La gotera apareció un martes a las tres y diecisiete de la madrugada.
No a las tres y quince.No a las tres y veinte.
A las tres y diecisiete exactas.
Tac.
Martín abrió un ojo.
Tac.
Abrió el otro.
Tac.
Miró el techo con la resignación de quien ya conoce el nombre de su enemigo.
Durante las semanas siguientes, la fuga adquirió una personalidad propia. No era simplemente agua. Era una presencia. Un visitante nocturno. Un funcionario público del insomnio que llegaba puntualmente a cumplir su turno.
La administración del edificio inició una investigación.
—Debe ser una filtración menor —dijo el primer técnico.
—No, es una filtración mayor con actitud de filtración menor —corrigió el segundo.
—Podría venir de cualquier parte —sentenció un tercero, aportando exactamente cero información.
Mientras tanto, el agua seguía cayendo.
Tac.
Tac.
Tac.
Entonces comenzaron los rumores.
En el piso superior vivía la familia Salinas.
Un matrimonio amable, dos hijos y un perro de aspecto filosófico que pasaba horas mirando fijamente una fuente ornamental del jardín común.
—Dicen que tienen una piscina —comentó una vecina en el ascensor.
—No hay espacio para una piscina.
—Una piscina normal, no. Pero una conceptual, quizás.
La frase no ayudó a nadie, pero fue repetida durante semanas.
Martín decidió investigar.
Una tarde coincidió con el señor Salinas en el estacionamiento.
—Disculpe la pregunta... ¿ha tenido problemas con el agua?
El hombre sonrió misteriosamente.
—Todos tenemos problemas con el agua.
Y se alejó.
Aquella respuesta encendió todas las alarmas.
La situación empeoró cuando otro residente afirmó haber escuchado cantos provenientes del departamento.
No música.
Cantos.
Algo entre una ópera y el sonido que hacen las ballenas.
A veces por la noche.
A veces durante la siesta.
A veces a las seis de la mañana.
La teoría comenzó a tomar forma.
Los Salinas no eran una familia normal.
Los Salinas creían ser criaturas marinas.
La hipótesis parecía absurda.
Hasta que aparecieron las pruebas.
Un repartidor aseguró haber entregado veinte kilos de sal marina.
La conserje juró haber visto a uno de los hijos usando antiparras para ir al supermercado.
El perro fue observado varias veces intentando enterrarse en una pileta de agua.
Todo encajaba.
Demasiado bien.
Martín empezó a imaginar lo que ocurría allí arriba.
Visualizaba a la familia reunida cada noche alrededor de una enorme piscina clandestina construida en el living.
El padre disfrazado de capitán de un barco hundido.
La madre convencida de ser una sirena ejecutiva.
Los niños practicando migraciones oceánicas entre el sofá y la cocina.
Y todos ellos celebrando complejos rituales acuáticos mientras toneladas de agua amenazaban la integridad estructural del edificio.
—¡Hoy interpretaremos a los peces linterna del Atlántico Sur!
—¡Sí, papá!
—¡Glub glub!
—¡Glub glub para todos!
Y el agua filtrándose lentamente hacia los departamentos inferiores.
Tac.
Tac.
Tac.
La administración finalmente autorizó una inspección.
Era el gran día.
Martín acompañó a los técnicos.
Los vecinos observaban desde el pasillo como si se tratara de una redada internacional.
La puerta se abrió.
Todos contuvieron la respiración.
El departamento estaba completamente seco.
No había piscina.
No había océano.
No había sirenas.
Sólo muebles normales, plantas normales y una familia perfectamente normal.
La teoría se derrumbó en segundos.
Hasta que uno de los técnicos miró hacia arriba.
—¿Y eso?
Todos levantaron la vista.
En el techo del living había instalado un gigantesco acuario.
No un acuario doméstico.
No un acuario razonable.
Un acuario monumental suspendido sobre la sala.
Dentro nadaban decenas de peces tropicales.
Rayas.
Corales.
Una criatura que parecía haber sido inventada por un poeta cansado.
—Ah, sí —dijo el señor Salinas—. Nuestro cielo marino.
—¿Su qué?
—Nuestro cielo marino.
Lo dijo como si fuera la cosa más normal del mundo.
Según explicó, había querido recrear la sensación de vivir bajo el océano.
Cada noche la familia se acostaba en el suelo y observaba los peces nadar sobre sus cabezas.
El problema era que una pequeña fisura en una conexión del sistema de filtrado había comenzado a perder agua.
Gota a gota.
Noche tras noche.
Tac.
Tac.
Tac.
La fuga fue reparada esa misma tarde.
Los peces continuaron nadando.
La familia continuó contemplando su océano privado.
Y Martín, por fin, volvió a dormir.
Aunque a veces, en medio de la noche, despertaba sobresaltado.
Escuchaba el silencio.
Y por un instante sentía una extraña decepción.
Porque después de tantos meses, una parte de él había empezado a encariñarse con la idea de que, justo encima de su dormitorio, existía una familia de seres marinos viviendo secretamente bajo un mar suspendido en el techo de un edificio nuevo.
Y la verdad, comparada con esa posibilidad, resultaba un poco menos interesante.
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