viernes, 5 de junio de 2026

La semántica del camuflaje: El blindaje ideológico de la violencia en el Cono Sur

 El debate político en América Latina sufre de una severa distorsión lingüística. Se ha vuelto un hábito intelectual y mediático empaquetar cualquier manifestación de violencia civil o autoritarismo bajo el rótulo genérico de fascismo, un término que hoy funciona más como un artefacto de descalificación moral que como una categoría rigurosa.

 Al operar este reduccionismo, se desdibuja la identidad real de los actores radicales: movimientos de ultraizquierda, colectivos anarquistas y facciones alineadas con el Socialismo del Siglo XXI. Esta confusión semántica no es casual; es el mecanismo de defensa de un sector que busca divorciar sus dogmas de las consecuencias fácticas de su aplicación.

El caso de Chile ofrece un laboratorio preciso para entender este fenómeno. Lo ocurrido en octubre de 2019 ha sido bautizado cómodamente bajo el eufemismo de "estallido social", una etiqueta que evoca una combustión espontánea y ciudadana. Sin embargo, la realidad obliga a cuestionar ese marco conceptual y a llamarlo por su nombre: una revuelta planificada o, derechamente, una revolución ideológica. La destrucción sistemática y simultánea de infraestructura crítica, como la red del Metro de Santiago, junto con los incendios coordinados de espacios públicos, desmienten la tesis de la pura espontaneidad.

Cuando la violencia estatal o de grupos opositores ocurría, el diagnóstico de la izquierda era tajante: fascismo. En cambio, frente a la coacción y el vandalismo ejercido por los grupos radicalizados, el lenguaje se tornaba ambiguo y protector, disfrazando la demolición de la ciudad como una "expresiones legítimas del descontento". Esta asimetría conceptual diluye la responsabilidad penal y política de los seguidores de modelos inspirados en la influencia de la dictadura de Cuba o el régimen venezolano, cuyos lazos de financiamiento y asesoría táctica en la región han sido ampliamente documentados por centros de estudio de seguridad internacional.

Esta estrategia de manipulación de la narrativa y uso de la violencia como herramienta política se extiende con idéntica partitura a países vecinos como Colombia y la Argentina de la última década. En estos contextos, la izquierda ha logrado un blindaje inédito frente a sus propios fracasos económicos y democráticos. El método del bloqueo de la realidad opera en tres niveles concurrentes:

• La captura de los símbolos culturales: Se instala una supuesta superioridad moral donde cualquier política redistributiva —así termine en hiperinflación o desabastecimiento— es intrínsecamente noble, mientras que la eficiencia fiscal es tildada de desalmada.

• La tercerización de la culpa: El colapso financiero o institucional jamás es responsabilidad de la gestión interna, sino el resultado de "bloqueos externos", "guerra económica" o conspiraciones de la derecha local.

• La institucionalización de la amnesia: A través de plataformas educativas y discursos gubernamentales, se reescribe la historia reciente, omitiendo el origen del deterioro democrático.

El resultado de este ecosistema comunicacional es la normalización de la impunidad ideológica. Mientras la región se empobrece y las instituciones democráticas se erosionan bajo liderazgos populistas, el uso del comodín "fascista" opera como una cortina de humo perfecta. Cumple la función de impedir que el ciudadano común asocie la violencia de las calles, la insurrección organizada y la quiebra del Estado con sus verdaderos autores: una ultraizquierda radicalizada que prefiere culpar a un enemigo fantasma antes que rendir cuentas por el fracaso evidente de su modelo.

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