Dormí junto al fuego, más no descansé.
Pues el sueño del loco no conoce reposo, sino formas nuevas del viaje.Y mientras la llama menguaba y el viento mudaba de dirección, vi desfilar ante mí los rostros antiguos; aquellos que alguna vez llamé hermanos, enemigos y maestros.
Ninguno habló.
Solo contemplaban.
Como si aguardaran de mí una palabra que nunca pronuncié.
Entonces comprendí que el olvido no es ausencia, sino permanencia silenciosa.
Y que aquello de lo que huí tantos años, no perseguía mis pasos: habitaba mi sombra.
Desperté antes del alba.
La roca seguía inmóvil, el mar seguía cantando su lengua incomprensible y las brasas, como estrellas caídas, anunciaban el fin de la noche.
Tomé mis armas.
No por guerra.
No por gloria.
Las tomé para recordar quién fui.
Descendí por la pendiente mientras el horizonte abría lentamente sus párpados.
Y allí, entre la niebla y la distancia, apareció.
No era la ciudad.
Ni la Finis Terrae.
Era un camino.
Tan antiguo como los otros y, sin embargo, distinto.
No prometía respuestas.
No ofrecía descanso.
Solo permanecía abierto.
No ofrecía descanso.
Solo permanecía abierto.
Comprendí entonces el secreto que aquella voz nocturna había susurrado:
Que no existe tierra prometida para el que busca sentido.
Que el sentido no espera al final del sendero.
Camina.
Y por primera vez en muchos años, sentí miedo.
No el miedo del hambre ni del abandono.
No el miedo de la muerte.
Sino el temor del hombre que comienza a despertar de sí mismo.
Seguí avanzando.
Sin mirar atrás.
Y mientras el sol nacía sobre la marisma y el mundo recuperaba sus nombres, algo en mí quedó atrás junto al fuego.
No sé si fue el delirio.
No sé si fue la pena.
O si fue, finalmente, el loco.
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