sábado, 3 de octubre de 2026

Los que Permanecieron de Pie

La mañana había amanecido gris sobre Santiago.


Desde temprano, la Alameda comenzó a llenarse de voces. Pancartas, banderas, consignas y pasos apresurados avanzaban como un río humano hacia el centro de la ciudad. Era el día de la marcha y, como tantas veces, cada grupo llevaba consigo una idea de Chile distinta.

Frente a la Casa Central de la Universidad Católica había otro grupo.
No eran muchos.

Unos jóvenes sostenían banderas. Otros afirmaban un lienzo que decía:
NO QUEREMOS UN CHILE PARALIZADO. QUEREMOS UN CHILE QUE PROSPERE.

Pertenecían a dos movimientos distintos. Solidaridad y Movimiento Gremial.
No estaban allí para impedir que otros marcharan.

Estaban allí para decir que ellos también tenían derecho a hablar.
Durante un rato, la ciudad siguió su curso.
Algunos transeúntes los miraban con indiferencia. Otros los insultaban. Algunos levantaban el pulgar. Otros apretaban los dientes.
Los jóvenes permanecieron allí.
Entonces apareció la multitud.
Primero fue un murmullo.
Después, un estruendo.

La marcha avanzaba por la Alameda como una enorme criatura de muchas cabezas. Había estudiantes sinceros, dirigentes, trabajadores, curiosos, familias, consignas legítimas y, mezclados entre todos ellos, rostros que nadie podía reconocer.

Los jóvenes del frontis miraron hacia la avenida.

Uno de ellos dijo:
—No bajemos las banderas.
Otro respondió:
—No estamos haciendo nada malo.
Y continuaron de pie.
Entonces comenzaron los insultos.
Después llegaron los empujones.
Una bandera cayó al suelo.
Alguien la recogió.
Un objeto voló desde la multitud.
Después otro.
La pintura cubrió uno de los lienzos.
Y en algún momento, casi imperceptiblemente, la discusión dejó de ser una discusión.
La palabra fue reemplazada por el golpe.
El argumento, por el objeto lanzado.
La discrepancia, por el cuerpo contra el cuerpo.
Los jóvenes retrocedieron.
Uno recibió un golpe.
Otro cayó.
Una muchacha intentó proteger a un compañero.
Alguien gritó.
Otro pidió que se detuvieran.
Pero la multitud ya no escuchaba.
Muchos siglos antes, en otra ciudad, otro hombre había caminado entre una multitud.
También había hablado.
También había sostenido una verdad que otros consideraban insoportable.
También había sido llevado ante quienes creían tener derecho a decidir qué palabras podían pronunciarse y cuáles debían ser castigadas.
Los romanos no comprendían al hombre que tenían delante.
No necesitaban comprenderlo.
Bastaba con condenarlo.
Y ahora, en aquella mañana de Santiago, algo antiguo parecía repetirse.
No la historia.
No exactamente.
El arquetipo.
Porque toda época conoce sus propias cruces.
Y toda multitud puede convertirse, por un instante, en tribunal.
—¡Entren! —gritó alguien desde la puerta.
Los jóvenes comenzaron a correr.
La Casa Central se abrió ante ellos.
Entraron desordenadamente, algunos llorando, otros sangrando, otros todavía aferrados a sus banderas.
Uno de ellos volvió la cabeza.
Afuera quedaba el lienzo.
Estaba roto.
La pintura escurría por sus letras.
Pero todavía podía leerse una palabra.
PROSPERE.

El joven quiso regresar.
Un compañero lo tomó del brazo.
—No.
—La bandera.
—Déjala.
—No puedo.
—Ahora tienes que entrar.
Y entró.
La puerta se cerró.
Dentro de la Casa Central reinaba un silencio extraño.
Afuera seguía rugiendo la calle.
Dentro, algunos estudiantes intentaban recuperar el aliento.
Una muchacha tenía el rostro cubierto de lágrimas.
—¿Por qué? —preguntó.
Nadie respondió.
Porque esa era quizás la pregunta más antigua.
¿Por qué se golpea al que piensa distinto?
¿Por qué una idea puede llegar a convertirse en una amenaza?
¿Por qué una bandera provoca más rabia que una razón?
¿Por qué la multitud permite aquello que ninguno de sus individuos aceptaría estando solo?
No había respuestas.
Sólo respiraciones agitadas.
Y entonces uno de los jóvenes encontró la bandera que había logrado salvar.
Estaba sucia.
Arrugada.
Rota en un extremo.
La extendió sobre el suelo.
—No la escondamos —dijo.
—¿Para qué?
El joven la miró.
—Porque si la escondemos por miedo, entonces habrán conseguido algo más que golpearnos.
Nadie habló.
La levantaron.
Aquella tarde, los periódicos hablarían de violencia.
Los videos circularían por las redes.
Los dirigentes condenarían.
Otros intentarían explicar.
Algunos dirían que había sido una provocación.
Otros dirían que nada podía justificar una agresión.
Algunos convertirían a los jóvenes en símbolos.
Otros convertirían a sus adversarios en monstruos.
Y la verdad quedaría, como suele ocurrir, atrapada entre las consignas.
Pero dentro de la Universidad, entre los jóvenes que habían vivido aquella mañana, había comenzado otra cosa.
No una venganza.
Una decisión.
Uno de ellos dijo:
—Si respondemos de la misma manera, perdemos.
—¿Entonces qué hacemos?
Miró hacia la puerta cerrada.
—Volvemos mañana.
—¿A protestar?
—A hablar.
—¿Aunque vuelvan?
—Aunque vuelvan.
Esa noche, Santiago parecía distinta.
La Alameda estaba casi vacía.
Los restos de papeles yacían sobre el pavimento.
Había banderas abandonadas.
Pancartas destruidas.
Piedras.
Botellas.
Fragmentos de una jornada que durante unas horas había querido dividir al país en dos.
En el frontis de la Universidad Católica, sin embargo, permanecía una pequeña inscripción escrita sobre un pedazo de cartón:
NO RENUNCIAREMOS A PENSAR.
Nadie sabía quién la había escrito.
Quizás alguno de los jóvenes.
Quizás alguien que había visto la violencia.
Quizás alguien que había participado de la marcha y, al regresar a su casa, había comenzado a preguntarse qué había sucedido.
La ciudad continuó respirando.
Cristo, en la vieja historia, había sido llevado a la cruz.
No porque la cruz demostrara que sus verdugos tenían razón.
Tampoco porque el sufrimiento convirtiera automáticamente a todos sus seguidores en justos.
La cruz era, antes que nada, la imagen terrible de una humanidad que puede llegar a destruir aquello que no comprende.
Pero la historia cristiana introdujo una inversión radical:
la víctima no tendría la última palabra.
No sería el odio.
No sería la violencia.
No sería el miedo.
Sería la palabra.
Quizás por eso, muchos siglos después, aquella mañana de Santiago podía leerse bajo la misma sombra.
No porque aquellos jóvenes fueran Cristo.
No porque quienes los atacaron fueran Roma.
Sino porque el viejo drama seguía siendo reconocible:
una multitud, una diferencia, una condena y unos pocos hombres decididos a no arrodillarse ante la violencia.
Al amanecer del día siguiente, las puertas de la universidad volvieron a abrirse.
Los jóvenes regresaron.
Algunos tenían moretones.
Otros llevaban vendas.
Pero volvieron.
Uno de ellos puso sobre el muro el mismo lienzo de la víspera.
Estaba roto.
Lo habían cosido durante la noche.
Las letras ya no estaban completas.
Pero todavía podían leerse.
NO QUEREMOS UN CHILE PARALIZADO.
Debajo, alguien había agregado una frase escrita a mano:
Y TAMPOCO UN CHILE QUE TENGA MIEDO DE PENSAR.
Entonces comenzó la discusión.
Esta vez sin piedras.
Sin palos.
Sin gritos.
Sólo palabras.
Y quizá, en aquella mañana, comenzó también una pequeña resurrección.
No la de un hombre.
No la de una ideología.
Sino la de una convicción mucho más sencilla:
que ninguna sociedad puede llamarse libre si necesita golpear a otro para conseguir que calle.