados,
la forma persistente de una historia
que el tiempo deshizo sin pedir permiso.
Aquí, donde alguna vez hubo voces,
tramas de manos y acuerdos invisibles,
queda apenas la huella de un orden
que creyó durar más que la marea.

Todo fue tránsito:
el gesto, la alianza, la palabra compartida.
Un instante organizado contra el caos,
una breve arquitectura de sentido
levantada sobre arena movediza.

Y sin embargo, algo resiste:
no la estructura, ni su promesa,
sino esta quietud que observa
cómo todo se transforma y se aleja.

Yo me quedaré en esta roca,
no como quien espera,
sino como quien comprende:
que incluso lo que parece firme
es apenas un momento detenido
en el largo respirar del mundo.

martes, 24 de marzo de 2026

Tololo Pampa

 Bajo el sol inclemente del desierto de Atacama, donde el aire ondula como una tela invisible y los espejismos son trampas tendidas por la luz, se murmura la existencia de Tololo Pampa.

 No es una ciudad hecha de adobe ni de piedra, sino de deseo: un espejismo dorado que se revela solo a quienes el desierto decide probar… o devorar.

Esta es la historia de Julián, un minero cuya ambición descendía más hondo que cualquier socavón que hubiera abierto con sus manos.

Aquella mañana, Julián siguió una promesa. Creyó ver, al primer golpe de sol, una veta de plata que relucía como un hilo vivo entre la roca. Sin decir palabra, se apartó de sus compañeros. 

Atrás quedaron las advertencias sobre la camanchaca que desorienta y el viento que imita voces humanas. Julián no escuchaba: la riqueza lo llamaba con un susurro más fuerte.
Caminó hasta que el mundo cambió sin aviso.

El silencio seco del desierto se disolvió en un murmullo de agua. Risas. Música. El aire dejó de quemar. Frente a él, donde un instante antes solo había caliche y horizonte, surgió una ciudad imposible.
Torres altas como espejos atrapaban el sol y lo multiplicaban en mil destellos. Las calles brillaban como si estuvieran pavimentadas con plata pulida. El aire olía a fruta fresca, a pan recién hecho, a sombra.

Julián cruzó el umbral sin dudar.

Lo recibieron hombres y mujeres de piel clara y ojos quietos, vestidos con telas que parecían tejidas con luz. Una mujer se adelantó. Sus ojos eran profundos, como pozos donde nunca falta el agua.

—Bienvenido a Tololo Pampa —dijo con una voz que no parecía salir de su boca, sino del aire mismo—. Aquí no existe la sed, ni el hambre, ni el cansancio. Aquí solo existe lo que deseas.

Y Julián deseó.

Comió hasta olvidar el hambre. Bebió hasta olvidar la sed. Rió con desconocidos que lo trataban como a un viejo amigo. Sus bolsillos se llenaron de oro, de piedras preciosas, de promesas sólidas y brillantes. El tiempo dejó de tener bordes: días, noches, horas… todo se fundió en una sola abundancia interminable.
Hasta que, en medio de esa plenitud perfecta, algo se quebró.

Un recuerdo.
El rostro de su madre. La risa de su hijo. El polvo del campamento. La vida que había dejado atrás, pobre pero real.
Entonces quiso irse.

El guardián de la salida lo esperaba: un anciano de rostro surcado, inmóvil como una roca antigua.

—Puedes marcharte —dijo, sin mirarlo del todo—. Pero entiende esto: lo que pertenece a Tololo Pampa, aquí se queda. Y hay una regla más… —su voz se afinó, como si el desierto hablara a través de él—: no mires atrás. Si lo haces, la pampa te cobrará lo que cree que le debes.

Julián asintió sin escuchar realmente. Solo quería volver, mostrar su fortuna, demostrar que había vencido al desierto.
Corrió.

Al principio, el aire era fresco. Luego, el calor volvió de golpe, brutal, como un castigo largamente contenido. La sed le rajó la garganta. El sol le cayó encima como una losa.

Metió la mano en su bolsillo.
Arena.
En el otro.
Piedras calientes.
Nada más.

El pánico le subió por el pecho como un animal vivo. Gritó, maldijo, negó lo evidente. Y entonces, vencido por la furia y la desesperación, olvidó la advertencia.

Se detuvo.

Miró atrás.
No había ciudad.
No había torres, ni sombras, ni agua. Solo la pampa infinita, inmóvil, indiferente. Pero algo más se alzaba en la distancia: una polvareda que avanzaba lentamente, como si tuviera voluntad.

Como si lo hubiera estado esperando.

Julián nunca regresó al campamento.

Dicen los arrieros que, en las noches de luna creciente, cuando el desierto parece respirar más lento, se distingue una figura en la distancia: un hombre encorvado, cargando un saco demasiado pesado para estar vacío.

Camina sin rumbo, con los ojos clavados en el horizonte.
Buscando una ciudad que tal vez nunca existió… o que aún lo está llamando.

sábado, 21 de marzo de 2026

La Sacerdotisa

 El aire en el Qorikancha era pesado, no por la falta de oxígeno a esa altura del Cuzco, sino por el incienso de muña y el presentimiento de un cambio irreversible. Yura, una joven Aclla o Virgen del Sol, tejía con dedos expertos una túnica de lana de vicuña tan fina que parecía espuma.

Ella, como sus hermanas, había sido elegida por su belleza y linaje para servir al Inti. Su vida era el silencio, la perfección en el telar y la preparación de la chicha sagrada. Pero los rumores corrían más rápido que los chasquis: decían que desde el norte avanzaban "cerros flotantes" y hombres con piel de nube y barbas de metal.

Un amanecer de 1533, el estruendo de los cascos de los caballos rompió la paz del templo. No eran dioses, como algunos susurraban; eran hombres sedientos de lo que para los Incas era el "sudor del sol": el oro.

Yura observó desde las sombras cómo los muros de piedra perfectamente encajadas, que ella consideraba eternos, eran despojados de sus láminas doradas. El Imperio se desmoronaba entre el estruendo de las armas de fuego y la caída de Atahualpa.

Ante la llegada de los hombres de Pizarro, el Sumo Sacerdote ordenó a las vírgenes ocultar los tesoros más sagrados. Yura no salvó el oro, sino una pequeña estatuilla de piedra y las semillas de su pueblo. Mientras el Cuzco ardía y las iglesias comenzaban a alzarse sobre los cimientos incas, ella y otras Acllas escaparon hacia las altas cumbres de Vilcabamba.

Bajo la luz del Inti, que seguía brillando a pesar de la derrota, Yura comprendió que aunque el Imperio de los Cuatro Suyos había caído, su sangre y sus tejidos contarían la historia de un sol que nunca termina de ponerse.

viernes, 20 de marzo de 2026

Sobre el dolor

 Sobre el dolor

El dolor de cierta manera es un aviso, una suerte de alerta que algo nos afecta y daña.

Desde dicha mirada, aunque incluso profundamente agobiante y persistente, el dolor nos remite a un momento de malestar, riesgo, crisis o enfermedad.
Una herida, un trauma o golpe, remiten dolor y causan dolor.

Somos dolientes igualmente en la pérdida, el despojo o el abandono.

¿Es entonces posible señalar que el dolor es lo opuesto del placer?. Si bien el placer es goce, disfrute, puede allegarse a este igualmente el dolor, y así experimentar un placer con dolor, un goce con sabor extraño, que termina minando ese extasis..

Por tanto, el dolor posee cualidades variadas, no sólo emana, sino se infiltra e instala, e incluso se adosa para convivir diariamente...

Si en la herida, el dolor es alerta, un malestar que reitera su mensaje de atención, asimismo es un proceso que renuncia en la medida, que procedemos a curar y tratar esa causa.

Sin embargo, en la convivencia el dolor pareciera ser más persistente, obcecado e intrusivo.

El dolor físico podemos graduarlo en mayor o menor intensidad, el dolor emocional, espiritual inclusive, se muestra insondable, sin magnitud concreta, pues permea el conjunto de sensaciones y desde allí lanza sus pulsaciones..

El dolor físico es malestar, que golpea, quiebra y flagela, el dolor interior es más un vaho, un gas que intoxica, apremia y nos demuele lentamente..

martes, 17 de marzo de 2026

Camino a medias

 El viento blanco bajaba del Glaciar Iver como un susurro antiguo, pero para el montañista que miraba absorto, el sonido más fuerte no estaba en la montaña, sino en su propio cuerpo. A 4.000 metros, en el campamento de Piedra Numerada, el corredor se quitó la zapatilla de trail. Ahí estaba: un calor punzante en el talón de Aquiles, un tendón que ayer era acero y hoy parecía una cuerda a punto de romperse.

Meses de entrenamiento en el cerro San Cristóbal, pasadas de velocidad al alba y fines de semana de fondo en el Cajón del Maipo se resumían en ese instante. Frente a él, la mole de El Plomo se alzaba como un altar de roca y hielo, el Apu guardián que los incas eligieron para sus sacrificios más sagrados.

Nuestro caminante cerró los ojos y comenzó la batalla interna.

Por un lado, la voluntad. Esa voz que lo había hecho correr bajo la lluvia y el frío. "Es solo dolor", se decía. "Un vendaje compresivo, un par de antiinflamatorios y la adrenalina hará el resto". Su mente occidental, forjada en la superación personal y el no pain, no gain, le exigía conquistar la cumbre. La cima estaba ahí, a un día de marcha; postergarlo se sentía como una derrota, un desperdicio de meses de esfuerzo.

Pero por otro lado, estaba el designio. Al mirar la inmensidad de la cordillera, Julián recordó que para los antiguos, la montaña no se "conquista", se pide permiso para entrar en ella. ¿Era ese dolor una simple lesión mecánica o una señal del Apu? Sintió que el talón era un ancla física que lo obligaba a detener la marcha de su ego. "Quizás la montaña no me quiere hoy allá arriba", pensó. "Quizás el sacrificio que el Plomo me pide no es el de mis pulmones, sino el de mi orgullo".
Se quedó en silencio, escuchando el crujir del hielo a lo lejos. Entendió que subir con el cuerpo roto era un acto de soberbia, una falta de respeto hacia la magnitud de los Andes. La montaña seguiría ahí, eterna y paciente, esperando a que su cuerpo estuviera en armonía con su deseo.

Esa noche, nuestro caminante no preparó su mochila para el ataque a cumbre. Se quedó mirando las estrellas sobre el cerro, aceptando con paz que volver a bajar era, en realidad, su ascenso más difícil. El Apu le había enseñado que la verdadera fortaleza no es siempre avanzar, sino saber cuándo inclinarse ante lo sagrado.