miércoles, 30 de septiembre de 2026

Sobre el Tiempo

 Para Elías, el tiempo era una flecha rota; para Oona, un anillo de oro.

Vivían en la misma ciudad de piedra, pero habitaban universos distintos. Elías era un hombre del tiempo lineal. Llevaba un registro obsesivo de los días en un diario de cuero negro, tachando las fechas con tinta indeleble. Para él, cada segundo que caía era un soldado muerto en una guerra que no se podía ganar. El pasado era un cementerio inaccesible; el futuro, una neblina ansiogénica; y el presente, una línea delgada y afilada por la que caminaba haciendo equilibrio. Su mayor terror era el desperdicio. "Solo se vive una vez", repetía, mientras construía monumentos, acumulaba riquezas y apuraba sus cafés, siempre corriendo hacia una meta invisible.

Oona, en cambio, pertenecía al tiempo circular. No usaba relojes. Medía su existencia por el regreso de las golondrinas, el enfriamiento de la tierra y el latido de las mareas. Para ella, nada se perdía realmente. El invierno no era la muerte del año, sino la respiración profunda antes de la primavera. Cuando su abuela falleció, Oona no la lloró como a una pérdida definitiva, sino como a una semilla que regresaba a la tierra para nutrir los árboles que darían sombra a sus propios hijos. Oona no corría; caminaba con la certeza de quien sabe que volverá a pasar por el mismo sitio, solo que un poco más sabia.

Un día, ambos se encontraron en el viejo faro abandonado de la costa. Elías subía las escaleras contando los peldaños, frustrado por el desgaste de sus rodillas. Oona estaba sentada en la cima, contemplando el atardecer.

—Es el último atardecer del otoño —dijo Elías, sentándose a su lado con un suspiro pesado—. Un año más que se nos va. Menos tiempo en el contador.
Oona sonrió, acariciando la piedra gastada del faro.

—No se va, Elías. Se esconde. Este mismo frío ya lo sentimos, y este mismo sol volverá a calentarnos la espalda. No estás un año más cerca del final; estás dando otra vuelta al carrusel.

—Eso es un consuelo de tontos —replicó él, mostrando su reloj de pulsera—. El metal se oxida, la carne se debilita. Vamos hacia un final definitivo. Si no avanzamos, si no dejamos una marca imborrable antes de que caiga el telón, habremos fracasado. Tu círculo es una jaula; mi línea es progreso.

Oona miró el mar, donde las olas morían en la arena para luego ser reclamadas por el océano profundo.

—Tu línea es un camino al abismo, Elías. Te obliga a mirar siempre hacia adelante, volviéndote ciego a lo que dejas atrás. Desprecias el ayer porque ya pasó y temes al mañana porque llegará. Al final, tu flecha solo te lleva a la tumba. Mi círculo, en cambio, me permite abrazar el dolor del invierno porque sé que el verano está garantizado.

Pasaron las horas. Discutieron hasta que las estrellas cubrieron el cielo. Elías intentó demostrarle, con matemáticas y lógica de ingenieros, la irreversibilidad de la entropía. Oona le respondió con el ciclo del agua, la rotación de los planetas y la memoria de la sangre.

Al bajar del faro, algo había cambiado en ambos.

Elías regresó a su oficina, pero esa noche no tachó el día en su calendario. Miró la fecha y, por primera vez, pensó en la primavera que vendría, sintiendo un extraño alivio al notar que la noche siempre da paso al día. Oona, por su parte, caminó hacia su cabaña sintiendo el frío en los huesos, consciente de que, aunque el ciclo fuera eterno, cada vuelta de la espiral merecía ser vivida con la urgencia y la pasión de quien sabe que este momento exacto, con esta luz exacta, jamás volverá a repetirse de la misma manera.

Entendieron, sin decírselo, que la verdad no estaba en la flecha ni en el anillo, sino en la espiral: avanzar hacia lo nuevo, pero sin olvidar regresar siempre a casa.

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