viernes, 3 de abril de 2026

Volveré

 El silencio en la colina era tan pesado

 como la piedra que sellaba la entrada. 

Allí yacía su cuerpo, marcado por los restos de un martirio que todavía flotaba en el aire como un eco amargo. 

Apenas horas antes, la masa vociferante había llenado las calles de gritos, cegada por una furia que no entendía de razones; en un acto de ironía cruel, habían preferido otorgar la libertad al delincuente, dejando que el justo pagara el precio del caos.

Los guardias lo miraban con desdén. Algunos, al ver la palidez de su piel, lo dieron por muerto definitivamente, convencidos de que la historia terminaba en ese rincón frío. 

Otros, sin embargo, susurraban entre dientes que aquello no era el fin, que su semblante era extrañamente sereno, como si solo dormía profundamente tras una larga batalla.

Pero al tercer día, el frío se transformó en un calor suave que emanaba de las paredes de roca.

Sin estruendos, la oscuridad se disolvió. 

Él se puso en pie y abandonó la penumbra para volver a donde era su hogar verdadero, un plano que los ojos mortales apenas alcanzan a imaginar.
Al cruzar el umbral, dejó tras de sí una luz tan intensa que desintegró cualquier duda, convirtiendo el misterio de la muerte en una simple puerta abierta. Antes de partir del todo, grabó en el viento un mensaje que aún resuena en quienes saben escuchar: que el sacrificio no es derrota y que el amor es la única ley que no puede ser encadenada.

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