Durante siete días, el firmamento permaneció sepultado bajo un manto de ceniza. El sol, extraviado tras nubes colosales, lanzaba un augurio de sangre sobre el Imperio Azteca. En los cuarteles, los Guerreros Jaguar y Águila afilaban sus macahuitls, tensos, esperando una amenaza que aún no tenía rostro.
Desde lo alto del templo, el Tlatoani cavilaba. Ignorando el temor de los astros, trazaba expediciones hacia el sur y planeaba nuevas Guerras Floridas para alimentar a los dioses. Abajo, la ciudad flotante sobre el lago seguía su curso; los canales hervían de actividad y la vida palaciega fingía una normalidad absoluta. Pero el cielo no cedía: la luna crecía de forma antinatural y las estrellas se agolpaban en el vacío, como si huyeran de algo.Buscando el favor divino, el gobernante ordenó los sacrificios. El humo de los corazones ascendió, pero el escenario se quebró en un parpadeo.
La visión de la grandeza se disolvió en piedra fría. La mirada ya no abarcaba el imperio, sino que se filtraba a través de los barrotes de una celda. El gobernante despertó de golpe, sacudido por el peso de la memoria: recordó los días previos a la caída, el estruendo de los "venados" de metal, los estruendos del metal de fuego, las bestias acorazadas y finalmente la derrota de sus invictos guerreros y la traición de aquella mujer que susurró los secretos de su pueblo al Guerrero Barbado.
Se asomó a la pequeña ventana de su cautiverio. Afuera, el sol seguía oculto y la luna ascendía, indiferente y gélida, idéntica a la de aquella noche que hoy revive desde el destierro y la derrota.
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