El corte provocado por el cuchillo de sílice hizo tambalear a Anek.
Por un instante, creyó que las piernas dejarían de sostenerlo. Bajó la mirada y vio la sangre deslizarse por su costado, oscura bajo el sol de la tarde. Frente a él, los hombres del clan del valle retrocedían, todavía aferrados a sus armas de piedra y madera.La riña tribal había cobrado una vida.
Uno de los suyos yacía inmóvil sobre la tierra.
Anek pertenecía al clan de la montaña. Había descendido unos pocos metros, apenas hasta aquella franja de terreno que ninguno de los dos pueblos reconocía como propio. La llamaban la zona gris, una tierra áspera donde los cazadores podían encontrarse y donde cualquier encuentro podía convertirse en una disputa.
Pero esta vez algo había cambiado.
Ya no se trataba de una pelea entre hombres.
El clan del valle había perdido a uno de los suyos.
Y alguien tendría que pagar por ello.
Lo que ninguno de ellos sabía era que, más al norte, una tercera agrupación observaba los acontecimientos con otros ojos.
Aquellos hombres habían llegado desde tierras lejanas y mantenían contacto con grupos nómadas que recorrían los pasos cordilleranos. De ellos habían obtenido algo que ningún pueblo de la región conocía.
Un arma distinta.
Mucho más dura que la piedra.
Mucho más letal.
Los extranjeros la llamaban de diferentes maneras: piedra roja, piedra negra, fuego y muerte.
Mucho más letal.
Los extranjeros la llamaban de diferentes maneras: piedra roja, piedra negra, fuego y muerte.
No era piedra.
Tampoco madera.
Era un material nacido de las entrañas de la tierra.
Metal.
Habían aprendido que, bajo ciertas montañas, la piedra ardiente escondía vetas de aquel extraño material. Lo extraían de las minas del norte y, mediante fuego, golpes y paciencia, lograban convertirlo en cuchillos, puntas y hojas capaces de penetrar aquello que hasta entonces parecía invulnerable.
La tribu del norte lo adoptó rápidamente.
Primero lo intercambió.
Después lo robó.
Finalmente comprendió que no necesitaba depender de los nómadas.
Debía llegar hasta el origen.
Finalmente comprendió que no necesitaba depender de los nómadas.
Debía llegar hasta el origen.
Namati Inti, jefe de una de las primeras delegaciones enviadas hacia aquellas tierras, había comprendido antes que muchos el verdadero significado de aquella sustancia.
No había visto solamente un arma.
Había visto un futuro.
El futuro de su pueblo.
El futuro de su estirpe.
Desde entonces, sus hombres habían comenzado a buscar las montañas donde nacía aquella piedra ardiente. Cada veta encontrada era una promesa; cada nuevo metal trabajado, una ventaja sobre los pueblos vecinos.
Mientras tanto, en el valle, nadie parecía advertir lo que se aproximaba.
El clan de la montaña y el clan del valle se habían hundido en una suerte de guerra civil.
Por una muerte vendría otra.
Por una herida, otra más profunda.
Por un hombre caído, diez reclamarían venganza.
Y mientras ellos gastaban sus fuerzas enfrentándose entre sí, Namati Inti enviaba sus informes hacia el norte profundo.
Por una herida, otra más profunda.
Por un hombre caído, diez reclamarían venganza.
Y mientras ellos gastaban sus fuerzas enfrentándose entre sí, Namati Inti enviaba sus informes hacia el norte profundo.
Las noticias viajaban con los hombres más veloces de la tribu: corredores que atravesaban quebradas, desiertos y senderos cordilleranos llevando mensajes de un asentamiento a otro.
Los chaskis.
Ellos eran la memoria que corría.
La voz que atravesaba las montañas.
El cálculo de Namati Inti era preciso.
En dos lunas podrían controlar el valle del Elqui.
Después vendrían los territorios situados más al sur.
No pretendían solamente conquistar tierras.
Querían dominar los pasos, los ríos, las montañas y las rutas por donde circulaban los pueblos.
Su mirada estaba puesta mucho más lejos.
Hacia el gran río que descendía desde los Apus.
El Mapucho.
El río de las aguas que venían de las montañas sagradas, de aquellas alturas donde la tierra parecía tocar el cielo y donde los hombres levantaban sus huacas para pedir protección a las fuerzas antiguas.
Pero hacia el sur había algo que inquietaba a los hombres del norte.
Sus adelantados habían regresado con noticias.
Habían encontrado otros pueblos.
Pueblos numerosos.
Pueblos que conocían aquellas tierras mucho mejor que ellos.
Y, según decían los mensajeros, no serían fáciles de doblegar.
No al menos como lo habían sido los hombres del valle y de la montaña, en aquella tierra que los antiguos llamaban Chili.
No al menos como lo habían sido los hombres del valle y de la montaña, en aquella tierra que los antiguos llamaban Chili.
Namati Inti escuchó el informe en silencio.
Luego tomó entre sus manos una pequeña hoja de metal.
La observó bajo la luz del fuego.
Roja primero.
Negra después.
Brillante cuando la llama la alcanzaba.
La cerró lentamente en su puño.
Al otro lado de las montañas, Anek seguía luchando por mantenerse en pie.
Todavía no lo sabía.
Pero la sangre que aquella tarde había sido derramada en la zona gris era apenas el primer presagio.
La guerra verdadera aún no había comenzado.
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