martes, 5 de mayo de 2026

La espera

 El café en el fondo de la taza de Julián ya estaba frío y tenía esa capa aceitosa que solo aparece tras horas de abandono. En la pantalla del televisor, los gráficos de barras bailaban en un empate técnico que el locutor describía con una urgencia ensordecedora. Faltaban tres horas para los resultados definitivos, pero para Julián, el tiempo se había espesado como el cemento.

Para combatir el vacío de la espera, se entregó a la neurosis del orden. Comenzó por su escritorio: alineó los bolígrafos por color, guardó los folletos sobrantes de la campaña en cajas perfectamente rotuladas y borró correos electrónicos irrelevantes con una saña casi religiosa. Cada archivo eliminado era un segundo ganado a la ansiedad.
Mientras sus manos se movían, su mente retrocedía. Se vio a sí mismo tres meses atrás, convencido de que su plataforma era la única salida lógica para el distrito. Pero ahora, bajo la luz fluorescente de su comando de campaña, la duda se filtraba por las grietas del cansancio. ¿Y si solo fui un eco de mis propias ganas?, pensó. Recordó la cara de una vecina que, hace una semana, le negó el saludo. En ese momento no le dio importancia, pero ahora, ese gesto mínimo se agigantaba hasta convertirse en el símbolo de una derrota inminente.
De pronto, un ruido afuera lo sacó de su espiral. Un grupo de voluntarios, ajenos a su tormento interno, reían mientras compartían una pizza en la vereda. Esa risa lo golpeó. Ellos habían creído en él. Se dio cuenta de que su rol no era el de un salvador, sino el de un depositario de esperanzas ajenas. La responsabilidad le pesó en los hombros, transformando la duda en una seriedad gélida.
Volvió a su obsesión. Tomó una escoba y comenzó a barrer el salón principal. No había basura, pero él necesitaba el roce de las cerdas contra el piso, el ritmo mecánico del barrido. Cada movimiento era un intento de empujar las manecillas del reloj.
—Julián, ya están cargando las últimas mesas del centro —dijo su jefa de campaña, entrando con el teléfono en la mano.
Él dejó la escoba apoyada contra la pared. El tiempo, ese enemigo que había intentado segmentar y limpiar, finalmente se detuvo. Ya no había más que ordenar, ni más dudas que masticar. Cruzó la habitación, entendiendo que, ganara o perdiera, el hombre que empezó a barrer esa noche ya no era el mismo que recibiría los datos. Se enderezó el saco, respiró hondo y salió a encontrarse con su destino.

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