sábado, 22 de agosto de 2026

¡Oh Capitán! ¡Mi Capitán!

 Oh capitán! ¡Mi capitán! Nuestro espantoso viaje ha terminado,

La nave ha salvado todos los escollos, hemos ganado el anhelado premio,
Próximo está el puerto, ya oigo las campanas y el pueblo entero que te aclama,
Siguiendo con sus miradas la poderosa nave, la audaz y soberbia nave;
Más ¡ay! ¡oh corazón! ¡mi corazón! ¡mi corazón!
No ves las rojas gotas que caen lentamente,
Allí, en el puente, donde mi capitán
Yace extendido, helado y muerto.

¡Oh capitán! ¡Mi capitán! Levántate para escuchar las campanas.
Levántate. Es por ti que izan las banderas. Es por ti que suenan los clarines.
Son para ti estos búcaros, y esas coronas adonardas.
Es por ti que en las playas hormiguean las multitudes,
Es hacia ti que se alzan sus clamores, que vuelven sus almas y sus rostros ardientes.
¡Ven capitán! ¡Querido padre!
¡Deja pasar mi brazo bajo tu cabeza!
Debe ser sin duda un sueño que yazgas sobre el puente.
Extendido, helado y muerto.

Mi capitán no contesta, sus labios siguen pálidos e inmóviles,
Mi padre no siente el calor de mi brazo, no tiene pulso ni voluntad,
La nave, sana y salva, ha arrojado el ancla, su travesía ha concluído.
¡La vencedora nave entra en el puerto, de vuelta de su espantoso viaje!
¡Oh playas, alegraos! ¡Sonad, campanas!
Mientras yo con dolorosos pasos
Recorro el puente donde mi capitán
Yace extendido, helado y muerto.

Autor: Walt Whitman 

miércoles, 19 de agosto de 2026

Sombras sobre el Elqui

 El dolor en el costado de Anek ardía como el fuego purificador de los Apus. La sangre, densa y oscura, manchaba la tierra gris que dividía a los clanes. El cuchillo de sílice del guerrero del Valle había sido certero, pero el golpe real no venía de esa hoja de piedra, sino del engaño que orquestaba todo desde las sombras.

—¡Asesinos! —rugía el guerrero del Valle, levantando nuevamente su lanza—. ¡Pagaron la vida de Halak con la de los nuestros!
Anek intentó ponerse de pie, presionando su herida con una mano temblorosa.
—¡Nosotros no fuimos! —alcanzó a exclamar, pero su voz se ahogó en el estruendo de los escudos de madera. La ceguera de la venganza había consumido el entendimiento entre la montaña y el valle. Una guerra civil desatada por un fantasma del norte.

A kilómetros de allí, en una cumbre estratégica que dominaba el acceso al río Elqui, Namati Inti observaba el polvo levantarse a la distancia. Una sonrisa fría se dibujó en su rostro al ver las señales de humo. El plan marchaba a la perfección. Las dos tribus locales se desangraban mutuamente por una muerte que sus propios hombres habían provocado.
A su lado, un guerrero de la delegación limpiaba una extraña pieza de tono rojizo y filamento letal: un hacha de metal refinado. No se quebraba como el sílice; no se astillaba como la madera. Era la "piedra roja", el secreto traído por los nómadas que cambiaría el destino de la tierra de Chili.

—Los mensajeros ya han partido, mi señor —anunció un subordinado, inclinando la cabeza—. Los Chaskis corren veloces hacia el norte profundo. Las altas autoridades sabrán hoy mismo que el Valle del Elqui caerá en dos meses, tal como calculaste.

Namati Inti asintió, acariciando el frío metal de su cinturón.

—Este valle es solo el inicio. Una vez que la montaña y el llano terminen de destruirse, entraremos con el fuego y la muerte de nuestras nuevas armas. Pero nuestro verdadero destino está más allá.
El jefe estiró su brazo apuntando hacia los horizontes del sur, donde el mapa se volvía difuso y mítico.

—Llegaremos al Mapucho. Beberemos de las aguas que bajan de los Apus y someteremos a las Huacas de esa región. Toda esta tierra pertenecerá a nuestra estirpe.

El viento del sur sopló con una fuerza inusitada, helando el ambiente. Los adelantados de Namati ya habían regresado de esas fronteras lejanas con advertencias claras. Más allá del Mapucho, el bosque se volvía espeso y los hombres indomables. Una fuerza telúrica habitaba en los nativos de esas tierras australes, un pueblo que, a diferencia de los confundidos clanes del Elqui, no conocería el miedo ante la piedra roja.

Namati Inti miró al sur por última vez antes de dar la orden de avance. Sabía que la verdadera prueba no estaba en la guerra civil que hoy presenciaba, sino en el choque contra aquellos guerreros indomables que aguardaban pacientemente en el fin del mundo.

martes, 18 de agosto de 2026

La Piedra Roja

 El corte provocado por el cuchillo de sílice hizo tambalear a Anek.

Por un instante, creyó que las piernas dejarían de sostenerlo. Bajó la mirada y vio la sangre deslizarse por su costado, oscura bajo el sol de la tarde. Frente a él, los hombres del clan del valle retrocedían, todavía aferrados a sus armas de piedra y madera.

La riña tribal había cobrado una vida.
Uno de los suyos yacía inmóvil sobre la tierra.

Anek pertenecía al clan de la montaña. Había descendido unos pocos metros, apenas hasta aquella franja de terreno que ninguno de los dos pueblos reconocía como propio. La llamaban la zona gris, una tierra áspera donde los cazadores podían encontrarse y donde cualquier encuentro podía convertirse en una disputa.

Pero esta vez algo había cambiado.
Ya no se trataba de una pelea entre hombres.

El clan del valle había perdido a uno de los suyos.

Y alguien tendría que pagar por ello.
Lo que ninguno de ellos sabía era que, más al norte, una tercera agrupación observaba los acontecimientos con otros ojos.

Aquellos hombres habían llegado desde tierras lejanas y mantenían contacto con grupos nómadas que recorrían los pasos cordilleranos. De ellos habían obtenido algo que ningún pueblo de la región conocía.

Un arma distinta.
Mucho más dura que la piedra.
Mucho más letal.
Los extranjeros la llamaban de diferentes maneras: piedra roja, piedra negra, fuego y muerte.

No era piedra.
Tampoco madera.
Era un material nacido de las entrañas de la tierra.
Metal.

Habían aprendido que, bajo ciertas montañas, la piedra ardiente escondía vetas de aquel extraño material. Lo extraían de las minas del norte y, mediante fuego, golpes y paciencia, lograban convertirlo en cuchillos, puntas y hojas capaces de penetrar aquello que hasta entonces parecía invulnerable.
La tribu del norte lo adoptó rápidamente.
Primero lo intercambió.
Después lo robó.
Finalmente comprendió que no necesitaba depender de los nómadas.
Debía llegar hasta el origen.

Namati Inti, jefe de una de las primeras delegaciones enviadas hacia aquellas tierras, había comprendido antes que muchos el verdadero significado de aquella sustancia.

No había visto solamente un arma.
Había visto un futuro.
El futuro de su pueblo.
El futuro de su estirpe.
Desde entonces, sus hombres habían comenzado a buscar las montañas donde nacía aquella piedra ardiente. Cada veta encontrada era una promesa; cada nuevo metal trabajado, una ventaja sobre los pueblos vecinos.

Mientras tanto, en el valle, nadie parecía advertir lo que se aproximaba.
El clan de la montaña y el clan del valle se habían hundido en una suerte de guerra civil.
Por una muerte vendría otra.
Por una herida, otra más profunda.
Por un hombre caído, diez reclamarían venganza.
Y mientras ellos gastaban sus fuerzas enfrentándose entre sí, Namati Inti enviaba sus informes hacia el norte profundo.

Las noticias viajaban con los hombres más veloces de la tribu: corredores que atravesaban quebradas, desiertos y senderos cordilleranos llevando mensajes de un asentamiento a otro.

Los chaskis.
Ellos eran la memoria que corría.
La voz que atravesaba las montañas.
El cálculo de Namati Inti era preciso.
En dos lunas podrían controlar el valle del Elqui.

Después vendrían los territorios situados más al sur.
No pretendían solamente conquistar tierras.
Querían dominar los pasos, los ríos, las montañas y las rutas por donde circulaban los pueblos.
Su mirada estaba puesta mucho más lejos.
Hacia el gran río que descendía desde los Apus.

El Mapucho.
El río de las aguas que venían de las montañas sagradas, de aquellas alturas donde la tierra parecía tocar el cielo y donde los hombres levantaban sus huacas para pedir protección a las fuerzas antiguas.
Pero hacia el sur había algo que inquietaba a los hombres del norte.
Sus adelantados habían regresado con noticias.
Habían encontrado otros pueblos.
Pueblos numerosos.
Pueblos que conocían aquellas tierras mucho mejor que ellos.
Y, según decían los mensajeros, no serían fáciles de doblegar.
No al menos como lo habían sido los hombres del valle y de la montaña, en aquella tierra que los antiguos llamaban Chili.

Namati Inti escuchó el informe en silencio.
Luego tomó entre sus manos una pequeña hoja de metal.
La observó bajo la luz del fuego.
Roja primero.
Negra después.
Brillante cuando la llama la alcanzaba.
La cerró lentamente en su puño.

Al otro lado de las montañas, Anek seguía luchando por mantenerse en pie.
Todavía no lo sabía.
Pero la sangre que aquella tarde había sido derramada en la zona gris era apenas el primer presagio.
La guerra verdadera aún no había comenzado.

El pueblo del Norte

 El corte provocado por el cuchillo de sílice, hizo tambalear a Anek..

La riña tribal había cobrado una vida.
El clan del valle había perdido a uno de los suyos, y fueron los que agredieron a Anek.

Anek, pertenece al clan de la montaña
Justo ahora, había bajado unos metros donde la zona gris separa ambas tribus. 

Más al norte habita una tercera agrupación.

Esa fue la agrupación que en una incursión que podríamos llamar relámpago, atacó a la tribu del Valle, dando muerte a Halak, un joven de ascendencia noble.

Una estrategia hábil, que confundió a los atacados y los hizo desencadenar la actual guerra.

Esta agrupación del norte, ha tenido contacto con grupos nómadas, los que han provisto de un arma letal, mucho más satisficada que la noble piedra.

Su dureza y letalidad es mayor, no es piedra, ni madera. Los extraños la llaman, piedra roja, fuego y muerte, para explicar su origen.

La tribu del norte, la adoptó rápidamente y no sólo eso, también la usó en contra de los grupos del vecindario.

Namati Inti, el jefe de la delegación del norte, vio en ella un potencial para su futuro y el de su estirpe..

Desde entonces, no se contentaron con sólo comprar, sino que buscaron llegar al origen de este material.

Hoy le  llamaríamos simplemente metal.

Metal refinado de minas del norte.

A veces rojo o negro, según la piedra ardiente. Dicen los hombres del norte.

Mientras esta trama acrecienta el poder del norte, la tribu del valle, las emprende contra los de la montaña, y ambos libran una suerte de guerra civil..

Namati Inti, da el reporte a sus altas autoridades del norte profundo.

Las noticias viajan de la mano de sus mensajeros corredores o Chaskis.

Su cálculo es que en dos meses tomarán el control del valle del elqui, incluso más al sur...

Luego, su apuesta es llegar al Mapucho, río que baja de los Apus, fuerza telurica de los Huacas..

Hacia el Sur, quizás más adelante. Saben por sus adelantados, que hay un pueblo que no será fácil doblegar. No al menos, como lo fue con la tribu del valle y la montaña, en la tierra de Chili..

jueves, 13 de agosto de 2026

El Tiempo

 El tiempo corre invariablemente

En curvas, a saltos o simplemente en línea recta
Pero, allí está
Nos atrapa, como un río caudaloso
Así, somos envueltos en su totalidad
Nos acaricia, nos abraza y poco a poco, nos sumerge
Al comienzo pareciera ser nada, hasta llegar a ser todo
En medio de días y noches estrelladas
El tiempo se convierte en realidad e ilusión
Detrás de cada paso
Detrás de cada instante
De tal forma nos rodea, que vivimos en torno a él
Creamos calendarios
Marcamos nuestras fiestas
Celebramos cumpleaños y aniversarios
Definimos nuestras metas
Evolucionamos y creamos
Todo en base al tiempo
Nuestra vida pareciera ser incluso una porción de tiempo
Nuestra memoria, se refiere al tiempo pasado
Los anhelos, a un tiempo futuro
Y la contingencia, a un tiempo presente
Ahora mismo, que veo llover
Es un instante, más mañana, será pasado y quizás,  en un tiempo de sequía, anhelo futuro.
Mis manos parecieran ser tiempo
Creando y anotando
Sólo la locura pareciera que no tiene tiempo.
Es solamente un punto que no evoca, ni sueña, sólo sigue presente, sin medir ni temer justamente; al paso del tiempo.

viernes, 7 de agosto de 2026

La nueva Babel: el arte de no entendernos

 El mito de la Torre de Babel suele recordarse como un castigo divino a la arrogancia humana, un rayo celestial que fragmentó una lengua única en miles de dialectos incomprensibles. Hoy, sin embargo, no necesitamos la intervención de los dioses para levantar muros idiomáticos. Hemos construido nuestra propia Babel digital y cultural a fuerza de discursos ultra identitarios, antagónicos y disruptivos que, bajo la promesa de la autenticidad, terminan por dinamitar cualquier puente hacia el entendimiento, el diálogo y el acuerdo.

En el mundo actual, la fragmentación no nace de la geografía, sino de la dialéctica del enemigo común. Asistimos a una parcelación de la realidad donde la identidad ya no se define por lo que somos, sino por aquello a lo que nos oponemos. 

Las plazas públicas —reales y virtuales— se han convertido en tableros de suma cero donde se promueven enfrentamientos sistemáticos: jóvenes contra adultos en una batalla por el futuro; mujeres contra hombres en una trinchera de desconfianza mutua; y excolonias contra antiguos imperios en un pase de facturas histórico que clausura el presente.

Esta obsesión por encasillar a la humanidad en categorías estancas y monolíticas produce un ruido ensordecedor. 

Cuando cada grupo humano adopta su propio código de agravios y su propio vocabulario exclusivo, la empatía se vuelve un dialecto extinto. Ya no escuchamos para comprender al otro; escuchamos para detectar el fallo en su discurso, la palabra incorrecta, la señal que nos permita clasificarlo como adversario. El matiz ha muerto y, con él, la posibilidad de la tregua.

El peligro de esta nueva Babel no es la diversidad —la cual enriquece— sino el aislamiento dogmático. Si el joven asume que el adulto solo porta obsolescencia, si el debate de género se reduce a una guerra de trincheras, y si la geopolítica se estanca en el rencor histórico, el resultado es la parálisis social. 

Una sociedad incapaz de consensuar un vocabulario mínimo común está condenada a ver cómo se desploman sus proyectos colectivos.

Al igual que los constructores del relato bíblico, hoy miramos al cielo con soberbia, convencidos de que nuestras verdades fragmentadas son absolutas. Pero la historia nos advierte: cuando el lenguaje se convierte en un arma de exclusión y el diálogo se declara imposible, la torre de la convivencia civilizatoria termina por derrumbarse sobre nuestras propias cabezas. 

Es urgente recuperar la traducción, el respeto al matiz y la voluntad de escuchar, antes de que el ruido nos vuelva definitivamente extranjeros de nuestros propios semejantes.

lunes, 3 de agosto de 2026

Del camino del hielo hasta el Renacer

 Había una vez un caminante sin nombre que se adentró en el invierno cuando el mundo aún dormía bajo un manto blanco.

No sabía hacia dónde iba, solo que debía avanzar. Llevaba en el pecho un pequeño calor que apenas reconocía, como una semilla olvidada.La primera noche le recibió la nieve. Caía lenta, silenciosa, cubriéndolo todo. El caminante maldijo el frío que le entumecía los pies y el peso que le hacía más pesado el paso. Pero la nieve no era enemiga. Se posaba sobre la tierra como una manta protectora, aislando las raíces del hielo más cruel, guardando la humedad que más tarde sería vida.

 Mientras el caminante se acurrucaba bajo un pino, la nieve le susurró sin palabras: Primero hay que ocultar lo que aún no está listo para nacer.

Después vino la lluvia. Fría, persistente, casi traicionera. Golpeaba su rostro y convertía el camino en barro. El caminante resbalaba, caía, se levantaba empapado y cansado. Creía que la lluvia solo venía a destruir. Sin embargo, cada gota penetraba la tierra endurecida, ablandaba las capas profundas, despertaba los nutrientes dormidos. 

La lluvia no castigaba: preparaba. Lavaba el polvo del invierno más seco y abría grietas invisibles por donde, más tarde, empujarían los brotes.

Llegó también el viento gélido. Soplaba sin piedad, arrancando ramas muertas, desnudando los árboles hasta dejar solo lo esencial. 

El caminante se aferraba a su capa y sentía que el viento le robaba el aliento. Pero cada ráfaga limpiaba lo podrido, lo que ya no servía. Sin ese desprendimiento, la primavera no tendría espacio para lo nuevo.Hubo noches de escarcha. Cristales de hielo que brillaban bajo la luna como estrellas caídas. El frío se volvía casi sagrado. 

El caminante temblaba, pero dentro de él algo se fortalecía. Las raíces de los árboles, bajo la tierra, se hacían más profundas buscando el calor del centro del mundo. El frío no mataba: obligaba a ir más hondo.Días y noches se sucedieron. El caminante avanzaba sin prisa, porque el invierno no se puede apresurar. 

A veces se sentaba junto a un arroyo congelado y contemplaba cómo el hielo se resquebrajaba lentamente. Comprendió entonces que cada evento —la nieve que protege, la lluvia que ablanda, el viento que limpia, el frío que profundiza— no era un obstáculo, sino un ritual. 

El invierno no era la ausencia de vida. Era la larga y paciente preparación para el renacer.

Una mañana, cuando ya casi había olvidado el color verde, sintió un cambio en el aire. El sol se demoró un poco más sobre su rostro. Una pequeña gota de agua cayó de un carámbano y se perdió en la tierra oscura. Luego otra. Y otra. El caminante se detuvo. Miró el suelo y vio, casi invisible, un pequeño brote empujando hacia la luz. No era grande ni hermoso todavía. Solo era valiente.Se arrodilló. Tocó la tierra húmeda con los dedos y sonrió por primera vez en mucho tiempo.Había atravesado la nieve, la lluvia, el viento y el frío. Había creído que el invierno era un castigo o un vacío.

 Ahora sabía la verdad: cada tempestad, cada silencio blanco, cada gota fría había sido una caricia preparatoria. El renacer no llega de golpe. Se gana paso a paso, bajo la nieve, dentro de la lluvia, en lo más profundo del frío.

El caminante se levantó. Delante de él, el camino se abría, todavía entre sombras, pero ya con destellos de luz dorada. 

No necesitaba llegar a un lugar llamado primavera. La llevaba dentro, germinando.

Y siguió caminando, más ligero, sabiendo que el invierno nunca había sido el final.

Había sido el más largo y generoso de los comienzos.

jueves, 23 de julio de 2026

Los Nudos del Sol

 Cuando el primer rayo del Inti bañó las terrazas de Qosqo, el joven Amaru recibió el llamado que cambiaría su destino. No era un guerrero ni un sacerdote. Su padre había servido toda la vida como quipucamayoc, guardián de los quipus, y ahora era tiempo de que el hijo aprendiera el arte más silencioso y poderoso del Tahuantinsuyo: gobernar mediante los nudos.

—Muchos creen que el Imperio se sostiene por las lanzas —le dijo su padre mientras desplegaba un grueso cordel de lana de alpaca—. Pero las lanzas solo defienden lo que los quipus hacen posible.
Amaru observó decenas de cuerdas de distintos colores. Unas eran amarillas, otras verdes, rojas, blancas y negras. De ellas colgaban pequeños nudos simples, largos y en forma de ocho.

—¿Qué cuentan? —preguntó.
—Todo.
Su padre sonrió.

—Los hombres olvidan; los nudos, jamás.
Durante meses recorrieron los depósitos estatales, los qullqas, donde se almacenaban maíz, papa deshidratada, charqui, textiles y herramientas. Cada ingreso y cada salida quedaban registrados en un quipu.

El amarillo representaba el oro.

El blanco, la plata.

El verde, las cosechas.

El rojo, los guerreros.

El marrón, las llamas.

No existían monedas en el Imperio, pero sí abundancia de cuentas. El valor no estaba en el dinero, sino en los recursos y en el trabajo de las personas.

—Aquí —dijo el anciano señalando un nudo doble— tenemos trescientas ochenta llamas entregadas a la provincia de Chinchaysuyo.

Más abajo, otro grupo de nudos.
—Y aquí aparecen las cuarenta y siete que murieron durante el invierno.
Amaru quedó maravillado.
No era solo un registro. Era la memoria viva del Imperio.

Un año después llegó una noticia inquietante.
Las lluvias habían sido escasas en el Collasuyo.

Los campos comenzaban a secarse y algunos gobernadores solicitaban ayuda al Sapa Inca.

El Consejo Imperial convocó a todos los quipucamayoc.
Uno tras otro fueron extendiendo sus quipus sobre enormes mantas.
Los administradores comparaban cifras.
¿Cuánto maíz existía en los depósitos?
¿Cuántas llamas podían transportar alimento?
¿Cuántos trabajadores estaban disponibles para reparar canales?
Los quipus respondían antes que cualquier hombre.

Amaru ayudó a revisar las cuentas.
Descubrió que una provincia cercana había tenido cosechas extraordinarias los últimos tres años y mantenía depósitos casi completos. Otra registraba abundantes tejidos para intercambiar.
Una tercera disponía de miles de trabajadores libres tras finalizar la construcción de un camino.
Entonces comprendió algo.

El Imperio no sobrevivía porque todas sus regiones fueran ricas.
Sobrevivía porque ninguna estaba sola.
El Inca ordenó movilizar recursos.
Miles de llamas partieron cargadas de alimentos.

Los chasquis corrían por los caminos llevando nuevos quipus con instrucciones para cada gobernador.

En ellos se indicaba cuántos sacos entregar, cuántos recibir y cuánto trabajo debía aportar cada comunidad.
No había improvisación.
Cada decisión descansaba sobre los nudos.

Semanas después, mientras supervisaban la distribución del maíz, Amaru notó una discrepancia.

Los depósitos de una provincia aparecían llenos según el informe del gobernador, pero el quipu registraba menos existencias.

Revisó nuevamente.
Los números eran claros.
Alguien había alterado las cuentas.
El joven pidió revisar los almacenes.
Tras varios días descubrieron que el curaca local escondía parte del grano para enriquecerse mediante intercambios secretos con comerciantes de las tierras bajas.

El fraude había permanecido oculto durante meses.
Pero no para los quipus.
El gobernador fue destituido.
Los alimentos regresaron a los depósitos estatales y el pueblo evitó una hambruna.
El Sapa Inca escuchó el informe.

—Los ojos pueden engañarse —dijo—. Las palabras también. Pero un quipu bien llevado habla con la verdad.

Pasaron los años.
Amaru se convirtió en el más respetado quipucamayoc del imperio.
Enseñaba a los jóvenes que cada nudo era una decisión, cada cuerda una provincia y cada color una responsabilidad.

Les repetía siempre la misma frase:
—Administrar no consiste en acumular riquezas. Consiste en conocer exactamente lo que un pueblo necesita para que nadie pase hambre y para que el trabajo de todos beneficie a todos.
Cuando llegaron los primeros hombres barbados desde el otro lado del mar, muchos observaron las fortalezas, los templos y los caminos de piedra.

Pocos comprendieron que el verdadero corazón del Tahuantinsuyo no estaba hecho de roca.

Estaba tejido con hilos de lana, colores y nudos.
Porque mientras los ejércitos defendían las fronteras, los quipus mantenían unido al Imperio, registrando cosechas, censos, tributos, almacenes, obras públicas y el trabajo colectivo de millones de personas.
Y aunque muchos de aquellos cordeles se perdieron con el paso del tiempo, aún queda en ellos una enseñanza que desafía a los siglos: toda gran civilización necesita memoria, organización y confianza. Los incas eligieron guardar esas tres cosas no en libros de papel, sino en el lenguaje silencioso de los nudos, donde cada hilo unía personas, territorios y destinos bajo la luz del Sol.

martes, 21 de julio de 2026

Un día de Lluvia

 Y me sumergí en sueños

Algo que hasta ahora,  no había sido posible

Entonces pude rehacer mi cuerpo 

Pues el descanso después del trabajo arduo está bien.

Mis recuerdos eran diversos 

Tan variados como mi edad

Es que sin saberlo

Caminaba hace rato esta ruta

Aunque mi cuerpo era resistente 

Mi mente lúcida

No faltaban días oscuros 

Donde las Maras rondaban y mi cuerpo se agotaba en ciclos de intensos devaneos.

Cayendo desfallecido y sin fuerzas 

Por eso, agradecí estar en ese sueño 

Donde unía el lejano principio, con el presente 

Me alegraba de recordar

Me alegraba de vivir

Y sobretodo, me alegraba que eso fuera parte de mi experiencia.

Pues, en definitiva esa era la huella que la vida quiso para mí.

Respecto al tiempo, no me importaba en el sentido de la fobia que algunos sienten por los años.

Más bien, me animaba a estar ahí, presente y saber responder.

Pues alguna vez se acercó un niño ante un caminante y le preguntó cuántos años tenía, y este le respondió: Soy tan viejo como me ves, y  tan joven como para seguir adelante una eternidad.

Así me siento, y así vivía en ese sueño.

Mientras el susurro de la lluvia se descolgada del cielo.


miércoles, 15 de julio de 2026

Santiago se prepara para el fin del mundo (otra vez): Una lluvia de antes versus el pánico de ahora

 El meteorólogo de la televisión ha puesto su peor cara de drama, el mapa de Chile está pintado de un rojo apocalíptico y los titulares advierten sobre un "frente frontal de proporciones bíblicas" que amenaza con borrar del mapa a la zona central. Si uno se deja llevar por las noticias de hoy, la llegada de un par de días de lluvia ya no es un fenómeno climático: es el inicio del fin de los tiempos.

 Se activan alarmas presidenciales, los matinales transmiten en vivo desde un paso nivel inundado como si fuera el Titanic, y la gente corre al supermercado a stockearse de papel higiénico y fideos como si el agua potable fuera a desaparecer para siempre.

Qué rápido olvidamos.

Si viajamos un par de décadas hacia atrás, a la época de nuestros padres o abuelos, una tormenta no era una catástrofe nacional; era, extrañamente, un panorama. En esos años, cuando el cielo se caía a pedazos, la infraestructura del país aguantaba con lo que tenía y la actitud ciudadana era completamente distinta. 

¿Alguien recuerda haber entrado en pánico colectivo por tres gotitas? Al contrario. La lluvia era la excusa perfecta para activar el protocolo más feliz de la infancia chilena: el nacimiento masivo de las sopaipillas pasadas. El corte de luz no se sufría con crisis de ansiedad por la falta de Wi-Fi; se celebraba sacando los naipes, encendiendo velas y contando historias de terror al lado de la estufa a parafina.

Los niños de antes no veían las inundaciones de la calle como un peligro de salud pública, sino como una extensión del parque de diversiones. Salir con botas de goma amarillas a reventar el charco más profundo de la cuadra era el verdadero deporte extremo de la época. Si el agua se metía un poco al patio, se armaban diques con sacos de arena en una gesta comunitaria que unía a los vecinos, en lugar de generar hilos de quejas enfurecidas en redes sociales.

 Había una resistencia de concreto, un sentido del humor a prueba de goteras y una capacidad de asimilar el invierno con una sonrisa (y los pies metidos en bolsas de plástico dentro de los zapatos si era necesario).

Hoy, nos hemos vuelto de cristal ante el agua. Un pronóstico de 20 milímetros basta para que la ciudad colapse, el teletrabajo se vuelva obligatorio y miremos al cielo con el terror de quien espera la caída de un meteorito. Quizás sea hora de apagar un rato la televisión texturada de alarmismo, mirar por la ventana sin miedo y recordar que, después de todo, solo es agua cayendo del cielo. 

Desempolvemos las cartas, busquemos la receta de la masa y esperemos el temporal como lo hacían los viejos: con el estómago listo para las sopaipillas y el ánimo dispuesto a capear la tormenta.

sábado, 11 de julio de 2026

El laberinto del dogmatismo: Oposicionismo, fractura y el costo del diálogo en la Megarreforma

 El escenario político chileno actual enfrenta una de sus pruebas más ácidas con la tramitación de la llamada Megarreforma del Gobierno. 

Lo que debió ser un espacio de deliberación democrática y técnica de cara a las urgencias de Reconstrucción Nacional ha terminado por desnudarse como un tablero de intransigencia extrema. En este ecosistema, sectores de la oposición legislativa parecen haber adoptado un antagonismo declarado y un "oposicionismo" ciego como única línea de identidad programática, cerrando de portazo las vías a un entendimiento sostenible en el tiempo.

Este atrincheramiento quedó expuesto con dramatismo durante las recientes negociaciones en la Comisión de Hacienda del Senado. Cuando la bancada de senadores del Partido por la Democracia (PPD) intentó tender puentes y forjar un acuerdo en materia de invariabilidad tributaria —buscando equilibrar la atracción de inversiones con la recaudación fiscal— la respuesta del resto del bloque opositor no fue el debate de ideas, sino la represalia corporativa.

La política del "Bullying" y la coacción interna

El intento de acuerdo de los parlamentarios del PPD gatilló una inmediata y virulenta ola de presiones y coacción política interna. Catalogados velozmente desde sectores del Frente Amplio, el Partido Comunista y la Democracia Cristiana como impulsores de un "pésimo acuerdo", los legisladores fueron blanco de lo que el propio Ejecutivo tildó abiertamente como un "bullying" coordinado para forzarlos a alinearse.

Esta asfixia estratégica operó en dos niveles:

• Aislamiento en el bloque: Se amenazó activamente con quebrar la unidad de la izquierda y centroizquierda, desautorizando su autonomía política mediante un desmarque masivo hacia el Tribunal Constitucional (TC).

• Presión orgánica y bases: Estructuras del propio partido —como la Mesa Regional Metropolitana y facciones de concejales— salieron a censurar públicamente a sus senadores, acusándolos de "debilitar la confianza interna" y actuar al margen de las directrices partidarias.

El desenlace de esta dinámica es sintomático: acorralados por la hostilidad de su sector y ante controvertidos ajustes de última hora en el impuesto corporativo por parte del Ministerio de Hacienda, los senadores del PPD optaron finalmente por retractarse y desahuciar el pacto. El oficialismo partidario, liderado por Raúl Soto, celebró este repliegue y reafirmó la postura de sumarse en bloque a impugnar el proyecto ante el TC.

El peligro de la trinchera

El fracaso de este acercamiento político deja una lección preocupante sobre la salud democrática del Congreso chileno. Cuando el disentimiento legítimo es castigado con la hoguera pública y la coacción interna, el incentivo para construir mayorías transversales desaparece.

La negación sistemática al diálogo no debilita al adversario en el poder; debilita directamente las soluciones que la ciudadanía demanda con urgencia.

 Mientras el antagonismo declarado siga primando sobre la vocación de acuerdos, Chile arriesga quedar atrapado en una parálisis legislativa crónica donde las reformas estructurales se defienden o rechazan desde el dogma, y nunca desde el bien común.

jueves, 2 de julio de 2026

Un viaje en metro

 Voy en el metro.

Como tantas otras veces, me dedico a observar. La mayoría cavila en silencio; otros se refugian en la pantalla de sus celulares. Cada pasajero parece habitar un mundo propio.

De pronto me detengo. Algo llama mi atención.
Veo a dos personas completamente absortas en la lectura. Una está muy lejos. La otra es una muchacha que sostiene un libro cuya portada me resulta imposible ignorar: un astronauta suspendido en el espacio, unido por un cordón a algo que no alcanzo a distinguir. Hay algo en esa imagen que despierta mi curiosidad.
Intento leer el título. Solo alcanzo a distinguir unas palabras: Proyecto Mary...
El libro queda rondando en mi cabeza.

Al llegar a casa, recurro a Google. Escribo lo poco que recuerdo y aparece el resultado: Proyecto Hail Mary.
Leo sobre su autor, la historia y las críticas. Todo parece confirmar la intuición que tuve en aquel vagón. El interés se transforma en decisión. Salgo a buscarlo, junto con otro libro que también había resuelto comprar.

Hoy he terminado de leerlo.

El final me deja pensando. Comienza envuelto en incertidumbre y concluye dejando abiertas más preguntas que respuestas. Es un relato de una misión épica, de un encuentro interestelar improbable y, sobre todo, de la capacidad de un ser humano para encontrar sentido incluso en los lugares más remotos del universo.

Parece increíble que todo haya comenzado hace apenas unos días, por un instante de curiosidad en un viaje cualquiera. Bastó con ver a una desconocida leyendo un libro de portada llamativa para poner en marcha una cadena de acontecimientos: la búsqueda, el descubrimiento y, finalmente, la lectura.

Qué buena fórmula.

Solo hizo falta un poco de curiosidad, el deseo de encontrar nuevas lecturas y la costumbre de permanecer atento mientras el metro avanza.

Aquel trayecto dejó de ser un viaje pasivo. Se convirtió en el inicio de una aventura.
En el camino conocí a un protagonista que jamás quiso ser héroe y descubrí que el autor era el mismo de El Marciano. Como si fuera poco, supe que esta novela inspiró una película estrenada en marzo de este año.

Ahora cierro el libro y la historia sigue dando vueltas en mi cabeza. Pienso en Rocky, en Erid, en los astrófagos, en el Sol y en la Tierra.

El día ha sido largo. El sueño comienza, por fin, a hacerse presente.
Y, sin embargo, ese otro libro, el que espera pacientemente sobre la mesa, parece estar llamándome.

martes, 30 de junio de 2026

lunes, 29 de junio de 2026

El Loco: Canto V

Y entonces, pude ver un extenso camino

Era una ruta que me alejaba de lo conocido.
El cielo destellaba, mis recuerdos eran apenas un instante y más bien parecía todo converger.
Un momento de integración
Donde el ayer, el hoy y mañana se unían
Esa sensación me inundaba por completo
Lo ajeno era conocido
Lo olvidado brotaba nuevamente
Mis pasos en la arena, se dibujaban en una estela
Mientras el pasto se mecía
No me extrañó entonces, quedarme absorto y contemplativo
Pues esa huella marcaba un antes y después
Un quiebre entre lo vista hasta ahora
Que me llevaba a reflexionar sobre cada creencia que había conocido
No hubo prisa entonces
Pues mi viaje no era de urgencia
Sino de aprendizaje
Y para aprender, la celeridad no es siempre buena consejera
Así lo había pensado en mi infancia
Pues cavilaba profundamente  cada etapa
Aún a riesgo de quedarme sólo, o parecer más lento que los demás
Mi tiempo era simplemente mío
Y mi viaje interior así lo demandaba
Mi capacidad de observación e introspección, crecieron
El tiempo entonces fue relativo
Y aquellos que me aventajaron, fueron siendo alcanzados.
Mi curso siguió siempre su viaje
Pues mi camino resonaba como el eco
En una invitación para la travesía
De tal forma, que mi presencia en aquél lugar, era parte de ese propósito
Me quedé observando,nuevamente
Sin saber a ciencia cierta, cuanto más estaría allí.

sábado, 27 de junio de 2026

Haiku

 Noche de invierno,

río de hielo fluye lento,

luna en silencio.

El Loco: Cuarto Canto

 Abrí los brazos y los agité, como lo hacen las aves.

Todo eso, mientras apreciaba el horizonte entre el océano y la extensa pradera que me albergaba.
El sol nacía y quemaba de forma suave
La mirada de ese instante era plena
Los desvaríos reiterados como un bucle sin salida, ahora abrían paso a la serenidad.
¿Era acaso esto, lo que había buscado?
Sino lo era,se parecía mucho, y era agradable.
Agradable no ser consumido por el temor
Agradable no ser devorado por la ira
Era la paz interna, que brotaba
Mientras el largo camino serpenteante, invitaba a reanudar la marcha
Sabía de los desafíos
Conocía bien la cara ácida de la vida
Sin embargo, ahora había una forma de coexistencia, conmigo mismo
Saber defenderse está bien
Pero eso no niega, la colaboración y ayuda
El amor y los acuerdos
Los fantasmas se desvanecían
Al contrario, la energía de ellos se transformaba en protección
Una mano tendida
Un susurro de consejos
La soledad quedaba atrás
No había sino integridad
Donde yo también tenía un lugar
Así retome mi viaje
Esta vez, la ciudad me parecía más cerca que nunca....

viernes, 26 de junio de 2026

El Loco: Tercer Canto

 Seguí avanzando.

Sin mirar atrás. Y mientras el sol nacía sobre la marisma y el mundo recuperaba sus nombres, algo en mí quedó atrás junto al fuego.

No sé si fue el delirio.
No sé si fue la pena.
O si fue, finalmente, el loco. Pero el que caminaba ahora era otro.
Más liviano, más desnudo, como quien ha dejado la piel en la orilla de un río que ya no volverá a cruzar. El camino no hablaba.
Solo respiraba.

Y yo aprendí a respirar con él. A veces una piedra se clavaba en mi pie y, en lugar de maldecir, sonreía.
Porque el dolor también era una voz antigua que por fin me reconocía.
A veces el viento me traía fragmentos de canciones que creí olvidadas:
voces de mujeres que amé,
risas de niños que nunca fueron míos,
el llanto de un perro al que abandoné una noche de invierno. Todos ellos caminaban ahora dentro de mi pecho,
no como fantasmas,
sino como compañeros silenciosos. Una tarde, al borde de un acantilado, me detuve.

Abajo, el mar golpeaba las rocas con furia de amante despechado.
Allí, frente al abismo, hablé por primera vez en voz alta desde que salí del fuego: —“Ya no te busco.
Ya no huyo de ti.
Si eres locura, que seas bienvenida.
Si eres cordura, que seas bienvenida.
Si no eres nada… también seas bienvenida.” El viento se llevó mis palabras.

El mar no contestó.
Y sin embargo, algo dentro de mí se acomodó,
como quien por fin encuentra la postura exacta para dormir en la tierra dura.

Desde entonces viajo sin nombre.
A veces me llaman loco todavía.
Otras veces me llaman sabio.
Yo respondo a ambos con la misma sonrisa tranquila,
porque sé que ninguno de los dos nombres me pertenece. Ahora duermo donde me sorprende la noche.
Ya no junto al fuego.
Ahora el fuego duerme dentro de mí,
pequeño, constante, sin humo. Y cuando sueño,
ya no veo rostros que me juzgan.
Veo caminos.
Miles de caminos.
Todos abiertos.
Todos míos. Y camino. Porque al final comprendí
que el loco no se cura.
El loco se transforma.
En aquel que ya no necesita curación. Y así sigo,
hijo del fuego y de la niebla,
hermano del viento y de la piedra,
amante de todo lo que no tiene fin. 

El Loco: Segundo Canto

 Dormí junto al fuego, más no descansé.

Pues el sueño del loco no conoce reposo, sino formas nuevas del viaje.

Y mientras la llama menguaba y el viento mudaba de dirección, vi desfilar ante mí los rostros antiguos; aquellos que alguna vez llamé hermanos, enemigos y maestros.

Ninguno habló.
Solo contemplaban.
Como si aguardaran de mí una palabra que nunca pronuncié.

Entonces comprendí que el olvido no es ausencia, sino permanencia silenciosa.
Y que aquello de lo que huí tantos años, no perseguía mis pasos: habitaba mi sombra.

Desperté antes del alba.
La roca seguía inmóvil, el mar seguía cantando su lengua incomprensible y las brasas, como estrellas caídas, anunciaban el fin de la noche.

Tomé mis armas.
No por guerra.
No por gloria.
Las tomé para recordar quién fui.
Descendí por la pendiente mientras el horizonte abría lentamente sus párpados.
Y allí, entre la niebla y la distancia, apareció.

No era la ciudad.
Ni la Finis Terrae.
Era un camino.
Tan antiguo como los otros y, sin embargo, distinto.
No prometía respuestas.
No ofrecía descanso.
Solo permanecía abierto.

Comprendí entonces el secreto que aquella voz nocturna había susurrado:
Que no existe tierra prometida para el que busca sentido.
Que el sentido no espera al final del sendero.
Camina.
Y por primera vez en muchos años, sentí miedo.
No el miedo del hambre ni del abandono.
No el miedo de la muerte.
Sino el temor del hombre que comienza a despertar de sí mismo.

Seguí avanzando.
Sin mirar atrás.
Y mientras el sol nacía sobre la marisma y el mundo recuperaba sus nombres, algo en mí quedó atrás junto al fuego.
No sé si fue el delirio.
No sé si fue la pena.
O si fue, finalmente, el loco.

El Loco


Después de un largo recorrido entre añosos caminos de olvido, he llegado a esta roca, desde donde intento retomar el sentido.


Años de vagabundeo entre bestias y mendigos, muchos me trataron como tal.

Más mi sino, era el desvarío, una perdida de rumbo interior. No la simple pereza, malicia o lujuria.

No obstante, a los ojos del mundano vasallo y siervo, todo es simple e igual.

De tal forma, me percaté de la condición humana; impulsiva, distante y calibradora en el juicio. Aunque igualmente, valiente, fiel y compasiva.

Más mi locura, era profunda, bullía de contradicciones, recuerdos borrosos y un impulso por buscar la Finis Terrae..

Así, me enlisté y fui caminante, marino en mares distantes y solitario eremita en el desierto. Siempre bajo el hechizo del delirio, que buscaba la lejana tierra anhelada..

En medio de aullidos, gritos, euforia y llantos, mi conciencia labró rutas, algunas reales, otras, delineadas por mi fantasía.

Viví la soledad y la compañía, los susurros del viento fueron voces y la llovizna matinal como lágrimas del cielo.
Cantos de aves como presagios y augurios de sombras..

Me escabullí con éxito, ante la derrota, la muerte y finalmente ante la desazón. Pues fue la locura mi barrera, cerco y escudo.

Más siempre la razón llama, entre mandatos misteriosos y escenas de sentido. Así llegué a esta roca milenaria, desde donde atisbo tanto el mar como la tierra.

He oído el misterio, la suave voz, y la palabra divina secreta, que cuál epifanía me ha dado el camino de compañía.

En esta noche fría, donde las olas taladran la piedra, mientras la marisma embota la vista, guardo mis armas detrás del fuego.

Mañana será otro día, mañana despertaré,  mañana la ciudad estará más cerca, pues cada paso me acerca a ella.

jueves, 25 de junio de 2026

Los hilos invisibles del sentido: Jung y la trama de la sincronicidad

 Vivimos atrapados en la dictadura del reloj y el axioma de que todo efecto debe tener una causa física. Si una taza se cae, buscamos la fuerza de la gravedad o el tropiezo del brazo; si nos encontramos con un viejo amigo en una gran ciudad, lo catalogamos rápidamente como una feliz casualidad. Sin embargo, existen momentos en la vida donde el tejido de la realidad parece rasgarse para revelarnos algo más profundo. Son esos instantes en los que un diálogo interno o un evento psíquico significativo se vincula, de forma exacta y asombrosa, con un hecho externo simbólicamente equivalente. 

Para Carl Gustav Jung, esto no es azar: es sincronicidad.

Jung definió la sincronicidad como el principio de conexiones acausales. Al romper con el dogma de la causalidad tradicional (donde el hecho A produce el hecho B), el autor nos invita a mirar el mundo a través del significado puro. No hay una energía física que empuje al evento externo a manifestarse para alinearse con nuestro pensamiento; ambos emergen en perfecta simultaneidad porque comparten una misma raíz arquetípica en el inconsciente colectivo. Es una coincidencia temporal cargada de un sentido tan abrumador que transforma por completo a quien la experimenta.

La noción tradicional de temporalidad se diluye en estos fenómenos. El tiempo cronológico, ese transcurrir lineal de minutos y horas, deja paso al Kairos: el tiempo del momento oportuno, el tiempo del alma. En la sincronicidad, el pasado (un trauma, un anhelo), el presente (un diálogo crucial) y el futuro (un quiebre evolutivo en la consciencia) colapsan en un único punto.

El ejemplo más famoso citado por el propio Jung ilustra magistralmente este vínculo simbólico. Mientras una paciente le relataba un sueño crucial en el que recibía un escarabajo de oro —un potentísimo símbolo egipcio de renacimiento y transformación—, Jung escuchó un suave golpeteo en la ventana de su consultorio. Al abrirla, un escarabajo real (Cetonia aurata) entró volando a la habitación. Jung lo atrapó y se lo entregó a la paciente diciendo: «Aquí está su escarabajo». Este hecho físico, acausalmente ligado al diálogo analítico y al proceso interno de la mujer, rompió el rígido racionalismo de la paciente, permitiendo que su terapia avanzara.

Otros autores y pensadores han caminado por senderos similares. El físico Wolfgang Pauli, ganador del Premio Nobel y colaborador de Jung en el desarrollo de este concepto, intuía que la física cuántica y la psicología profunda eran dos caras de una misma moneda: un orden subyacente donde la mente y la materia no están separadas. Asimismo, el biólogo Paul Kammerer estudió la "ley de la serialidad", observando cómo ciertos eventos inconexos tienden a agruparse en el espacio y el tiempo sin una causa aparente, como si el universo tuviera una fuerza gravitacional dedicada exclusivamente a la afinidad de los símbolos.

Prestar atención a estos sucesos nos obliga a abandonar el papel de espectadores pasivos en un cosmos mecánico y frío. Cuando un libro cae de una estantería mostrando la frase exacta que necesitábamos escuchar, o cuando un animal místico se cruza en nuestro camino justo tras tomar una decisión de vida radical, el universo nos está hablando en el lenguaje de los símbolos.

 La sincronicidad es, en última instancia, un puente hacia lo sagrado; una prueba viviente de que el diálogo entre nuestra mente y el tejido de la realidad es real, constante y profundamente significativo.

martes, 23 de junio de 2026

Prometeo y una Aproximación desde la Filosofía

 Heidegger: Prometeo y el dominio técnico del mundo

Martin Heidegger retoma indirectamente la problemática prometeica al reflexionar sobre la esencia de la técnica moderna.
En su ensayo La pregunta por la técnica, sostiene que la técnica no debe entenderse simplemente como un conjunto de herramientas, sino como una forma de revelar el mundo. La modernidad transforma todo lo existente en recurso disponible y calculable.
Desde esta perspectiva, Prometeo aparece como una figura ambigua.

Por una parte, representa la apertura creadora del ser humano: la capacidad de traer algo al mundo. Pero también anuncia un riesgo: que el hombre termine creyéndose dueño absoluto del ser.

Heidegger advierte que cuando la técnica se convierte únicamente en voluntad de control, el ser humano también corre el riesgo de convertirse en un recurso más.
El fuego prometeico, entonces, no es solo liberación; también puede transformarse en una forma de sometimiento.

Hannah Arendt: el hombre como ser de acción y mundo común

Hannah Arendt desarrolla una crítica complementaria.

En La condición humana, distingue entre labor, trabajo y acción. El trabajo corresponde a la fabricación del mundo artificial; en este sentido, tiene una dimensión prometeica. Gracias al trabajo construimos ciudades, instituciones y objetos que permanecen.
Sin embargo, para Arendt la verdadera realización humana ocurre en la acción política.

La acción es aquello que sucede entre personas libres que hablan, deliberan y construyen un espacio común.
El problema contemporáneo aparece cuando la sociedad eleva la producción y la eficiencia técnica por encima de la participación política.

Leída desde Arendt, la lección del Protágoras se vuelve actual: poseer fuego no basta; necesitamos también la palabra y la capacidad de aparecer ante otros.
La humanidad no se define por fabricar cosas, sino por compartir un mundo.

Nietzsche: Prometeo y la creación de valores

Friedrich Nietzsche ofrece otra lectura posible del mito.
Para Nietzsche, el hombre es un ser inacabado, una transición antes que una esencia estable. En Así habló Zaratustra afirma que el hombre es “una cuerda tendida entre el animal y el superhombre”.

La figura de Prometeo encarna precisamente esta dimensión creadora y desafiante.
Robar el fuego significa rechazar una obediencia pasiva al orden establecido y asumir el riesgo de crear nuevas posibilidades de existencia.

Sin embargo, Nietzsche no propone una exaltación ingenua del progreso. Crear implica responsabilidad y transformación permanente.
El devenir humano consiste en superar continuamente las formas heredadas de vida.

Desde esta perspectiva, Prometeo simboliza la afirmación de la libertad humana frente a cualquier destino cerrado.

El devenir del hombre: entre creación y responsabilidad

La lectura conjunta de Protágoras, Heidegger, Arendt y Nietzsche permite comprender que el devenir del hombre ocurre en tres dimensiones inseparables.

Primero, el ser humano es técnico: transforma el mundo para sobrevivir.

Segundo, es político: necesita justicia y reconocimiento para convivir.

Tercero, es creador: está llamado a producir nuevos sentidos para su existencia.

Estas dimensiones entran constantemente en tensión.

Una técnica sin política puede derivar en dominación. Una política sin creación puede convertirse en conformismo. Una libertad sin responsabilidad puede destruir el mundo que hace posible la vida común.

El mito de Prometeo permanece vigente porque muestra que el hombre nunca recibe su humanidad como un regalo terminado: debe conquistarla una y otra vez.

Conclusión
El mito de Prometeo, reinterpretado por Protágoras y releído por la filosofía contemporánea, revela una verdad persistente sobre la condición humana: el hombre es un ser abierto.
La técnica entrega posibilidades, pero no orienta su sentido. Heidegger recuerda el peligro del dominio técnico; Arendt señala la necesidad del espacio político; Nietzsche afirma el poder creador de la existencia.

Entre el fuego y la ciudad, entre la libertad y la responsabilidad, el ser humano construye continuamente aquello que es.

Prometeo no entrega una respuesta definitiva sobre el destino humano. Entrega algo más exigente: la tarea de inventarlo.

Prometeo, el Protágoras y el devenir del hombre: técnica, política y condición humana Introducción

 El mito de Prometeo constituye una de las imágenes más poderosas que la tradición occidental ha utilizado para pensar el origen y el destino del ser humano. Más allá de narrar el robo del fuego a los dioses, el relato expresa una intuición filosófica profunda: el hombre no recibe de la naturaleza una forma acabada de existencia, sino que debe construirse a sí mismo mediante la técnica, la cultura y la vida en común.

Esta idea adquiere una formulación particularmente significativa en el diálogo Protágoras de Platón, donde el mito es reinterpretado para explicar el origen de la política y de la virtud cívica. Sin embargo, su alcance excede ampliamente el pensamiento griego. A lo largo de la historia de la filosofía, autores como Martin Heidegger, Hannah Arendt y Friedrich Nietzsche volverán, desde distintas perspectivas, sobre el problema prometeico: ¿qué significa ser humano cuando nuestra existencia depende de aquello que creamos?

Este ensayo analiza el mito de Prometeo en el Protágoras y propone una lectura del devenir del hombre como un proceso abierto donde técnica, acción política y creación de sentido constituyen dimensiones inseparables de la condición humana.

Prometeo y el nacimiento del hombre como ser incompleto
Según el relato expuesto por Protágoras, los dioses encomiendan a Prometeo y Epimeteo distribuir entre los seres vivos las capacidades necesarias para existir. Epimeteo reparte fuerza, velocidad, instintos y defensas naturales, pero olvida reservar atributos para el ser humano.
La humanidad aparece entonces en una condición singular: nace desnuda, vulnerable y desprovista.

Prometeo corrige parcialmente este error robando el fuego y el saber técnico para entregárselos a los hombres. Gracias a ello surge la posibilidad de fabricar herramientas, transformar la naturaleza y producir cultura.

El significado filosófico de este episodio es profundo: el hombre no posee una esencia completamente determinada por la naturaleza; debe realizarse mediante su propia actividad.
La técnica aparece así como condición de existencia.

El Protágoras: de la técnica a la política

Sin embargo, el relato no termina con el fuego.

Protágoras observa que los hombres, aunque técnicamente capaces, siguen siendo incapaces de convivir. Intentan formar comunidades, pero la violencia y el conflicto las destruyen.

Entonces Zeus envía a Hermes para entregar a todos los hombres dos dones adicionales: el pudor (aidos) y la justicia (diké).

Este momento introduce una idea decisiva: la técnica hace posible la supervivencia, pero solo la política hace posible la humanidad.

Protágoras sostiene que la virtud política debe pertenecer a todos, porque ninguna ciudad puede existir si solo algunos participan de ella. La comunidad humana no surge naturalmente; debe aprenderse y construirse.

La pregunta por el hombre deja de ser biológica y se vuelve histórica.

viernes, 19 de junio de 2026

Las grietas del humanismo mal entendido: El caso de los niños de Haití y el control migratorio

 La protección de los derechos humanos y la infancia suele ser el núcleo del discurso de los sectores progresistas en América Latina. Sin embargo, cuando la retórica ideológica no se acompaña de una gestión técnica rigurosa, las consecuencias pueden ser devastadoras. 

El reciente preinforme de la Contraloría General de la República sobre el ingreso de niños haitianos a Chile bajo el gobierno anterior —un caso que la Fiscalía ya investiga como presunto tráfico de personas— es una muestra de cómo la desprotección estatal puede terminar facilitando el peor de los flagelos: la vulneración de menores.

Los datos arrojados por la auditoría son alarmantes. Decenas de niños ingresaron al territorio nacional en vuelos chárter acompañados por adultos que repetían el patrón de tutoría una y otra vez, transportando contingentes de menores sin que el Estado certificara fehacientemente un vínculo biológico o legal legítimo. Peor aún, las fiscalizaciones posteriores revelaron direcciones falsas e infantes cuyo rastro hoy se desconoce. La flexibilización de criterios administrativos implementada bajo la gestión del Frente Amplio y el Partido Comunista, orientada a agilizar la regularización, terminó por desmantelar los filtros mínimos de seguridad y trazabilidad.

El error de fondo radica en haber confundido la vocación de acogida con la renuncia al control soberano. Una frontera sin fiscalización estricta no es un acto de solidaridad; es una invitación para que las mafias transnacionales de trata de personas operen con impunidad. Al rebajar los estándares exigidos para la reunificación familiar, el aparato estatal chileno actuó con una negligencia que hoy expone a niños vulnerables a redes de explotación.

La actual administración tiene por delante la urgente tarea penal e institucional de esclarecer el paradero de estos menores y sancionar a los responsables. No obstante, la lección política ya está sobre la mesa. La seguridad nacional y la protección de los derechos de la infancia no son agendas contrapuestas, sino interdependientes. Sin un Estado capaz de controlar quién entra y bajo qué condiciones, el humanismo se convierte en una consigna vacía que termina desamparando a los mismos que prometía proteger.