En las profundidades de la selva araucana, donde el sol apenas logra besar el musgo de los robles milenarios, la cueva de Fiton no es un refugio, sino un eje del mundo. El brujo, de barbas blancas como la espuma del Biobío y ojos que guardan el brillo de estrellas muertas, decidió que el aire del bosque ya no era suficiente para contener su sed de conocimiento.
Con un gesto de sus manos callosas, Fiton no invocó un caballo, sino al mismo viento. Se elevó sobre la fronda de araucarias, dejando atrás el grito del chucao, y se lanzó hacia las cumbres.Su primer destino fue el corazón de fuego del Villarrica. Fiton descendió por el cráter rutilante, no para quemarse, sino para templar su espíritu en la lava. Desde esa atalaya de ceniza, estiró su percepción más allá del horizonte.
Vio, como en un mapa de cristal, los continentes desplegarse: las selvas densas del Amazonas, las cumbres gélidas de los Andes y las llanuras infinitas que se pierden en océanos desconocidos. Viajó sin moverse, habitando el trueno de las tormentas africanas y el silencio de las estepas lejanas, comprendiendo que toda la tierra es un solo cuerpo latiendo bajo su vara de mando.
Pero el mundo, en su inmensidad, carece del alma que Fiton solo halla en su hogar. Saciado de visiones cósmicas, el brujo emprendió el retorno.
Descendió como una sombra entre los coihues y lingues. Al tocar tierra, el aroma a tierra mojada y boldo lo recibió como un abrazo antiguo. Entró en su refugio, donde los frascos de brebajes y las raíces sagradas esperaban en penumbra. Allí, rodeado por el susurro de los árboles nativos que custodian sus secretos, Fiton cerró los ojos. Sabía que, aunque sus ojos habían visto el fin del mundo, su poder solo florecía donde sus raíces tocaban el suelo de la Araucanía.
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