jueves, 18 de diciembre de 2025

Haiku 27

 Nubes tapan el sol,

Tarde oscura de verano,

Aves vuelven a su hogar

El Viaje

 Estamos en la hora crucial —señaló Baltasar, ajustando las riendas mientras su silueta se recortaba contra el horizonte desértico.

—Así es, el momento que la historia ha aguardado por siglos —agregó Gaspar, cuya mirada reflejaba el brillo de constelaciones antiguas.

—Entonces, ¿qué nos detiene? El tiempo y el destino convergen ahora —concluyó Melchor, espoleando a su cabalgadura.

—¡En marcha! —clamaron al unísono. Los cascos de sus bestias golpearon la tierra con urgencia; faltaban menos de diez kilómetros para alcanzar el objetivo que había guiado sus vidas.

Bajo el frío manto de la madrugada, el sol aún no se atrevía a asomar. En lo alto, la enigmática estrella no era un simple astro, sino un faro de luz pura que trazaba una ruta inequívoca hacia la pequeña aldea de Belén.

El camino estaba congestionado. Familias enteras se desplazaban para cumplir con el censo del Imperio, ajenas al drama cósmico que se desarrollaba a su lado. Para los viajeros comunes, aquellos tres hombres eran un misterio: una caravana silenciosa y majestuosa que avanzaba sin descanso por las lomas de Judea, movidos por una fe que superaba cualquier decreto humano.

Mientras tanto, en la periferia de Belén, el eco de la historia se concentraba en un humilde establo. Allí, entre el calor de los animales y el aroma del heno, un hombre y una joven mujer ultimaban los preparativos para el parto más trascendente de la humanidad. Un evento que, tras más de dos mil años, sigue renovando la esperanza del mundo en cada Navidad.

Los tres Reyes Magos se fundieron con el paisaje lejano justo cuando el sol de un nuevo día emergía potente. Su llegada no solo marcaba el fin de una travesía, sino el inicio de una era de luz para el poblado y para toda la humanidad.

El Diálogo

 En Protágoras, hay un momento clave del diálogo en el que Sócrates y Protágoras llegan a un reconocimiento mutuo, especialmente durante la discusión sobre la virtud y el conocimiento. 

Protágoras admite que, llevado por los argumentos de Sócrates, puede aceptarse que virtudes como la valentía no son completamente independientes, sino que están ligadas al saber y a la correcta evaluación de lo que es bueno o malo.

 Sócrates, por su parte, reconoce la habilidad retórica y la experiencia pedagógica de Protágoras, aceptando que su enfoque educativo responde a una práctica social real y valorada en la polis.

En este intercambio, ambos ceden parcialmente: Protágoras concede que la virtud puede entenderse racionalmente y no solo como hábito inculcado, mientras que Sócrates acepta que la enseñanza de la virtud es posible en cierto sentido. Así, el diálogo no concluye con una victoria clara, sino con un acercamiento intelectual, donde ambos reconocen la coherencia y fuerza de las ideas del otro, dejando abierta la reflexión sobre la naturaleza última de la virtud.


Sócrates: Dime, Protágoras, ¿sostienes aún que la virtud es un conjunto de partes separadas, como si la justicia no tuviera nada que ver con la prudencia?

Protágoras: Así lo he enseñado, Sócrates, pues observo que algunos hombres son valientes pero no justos, y otros justos pero poco sensatos.

Sócrates: Sin embargo, cuando alguien actúa valerosamente sin comprender lo que es verdaderamente bueno, ¿no corre el riesgo de actuar mal creyendo hacer bien?

Protágoras: Admito que, en ese caso, su valentía parecería más bien ignorancia. Tal vez no pueda llamarse virtud completa sin conocimiento.

Sócrates: Entonces coincidimos en que el saber tiene un papel central en la virtud.

Protágoras: Sí, debo reconocer que tus argumentos me conducen a ello. Pero también tú aceptas que la virtud puede enseñarse, pues de otro modo mi oficio sería inútil.

Sócrates: No lo niego. Veo ahora que, si la virtud implica conocimiento, puede transmitirse mediante el diálogo y la educación, como tú afirmas.

Protágoras: Así pues, Sócrates, aunque partimos de caminos distintos, parece que nos encontramos en un punto común.

Sócrates: Así es, Protágoras. Y ese acuerdo, nacido del examen mutuo, es ya una ganancia para ambos.

miércoles, 17 de diciembre de 2025

Haiku 26

Noche de oleaje,  

Barcos bailan sin fin,  

luna callada.

martes, 16 de diciembre de 2025

Simples palabras

 Simples palabras para evocar

Aquello que ya no está
Un instante de reflexión
Que ahonda mil recuerdos
Lugares poblados de voces
Que como nubes, transitaron
Hacia otros mundos
Donde mi voz busca llegar
Las imágenes aparecen a ratos
Entre recuerdos de días alegres
La simple sonrisa lo demuestra
Porque justamente allí
Corrí para encontrar los días mejores
La camaradería de amigos
El abrazo de mi padre
La mano suave de la compañía
Y los viajes a lugares remotos
Un perro que saluda
Mientras el aroma de un almuerzo espera
No hay opción entre los recuerdos
Simplemente son lo que fuimos
Lo que labramos y cultivamos
Para guardar celosamente
Aunque a ratos queramos olvidar
Sin embargo, ¿quién desea olvidar?
Pues yo quiero evocar
Constatar que he vivido
Con aciertos y errores
Para seguir caminando por esta vida
Siempre adelante
Siempre agradecido
Por haber despertado un día cualquiera
En esta, nuestra tierra..

Historia: El Guardián Silente de una Ciudad Vibrante

 En el corazón de Santiago, donde la Alameda se encuentra con Providencia, se alzaba el General Manuel Baquedano y su fiel corcel, Diamante, una imponente estatua ecuestre que, desde 1928, ha observado el pulso de la ciudad. Más que un simple monumento, este lugar se convirtió en un espacio de unidad y evocación, el epicentro natural de celebraciones nacionales, triunfos deportivos y manifestaciones ciudadanas.

A los ojos de bronce del General Baquedano, forjador de victorias en la Guerra del Pacífico, la historia de Chile se escribía día a día. Era el punto de reunión donde la alegría colectiva desbordaba las calles, un símbolo de la relevancia de nuestra historia compartida y la identidad de una nación que mira al futuro sin olvidar sus raíces. La estatua no solo recordaba las hazañas militares, sino que representaba la capacidad del pueblo para unirse en momentos clave.
Hoy, la estatua se encuentra temporalmente resguardada para su restauración debido a daños sufridos. Pero su ausencia física ha reavivado el debate sobre su significado, demostrando que su recuerdo sigue vivo. La posibilidad de su retorno o reubicación es un llamado a recobrar nuestra historia y reflexionar sobre cómo los símbolos públicos pueden unir a una comunidad, superando divisiones y reafirmando el optimismo en un futuro donde la memoria histórica y la convivencia armónica puedan coexistir en el corazón de nuestra ciudad. El espíritu del lugar, como punto de encuentro y símbolo de la resiliencia chilena, permanece, esperando el momento en que su guardián, restaurado, pueda volver a presidir, aunque sea desde otro espacio, la vibrante vida de Santiago.

El porvenir de Elara

 El Amanecer de Aguas claras

En el futuro que floreció a la sombra de la imponente cordillera, la ciudad de Aguasclaras resplandecía como un espejo de cristal. Era una urbe limpia y libre, donde la naturaleza no estaba enclaustrada en parques, sino que danzaba por las calles, enredaderas de luz y musgo. Los ciudadanos, hermanados por un pacto de colaboración silenciosa, habían desterrado la discordia. Sin embargo, una amenaza ancestral se cernía sobre ellos: los Hijos del Fuego, seres consumidos por la avaricia y la ira, que buscaban secar el alma del mundo.
Un día, las fuentes de Aguasclaras comenzaron a entibiarse, su murmullo cristalino tornándose un susurro ronco. Los Hijos del Fuego habían encendido sus fraguas cerca de los glaciares sagrados de la cordillera, amenazando la vida del agua. La ira burbujeó en el corazón de Elara, la joven guardiana del flujo. Quiso marchar sola, con la furia como única arma. Pero los ancianos, con ojos que habían visto siglos, le recordaron el camino olvidado: la superación de la ira a través de la unidad.
"La llama se apaga con el caudal sereno, no con más fuego", susurró el más viejo, señalando a la ciudad que bullía de actividad cooperativa.
Elara comprendió. No marchó sola, sino al frente de una marea de voluntades. No llevaban armas, sino herramientas de vida: cubos de reforestación, semillas de resistencia y cántaros de esperanza. Ascendieron por las laderas escarpadas, cada paso un acto de fe.
Al llegar a la morada de los Hijos del Fuego, estos se consumían en su propia rabia, cegados por el humo y la ambición. Elara, en lugar de gritar, cantó. Su voz, secundada por el coro de miles de ciudadanos hermanados, fue un torrente de prosa poética que narraba la belleza del ciclo vital, la generosidad de la naturaleza, la promesa de un futuro donde cada gota de agua es un tesoro.
La melodía, pura y desprovista de ira, caló hondo en los corazones resecos de los Hijos del Fuego. Sus llamas vacilaron, se volvieron tenues, y finalmente, se apagaron, incapaces de resistir la fuerza de la compasión y la unidad.
Los glaciares, liberados, rompieron su hielo con un estruendo de júbilo. El agua, vida pura, corrió libre de nuevo, descendiendo por la cordillera, sanando la tierra quemada y regresando a la ciudad limpia y libre. Aguasclaras celebró su victoria, una victoria sin batallas, donde la superación de la ira y la colaboración habían asegurado el futuro para la vida del agua, bajo la mirada eterna de su majestuosa cordillera.