viernes, 29 de mayo de 2026

El motor olvidado: por qué la economía es el pilar invisible de la democracia chilena

 La estabilidad democrática de Chile depende hoy, más que nunca, de la vitalidad de su economía. Existe una tendencia peligrosa a separar la discusión de los derechos sociales del crecimiento productivo, como si los primeros pudieran materializarse por arte de magia sin el sustento del segundo. 

La realidad es obstinada: una democracia que busca garantizar derechos esenciales como la salud, la educación y la seguridad social necesita, de forma obligatoria, una base económica sólida que la financie.

Actualmente, la situación económica de Chile transita por un terreno complejo. Tras años de estancamiento, con un crecimiento mezquino y una productividad frenada, el país enfrenta el duro desafío de salir de la trampa del ingreso medio. La inflación y la incertidumbre regulatoria han erosionado el bolsillo de los ciudadanos, mientras que la informalidad laboral gana terreno frente al empleo de calidad. El verdadero desafío no es solo administrar la escasez, sino volver a expandir la frontera de nuestras posibilidades.
Para romper este bucle, impulsar el desarrollo económico debe dejar de ser una consigna técnica y convertirse en un imperativo ético.

 Esto se traduce en dos acciones urgentes: atraer mayor inversión y desatar los nudos burocráticos que la paralizan. La inversión privada no es un fin en sí mismo, sino el combustible indispensable para la creación de empleos formales, estables y dignos.

Esta reactivación es la única llave real para abrir oportunidades urgentes a dos sectores críticos: los cesantes y los jóvenes. La falta de horizontes laborales para las nuevas generaciones no solo alimenta la frustración individual, sino que triza el pacto social. Un joven sin acceso al mercado laboral es un ciudadano al que la democracia le está fallando en su promesa de progreso.

No hay política social más potente ni más dignificadora que un buen empleo. El trabajo formal entrega autonomía, seguridad y pertenencia. Por ello, el desarrollo económico y la inversión deben ser defendidos como un pilar esencial de nuestra democracia. Sin ellos, los derechos sociales se transforman en promesas vacías escritas en un papel, y una democracia que solo acumula promesas rotas termina, inevitablemente, abriendo la puerta a la inestabilidad.

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