sábado, 7 de marzo de 2026

La Casa de la Sabiduría Olvidada

 Durante muchos años creí que la agonía de las mañanas provenía del cansancio. El cuerpo, pensé, recuerda lo que el alma ha olvidado. No sospechaba entonces que el verdadero origen de aquella inquietud era otro: una historia incompleta que insistía en repetirse dentro de mí.

Las mañanas llegaban como fragmentos de un sueño que alguien más había comenzado a soñar. Había en ellas una claridad extraña, como si el mundo estuviera levemente desajustado de sí mismo. Las noches, por el contrario, eran diáfanas y serenas; en ellas parecía revelarse una verdad que la luz del día se empeñaba en ocultar.
Durante años creí vivir una vida ordinaria. Caminaba por las calles, hablaba con conocidos, cumplía con las rutinas que el tiempo impone a los hombres. Sin embargo, había en mí una sospecha persistente: la sensación de que cada acto era una repetición de algo ya ocurrido.
Tal vez todos los hombres experimentan esa intuición alguna vez.
Fue entonces cuando decidí emprender un viaje cuyo destino desconocía. No lo llamé peregrinación ni búsqueda. Preferí pensar que se trataba de una forma de conversación con mi propio pasado.
Los antiguos habrían llamado a ese camino un viaje expiatorio. En él se mezclaban creyentes y paganos, hombres que buscaban absolución y hombres que buscaban simplemente comprender. Yo no sabía a cuál de esos grupos pertenecía.
El camino era largo y silencioso.
A medida que avanzaba, advertí que el paisaje comenzaba a transformarse de una manera curiosa. No era que las montañas o los árboles cambiaran de forma; lo que cambiaba era mi manera de recordarlos. Un valle que atravesé al tercer día me resultó inexplicablemente familiar, como si ya lo hubiera cruzado en otra vida o en otro sueño.
No descarté la posibilidad de que ambos fueran lo mismo.
Al quinto día encontré a un hombre sentado junto al camino. Vestía una armadura antigua y sostenía una espada cuya hoja reflejaba el cielo.
No levantó la mirada cuando me acerqué.
—He estado esperándote —dijo.
Su voz no me resultó desconocida.
Le pregunté quién era.
—Fui tú —respondió—. O tal vez soy aquello que aún crees ser.
Observé su rostro con detenimiento. Había en él una firmeza que recordaba vagamente. Comprendí entonces que aquel hombre representaba una versión de mí mismo: el guerrero que alguna vez defendió ideas con la certeza absoluta de quien ignora la duda.
—¿Debo enfrentarte? —pregunté.
El hombre negó con una sonrisa leve.
—No. Los combates que importan no se libran con espadas.
Luego añadió algo que todavía hoy me inquieta:
—El verdadero adversario te espera más adelante.
Cuando levanté la vista, el hombre ya no estaba.
Continué mi camino con la sospecha de que el encuentro no había ocurrido en el mundo exterior sino en algún recodo de mi memoria.
Al séptimo día llegué a un valle cubierto de niebla. Allí me aguardaba la segunda revelación.
No era un hombre.
Era una sombra.
No tenía rostro, pero sus gestos me resultaban dolorosamente familiares. Caminaba con mi misma torpeza, respiraba con mi mismo cansancio.
Comprendí entonces que aquella sombra era la suma de todas las decisiones que preferí no recordar: las palabras no dichas, los actos de cobardía, las pequeñas mentiras que el tiempo había suavizado.
—He venido a buscarte —dijo la sombra.
—¿Para juzgarme? —pregunté.
—No —respondió—. Para recordarte.
Durante un largo momento permanecimos en silencio. Comprendí que aquel encuentro era inevitable. Ningún hombre puede huir indefinidamente de aquello que ha sido.
Finalmente la sombra pronunció una frase que aún repito en mis pensamientos:
—El pasado no es lo que ocurrió. Es lo que seguimos siendo.
Cuando la niebla se disipó, la sombra desapareció.
Proseguí mi camino hasta llegar a una colina solitaria. En su cima se alzaba una casa de piedra tan antigua que parecía anterior al recuerdo mismo.
La puerta estaba abierta.
Dentro no encontré muebles ni objetos sagrados. Solo un pequeño espejo colocado en el centro de la habitación.
Durante un instante dudé en acercarme.
No temía ver mi rostro. Temía descubrir que aquel viaje entero había sido únicamente un rodeo para regresar al punto de partida.
Finalmente miré el espejo.
Lo que vi fue a un hombre que contenía muchas versiones de sí mismo: el guerrero, la sombra, el caminante. Ninguna de ellas era falsa; todas eran incompletas.
Entonces comprendí algo que quizá ya sabía desde el principio.
La sabiduría olvidada no estaba escondida en esa casa ni en las montañas que había cruzado. Estaba en la simple aceptación de que cada hombre es, al mismo tiempo, su pasado y su interrogación.
Salí de la casa cuando el sol comenzaba a ponerse.
Mientras descendía por la colina advertí un pensamiento curioso: tal vez ese viaje ya lo había realizado antes, y tal vez volvería a realizarlo innumerables veces.
No me inquietó esa posibilidad.
Porque comprendí que algunas historias no buscan terminar.
Solo buscan ser comprendidas.

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