martes, 8 de septiembre de 2026

Análisis Comparativo de Prácticas Sacrificales de Menores en el Territorio Chileno: El Caso del Niño del Cerro El Plomo y el Infante de Collileufú

 Resumen

El presente artículo expone un análisis comparativo de dos de los casos documentados más significativos de sacrificio humano infantil en la geografía chilena: la ofrenda incaica del Cerro El Plomo (circa s. XV) y el evento reactivo de Collileufú (1960). Aunque ambos fenómenos coinciden en la selección de menores de edad como agentes mediadores con lo numinoso, responden a estructuras sociopolíticas y cosmológicas radicalmente opuestas. Mientras la Capacocha andina operaba como un mecanismo estatal planificado de expansión y consolidación geopolítica, el sacrificio de Puerto Saavedra constituyó una respuesta comunitaria de urgencia ante el mayor cataclismo sísmico registrado en la era moderna. Se examinan los hallazgos forenses contemporáneos y las implicancias jurídicas de ambos eventos.

Palabras clave: Capacocha, Cosmovisión Mapuche, Sacrificio Infantil, Arqueología de Alta Montaña, Antropología Jurídica.

1. Introducción

El sacrificio humano ha sido interpretado por la antropología clásica como un mecanismo de restablecimiento del orden cósmico y de negociación simbólica con las fuerzas naturales. En el actual territorio de Chile, coexisten registros materiales y etnográficos de dos manifestaciones de esta índole que, pese a su distancia temporal, comparten la utilización de infantes como el enslabón más puro de la jerarquía social. Este documento analiza y contrasta el contexto, los hallazgos forenses, los métodos de ejecución y las repercusiones de estos dos hitos históricos.

2. Caso 1: La Ofrenda de la Alta Montaña (El Niño del Cerro El Plomo)

2.1 Contexto Institucional y Político

Descubierto en 1954 a 5.430 metros sobre el nivel del mar en la Región Metropolitana de Santiago, el cuerpo momificado del Niño del Cerro El Plomo corresponde a un infante de aproximadamente 8 años de edad. Este sacrificio se enmarca rigurosamente dentro de la institución incaica de la Capacocha (o Qhapaq Ucha), un rito estatal ejecutado con el fin de sacralizar los límites territoriales (Apis), consolidar la sumisión de los pueblos conquistados e interactuar con deidades solares ante hitos dinásticos o catástrofes controladas.

2.2 Hallazgos Forenses y Reevaluación Arqueológica

Durante décadas, la literatura arqueológica estándar sostuvo la hipótesis de la congelación apacible inducida por sustancias psicotrópicas (chicha de maíz y hojas de coca). Sin embargo, estudios forenses y tomografías computarizadas de alta resolución realizados en el siglo XXI modificaron de manera radical la comprensión del evento:

• Evidencia de traumatismo: Las imágenes de diagnóstico clínico determinaron la existencia de un trauma craneal contundente en la zona occipital, infiriendo que el infante fue ejecutado mediante un golpe certero antes de su depósito en la cámara de piedra.

• Cronología de desplazamiento: Los análisis de isótopos estables en el cabello y tejido revelaron una dieta diferenciada durante sus últimos meses de vida, confirmando un viaje e itinerario ceremonial de más de nueve meses desde el Cusco hasta el valle del Mapocho.

3. Caso 2: El Sacrificio Reactivo de Collileufú (Puerto Saavedra, 1960)

3.1 El Ecosistema del Terror Cósmico
El 5 de junio de 1960, tras el terremoto de magnitud 9.5, con epicentro en Valdivia y el subsecuente maremoto (tsunami) que asoló las costas del sur de Chile, la comunidad huilliche-mapuche de Collileufú se enfrentó a un colapso apocalíptico de su entorno. Bajo la interpretación cosmológica local, el cataclismo significó el despertar violento de la serpiente marítima Kai Kai Vilu.

3.2 Dinámica del Rito e Inmolación

Guiados por las visiones oníricas de la machi Juana Namuncura, la comunidad concluyó que las aguas demandaban un sacrificio de "sangre pura" ajeno a los vicios del contacto occidental para detener el embate del océano. El menor José Luis Painecur, de 5 años, fue seleccionado y entregado por sus tutores familiares. A diferencia de la meticulosa preparación incaica, este rito se caracterizó por su inmediatez y urgencia telúrica. El menor fue sacrificado mediante cortes rituales e inmolación en un cerro cercano, y sus restos óseos y sanguíneos fueron arrojados al mar para propiciar el retiro de las olas (Lafken).

3.3 El Proceso Judicial e Implicancias Jurídico-Antropológicas

El caso derivó en la detención y procesamiento penal de los autores materiales e intelectuales por parte de la justicia ordinaria del Estado de Chile. El fallo judicial de la época se convirtió en un precedente clave para la antropología jurídica del país:

• Absolución histórica: El tribunal dictaminó la absolución de los procesados aplicando la eximente de fuerza irresistible y miedo insuperable (Art. 10, N° 9 del Código Penal chileno).

• Determinismo cultural: El juez reconoció que el pánico provocado por la magnitud del cataclismo, mediado por un marco de creencias ancestrales profundamente arraigado, anuló temporalmente la autodeterminación racional occidental de los comuneros, obligándolos a actuar bajo una lógica metafísica ajena a la legislación vigente.

5. Conclusión

El estudio de estos casos evidencia que el sacrificio de menores en el territorio de Chile no puede abordarse desde una categoría homogénea de "barbarie" o mitología genérica. El Niño del Cerro El Plomo representa la cúspide de un aparato estatal expansionista sofisticado que utilizaba la muerte ritualizada como moneda de cambio sociopolítica. Por el contrario, el infante de Collileufú expone los límites de la psique humana y la resiliencia mitológica comunitaria frente al desastre natural más devastador de la historia moderna, forzando incluso al derecho penal occidental a reconocer la validez operativa de una cosmovisión alterna.

miércoles, 2 de septiembre de 2026

Tiempos Idos

 Corre el río, corre de tal manera que no lo reconozco

Es que apenas ayer había sequía y hoy, un torrente desbordado
Así corre la vida
Y allí vamos nosotros
Entremedio de ese curso que nos lleva
Hace poco estabas en el colegio
Y ahora lidiando con el trabajo

Se enredan recuerdos y realidad
Nos quedamos con fechas significativas
Mientras el hostil escenario nos acecha

Que camino tan peculiar he recorrido
Pues de tanto caminar he constatado
Que donde más se esfuerza uno por llegar,
Más rápido cae la noche

Y cuándo más deseas dormir, más pronto amanece
Asímismo, prolongar momentos se torna imposible
Pues el tiempo se desvanece más rápido, cuando más anhelas la eternidad
En tanto, los martirios se hacen permanentes
Allí donde anhelan imediatez 
Ante el deseo de la prisa

Que contradicción es esta vida
Donde pretendemos darle sentido
Y nos afanamos en armar un fin, como un rompecabezas de verano

Mientras, vemos las nubes pasar
De tal forma, surge el recuerdo
Como un perfume engañoso
Pues cuela aromas perdidos
Para un presente de evocaciones

Así, la dulzura se aparece
De la mano sensual de un cuerpo
Mientras otros días trae el espíritu de aventura
Entre excursiones y andanzas

Por eso, algunos optan por seguir
Despojarse de cualquier apego

Un Diogenes que arroja su tazón
O duerme en el barril
Es un humano liberado de ataduras
Aunque estas vuelvan de noche en noche
Para susurrar esos recuerdos de ayer 
Donde anhelabas eternidad, para un instante 

Hieros Gamos: El Arquetipo de la Unidad

 El hieros gamos es el concepto mitológico y ritual del matrimonio sagrado, caracterizado por la unión mística entre una diosa y un dios. Celebrado originalmente en culturas antiguas como la mesopotámica y la griega para garantizar la fertilidad de la tierra, representa la reconciliación total de las fuerzas opuestas del universo. En la psicología junguiana, simboliza la integración de las polaridades internas de la psique —como lo consciente y lo inconsciente— para alcanzar la madurez espiritual y el equilibrio individual.

El ser humano moderno vive fragmentado, dividido entre la lógica implacable del intelecto y el torrente caótico de sus emociones. En esta búsqueda desesperada por recuperar el equilibrio, una idea ancestral vuelve a cobrar una relevancia crítica: el hieros gamos, o matrimonio sagrado. 

Lo que en la antigüedad mesopotámica era un rito de fertilidad donde reyes y sacerdotisas encarnaban a los dioses para asegurar la abundancia de las cosechas, hoy se nos presenta como el mapa definitivo para la supervivencia psíquica.


No debemos cometer el error de mirar este concepto únicamente como una reliquia de la mitología o de la antropología. El psiquiatra Carl Jung rescató esta joya del pensamiento antiguo para recordarnos que el verdadero progreso no ocurre hacia afuera, sino hacia adentro. El hieros gamos es, en esencia, la unión de los opuestos. Es el puente que cruza el abismo entre nuestra mente racional y las profundidades del inconsciente, entre nuestras luces visibles y las sombras que preferimos ignorar.


Nuestra cultura actual nos empuja constantemente a polarizarnos, a elegir un bando, a mutilar partes de nuestra identidad para encajar en moldes rígidos. 

Frente a ese aislamiento interior, el matrimonio sagrado propone un acto de audacia revolucionaria: integrar en lugar de excluir. Alcanzar esta unión mística no significa borrar nuestras diferencias, sino transmutar el conflicto interno en una danza armónica donde lo masculino y lo femenino, la razón y el instinto, coexistan en perfecta sincronía.


En un mundo herido por la división, el hieros gamos no es un mito del pasado; es una necesidad urgente del presente. Quien logra casar sus propias contradicciones deja de buscar desesperadamente afuera lo que solo la integridad interior puede otorgarle.

 La paz colectiva comienza, inevitablemente, en esa boda íntima y silenciosa del alma.

martes, 1 de septiembre de 2026

Un análisis del Cine bajo la Óptica de Campbell y Jung

 Anápolis (2006)

El Viaje del Héroe (Joseph Campbell)

La historia de Jake Huard se alinea de forma casi matemática con las etapas del monomito campbelliano:

• El Mundo Ordinario: Jake trabaja como soldador en un astillero naval. Vive a la sombra de las bajas expectativas de su padre y sueña con algo más grande.

• La Llamada a la Aventura: Recibe la aceptación de último minuto para ingresar a la Academia Naval de los Estados Unidos (Anápolis).

• Rechazo de la Llamada / Reticencia: Aunque Jake desea ir, su padre duda de él, lo que genera una barrera psicológica ("no perteneces ahí"). Jake debe vencer su propia inseguridad antes de cruzar el umbral.

• Encuentro con el Mentor: Ali (interpretada por Jordana Brewster), una cadete de rango superior, y en cierta medida el optimismo de su compañero de cuarto, Twins, actúan como guías que le enseñan las reglas del "nuevo mundo".

• Cruce del Primer Umbral: Jake entra formalmente a la academia. El ambiente hostil, la disciplina rígida y el corte de cabello marcan la muerte de su antigua identidad.

• Pruebas, Aliados y Enemigos: Jake se enfrenta a las exigencias académicas y físicas. Encuentra aliados en sus compañeros de litera y un enemigo claro en el comandante Cole (Tyrese Gibson). El torneo de boxeo de la academia, los "Brigade Championships", se convierte en el campo de pruebas principal.

• La Cueva Profunda (Aproximación): Twins, el amigo de Jake, intenta suicidarse tras reprobar ante la evaluación de Cole. Jake cae en su punto más bajo de desesperación y culpa, cuestionando si debe abandonar la academia.

• La Odisea / Suprema Prueba: La final del torneo de boxeo contra el comandante Cole. No es solo una pelea física; es el enfrentamiento de Jake contra el sistema y contra sus propios demonios internos.

• La Recompensa: Jake no necesita ganar de forma absoluta en el marcador para obtener su premio: se gana el respeto de Cole, de su padre y, lo más importante, el suyo propio.

• El Regreso con el Elíxir: Jake se reincorpora a las filas de la academia, ya no como un paria o un rebelde sin causa, sino como un líder transformado, listo para servir con honor.

2. Los Arquetipos de Carl Jung

Los personajes y dinámicas de Anápolis encarnan las proyecciones de la psique humana descritas por Jung:

• El Héroe (Jake Huard): Representa al Ego en busca de individuación. Jake empieza como un individuo fragmentado (lleno de rabia y resentimiento) y utiliza el sufrimiento de la academia para integrar sus partes rotas y madurar.

• La Sombra (Comandante Cole): Cole es el antagonista perfecto porque representa todo lo que Jake teme y rechaza de sí mismo: disciplina implacable, autoridad incuestionable y una fuerza fría. Al enfrentarse a Cole en el ring, Jake está confrontando e integrando su propia Sombra para volverse un hombre completo.

• El Anima (Ali): Ali representa el componente femenino en la psique masculina de Jake. Ella no es solo un interés romántico; es el equilibrio emocional, la intuición y la sabiduría que Jake (demasiado volcado en su agresión masculina) necesita para sobrevivir en la academia.

• El Viejo Sabio / La Figura Paterna: El padre de Jake representa el "padre devorador" o castrador inicial, que frena el crecimiento del héroe. Por otro lado, los oficiales superiores y los manuales de la academia actúan como el arquetipo del Orden y la Ley que obligan al caos de Jake a estructurarse.

• El Chivo Expiatorio (Estrada): Estrada carga con la debilidad que el sistema de la academia intenta erradicar. Su caída es el sacrificio ritual que despierta la verdadera motivación y seriedad en el viaje de Jake.

Conflicto y Resolución

Elemento de la trama
Perspectiva de Campbell (Viaje)
Perspectiva de Jung (Arquetipos)

El Astillero :El Mundo Ordinario que debe dejarse atrás.El estado de inconsciencia y estancamiento del Ego.

El Comandante Cole: El guardián del umbral y antagonista principal.La Sombra: el espejo de los defectos y miedos del héroe.

El Ring de BoxeoLa Suprema Prueba (La Odisea).El espacio de individuación donde se integran el Ego y la Sombra.

En conclusión, Anápolis utiliza la fórmula del cine deportivo y militar para contar una historia profundamente arraigada en la mitología humana. El ring de boxeo no es solo deporte: es el escenario alquímico donde el carbón (el rebelde Jake) se transforma en diamante bajo la presión de su Sombra (Cole).

sábado, 22 de agosto de 2026

La Travesía

 La gran marcha hacia el sur comenzó bajo el designio de los astros y el peso del metal. Las fuerzas de Namati Inti dejaron atrás el devastado valle del Elqui, obligando a los sobrevivientes de la montaña y del valle —entre ellos un silencioso y observador Anek— a cargar los suministros de la campaña. Para Anek, ver a su pueblo encadenado junto a quienes consideraba sus enemigos mortales era una ironía dolorosa; el engaño del norte los había unido, pero en la desgracia.

A medida que avanzaban, el paisaje comenzó a cambiar. Los cielos diáfanos del norte dieron paso a nubosidades densas y los cerros secos se tiñeron gradualmente de un verde profundo. Los corredores chaskis iban y venían, manteniendo la línea de comunicación con el norte profundo, pero sus reportes ya no eran tan limpios.

—Señor —informó un chaski exhausto al llegar a los pies del valle del Mapucho—, los pueblos de esta cuenca han abandonado sus aldeas. No hay cosechas que recolectar ni nobles que capturar. Se han replegado hacia las faldas de los Apus.

Namati Inti no se inmutó. Sabía que el río Mapucho, con su fuerza telúrica, era un lugar de huacas y adoración, pero también un punto estratégico. Estableció allí su campamento base, utilizando la cuenca como un centro de control. Sin embargo, el ambiente se sentía pesado. La tierra misma parecía rechazar la presencia de la "piedra roja". Por las noches, extraños silbidos imitaban el canto de las aves, pero ningún pájaro volaba a esas horas. Los centinelas del norte, hombres del desierto y la roca ardiente, comenzaron a susurrar sobre maleficios.

Anek, aprovechando la distracción de sus captores y el espeso bosque que bordeaba el río, comenzó a tramar su fuga. Había notado que las armas de metal eran formidables en campo abierto, pero pesadas y torpes entre la densa vegetación del sur. Una noche, mientras una tormenta cordillerana azotaba el campamento, Anek logró cortar sus amarras con una lasca de sílice que había escondido en su calzado. 

No huyó solo; liberó a un puñado de guerreros del valle. El enemigo común había borrado las viejas rencillas tribales.

Se adentraron en el bosque oscuro, cruzando el Mapucho con el agua hasta el pecho. Mientras escapaban, Anek sintió que no estaban solos. Entre las sombras de los gigantescos árboles de coihue y canelo, unos ojos vigilaban. No eran los hombres de Namati Inti. Eran los auténticos dueños de esa tierra boscosa.

Al amanecer, Namati Inti descubrió la fuga. Furioso, ordenó a su vanguardia de élite adentrarse en los bosques del sur para cazar a los rebeldes y reclamar las tierras del Chili definitivo.

Pero el sur no se conquistaría con promesas de fuego. Apenas la columna del norte cruzó la línea invisible del bosque, la naturaleza misma pareció volverse en su contra. De la nada, trampas de madera pesada cayeron de las copas de los árboles y flechas con puntas de piedra negra (obsidiana) cruzaron el aire con precisión quirúrgica. 

Los hombres del norte intentaron defenderse con sus dagas de metal, pero en la densa selva no había espacio para maniobrar.

Desde la copa de un roble, un grito de guerra desconocido y atronador hizo eco en todo el valle, congelando la sangre de los invasores. Los "hombres de la tierra" habían hecho su aparición. No tenían metal, pero sus ojos reflejaban la misma fuerza indomable de los Apus.

Anek y sus compañeros, ocultos entre los matorrales, observaron el choque. Por primera vez en meses, la invencible delegación del norte retrocedía, dejando caer sus armas de piedra roja sobre el barro húmedo del sur. La verdadera guerra por el Chili acababa de comenzar.

¡Oh Capitán! ¡Mi Capitán!

 Oh capitán! ¡Mi capitán! Nuestro espantoso viaje ha terminado,

La nave ha salvado todos los escollos, hemos ganado el anhelado premio,
Próximo está el puerto, ya oigo las campanas y el pueblo entero que te aclama,
Siguiendo con sus miradas la poderosa nave, la audaz y soberbia nave;
Más ¡ay! ¡oh corazón! ¡mi corazón! ¡mi corazón!
No ves las rojas gotas que caen lentamente,
Allí, en el puente, donde mi capitán
Yace extendido, helado y muerto.

¡Oh capitán! ¡Mi capitán! Levántate para escuchar las campanas.
Levántate. Es por ti que izan las banderas. Es por ti que suenan los clarines.
Son para ti estos búcaros, y esas coronas adonardas.
Es por ti que en las playas hormiguean las multitudes,
Es hacia ti que se alzan sus clamores, que vuelven sus almas y sus rostros ardientes.
¡Ven capitán! ¡Querido padre!
¡Deja pasar mi brazo bajo tu cabeza!
Debe ser sin duda un sueño que yazgas sobre el puente.
Extendido, helado y muerto.

Mi capitán no contesta, sus labios siguen pálidos e inmóviles,
Mi padre no siente el calor de mi brazo, no tiene pulso ni voluntad,
La nave, sana y salva, ha arrojado el ancla, su travesía ha concluído.
¡La vencedora nave entra en el puerto, de vuelta de su espantoso viaje!
¡Oh playas, alegraos! ¡Sonad, campanas!
Mientras yo con dolorosos pasos
Recorro el puente donde mi capitán
Yace extendido, helado y muerto.

Autor: Walt Whitman 

miércoles, 19 de agosto de 2026

Sombras sobre el Elqui

 El dolor en el costado de Anek ardía como el fuego purificador de los Apus. La sangre, densa y oscura, manchaba la tierra gris que dividía a los clanes. El cuchillo de sílice del guerrero del Valle había sido certero, pero el golpe real no venía de esa hoja de piedra, sino del engaño que orquestaba todo desde las sombras.

—¡Asesinos! —rugía el guerrero del Valle, levantando nuevamente su lanza—. ¡Pagaron la vida de Halak con la de los nuestros!
Anek intentó ponerse de pie, presionando su herida con una mano temblorosa.
—¡Nosotros no fuimos! —alcanzó a exclamar, pero su voz se ahogó en el estruendo de los escudos de madera. La ceguera de la venganza había consumido el entendimiento entre la montaña y el valle. Una guerra civil desatada por un fantasma del norte.

A kilómetros de allí, en una cumbre estratégica que dominaba el acceso al río Elqui, Namati Inti observaba el polvo levantarse a la distancia. Una sonrisa fría se dibujó en su rostro al ver las señales de humo. El plan marchaba a la perfección. Las dos tribus locales se desangraban mutuamente por una muerte que sus propios hombres habían provocado.
A su lado, un guerrero de la delegación limpiaba una extraña pieza de tono rojizo y filamento letal: un hacha de metal refinado. No se quebraba como el sílice; no se astillaba como la madera. Era la "piedra roja", el secreto traído por los nómadas que cambiaría el destino de la tierra de Chili.

—Los mensajeros ya han partido, mi señor —anunció un subordinado, inclinando la cabeza—. Los Chaskis corren veloces hacia el norte profundo. Las altas autoridades sabrán hoy mismo que el Valle del Elqui caerá en dos meses, tal como calculaste.

Namati Inti asintió, acariciando el frío metal de su cinturón.

—Este valle es solo el inicio. Una vez que la montaña y el llano terminen de destruirse, entraremos con el fuego y la muerte de nuestras nuevas armas. Pero nuestro verdadero destino está más allá.
El jefe estiró su brazo apuntando hacia los horizontes del sur, donde el mapa se volvía difuso y mítico.

—Llegaremos al Mapucho. Beberemos de las aguas que bajan de los Apus y someteremos a las Huacas de esa región. Toda esta tierra pertenecerá a nuestra estirpe.

El viento del sur sopló con una fuerza inusitada, helando el ambiente. Los adelantados de Namati ya habían regresado de esas fronteras lejanas con advertencias claras. Más allá del Mapucho, el bosque se volvía espeso y los hombres indomables. Una fuerza telúrica habitaba en los nativos de esas tierras australes, un pueblo que, a diferencia de los confundidos clanes del Elqui, no conocería el miedo ante la piedra roja.

Namati Inti miró al sur por última vez antes de dar la orden de avance. Sabía que la verdadera prueba no estaba en la guerra civil que hoy presenciaba, sino en el choque contra aquellos guerreros indomables que aguardaban pacientemente en el fin del mundo.

martes, 18 de agosto de 2026

La Piedra Roja

 El corte provocado por el cuchillo de sílice hizo tambalear a Anek.

Por un instante, creyó que las piernas dejarían de sostenerlo. Bajó la mirada y vio la sangre deslizarse por su costado, oscura bajo el sol de la tarde. Frente a él, los hombres del clan del valle retrocedían, todavía aferrados a sus armas de piedra y madera.

La riña tribal había cobrado una vida.
Uno de los suyos yacía inmóvil sobre la tierra.

Anek pertenecía al clan de la montaña. Había descendido unos pocos metros, apenas hasta aquella franja de terreno que ninguno de los dos pueblos reconocía como propio. La llamaban la zona gris, una tierra áspera donde los cazadores podían encontrarse y donde cualquier encuentro podía convertirse en una disputa.

Pero esta vez algo había cambiado.
Ya no se trataba de una pelea entre hombres.

El clan del valle había perdido a uno de los suyos.

Y alguien tendría que pagar por ello.
Lo que ninguno de ellos sabía era que, más al norte, una tercera agrupación observaba los acontecimientos con otros ojos.

Aquellos hombres habían llegado desde tierras lejanas y mantenían contacto con grupos nómadas que recorrían los pasos cordilleranos. De ellos habían obtenido algo que ningún pueblo de la región conocía.

Un arma distinta.
Mucho más dura que la piedra.
Mucho más letal.
Los extranjeros la llamaban de diferentes maneras: piedra roja, piedra negra, fuego y muerte.

No era piedra.
Tampoco madera.
Era un material nacido de las entrañas de la tierra.
Metal.

Habían aprendido que, bajo ciertas montañas, la piedra ardiente escondía vetas de aquel extraño material. Lo extraían de las minas del norte y, mediante fuego, golpes y paciencia, lograban convertirlo en cuchillos, puntas y hojas capaces de penetrar aquello que hasta entonces parecía invulnerable.
La tribu del norte lo adoptó rápidamente.
Primero lo intercambió.
Después lo robó.
Finalmente comprendió que no necesitaba depender de los nómadas.
Debía llegar hasta el origen.

Namati Inti, jefe de una de las primeras delegaciones enviadas hacia aquellas tierras, había comprendido antes que muchos el verdadero significado de aquella sustancia.

No había visto solamente un arma.
Había visto un futuro.
El futuro de su pueblo.
El futuro de su estirpe.
Desde entonces, sus hombres habían comenzado a buscar las montañas donde nacía aquella piedra ardiente. Cada veta encontrada era una promesa; cada nuevo metal trabajado, una ventaja sobre los pueblos vecinos.

Mientras tanto, en el valle, nadie parecía advertir lo que se aproximaba.
El clan de la montaña y el clan del valle se habían hundido en una suerte de guerra civil.
Por una muerte vendría otra.
Por una herida, otra más profunda.
Por un hombre caído, diez reclamarían venganza.
Y mientras ellos gastaban sus fuerzas enfrentándose entre sí, Namati Inti enviaba sus informes hacia el norte profundo.

Las noticias viajaban con los hombres más veloces de la tribu: corredores que atravesaban quebradas, desiertos y senderos cordilleranos llevando mensajes de un asentamiento a otro.

Los chaskis.
Ellos eran la memoria que corría.
La voz que atravesaba las montañas.
El cálculo de Namati Inti era preciso.
En dos lunas podrían controlar el valle del Elqui.

Después vendrían los territorios situados más al sur.
No pretendían solamente conquistar tierras.
Querían dominar los pasos, los ríos, las montañas y las rutas por donde circulaban los pueblos.
Su mirada estaba puesta mucho más lejos.
Hacia el gran río que descendía desde los Apus.

El Mapucho.
El río de las aguas que venían de las montañas sagradas, de aquellas alturas donde la tierra parecía tocar el cielo y donde los hombres levantaban sus huacas para pedir protección a las fuerzas antiguas.
Pero hacia el sur había algo que inquietaba a los hombres del norte.
Sus adelantados habían regresado con noticias.
Habían encontrado otros pueblos.
Pueblos numerosos.
Pueblos que conocían aquellas tierras mucho mejor que ellos.
Y, según decían los mensajeros, no serían fáciles de doblegar.
No al menos como lo habían sido los hombres del valle y de la montaña, en aquella tierra que los antiguos llamaban Chili.

Namati Inti escuchó el informe en silencio.
Luego tomó entre sus manos una pequeña hoja de metal.
La observó bajo la luz del fuego.
Roja primero.
Negra después.
Brillante cuando la llama la alcanzaba.
La cerró lentamente en su puño.

Al otro lado de las montañas, Anek seguía luchando por mantenerse en pie.
Todavía no lo sabía.
Pero la sangre que aquella tarde había sido derramada en la zona gris era apenas el primer presagio.
La guerra verdadera aún no había comenzado.

El pueblo del Norte

 El corte provocado por el cuchillo de sílice, hizo tambalear a Anek..

La riña tribal había cobrado una vida.
El clan del valle había perdido a uno de los suyos, y fueron los que agredieron a Anek.

Anek, pertenece al clan de la montaña
Justo ahora, había bajado unos metros donde la zona gris separa ambas tribus. 

Más al norte habita una tercera agrupación.

Esa fue la agrupación que en una incursión que podríamos llamar relámpago, atacó a la tribu del Valle, dando muerte a Halak, un joven de ascendencia noble.

Una estrategia hábil, que confundió a los atacados y los hizo desencadenar la actual guerra.

Esta agrupación del norte, ha tenido contacto con grupos nómadas, los que han provisto de un arma letal, mucho más satisficada que la noble piedra.

Su dureza y letalidad es mayor, no es piedra, ni madera. Los extraños la llaman, piedra roja, fuego y muerte, para explicar su origen.

La tribu del norte, la adoptó rápidamente y no sólo eso, también la usó en contra de los grupos del vecindario.

Namati Inti, el jefe de la delegación del norte, vio en ella un potencial para su futuro y el de su estirpe..

Desde entonces, no se contentaron con sólo comprar, sino que buscaron llegar al origen de este material.

Hoy le  llamaríamos simplemente metal.

Metal refinado de minas del norte.

A veces rojo o negro, según la piedra ardiente. Dicen los hombres del norte.

Mientras esta trama acrecienta el poder del norte, la tribu del valle, las emprende contra los de la montaña, y ambos libran una suerte de guerra civil..

Namati Inti, da el reporte a sus altas autoridades del norte profundo.

Las noticias viajan de la mano de sus mensajeros corredores o Chaskis.

Su cálculo es que en dos meses tomarán el control del valle del elqui, incluso más al sur...

Luego, su apuesta es llegar al Mapucho, río que baja de los Apus, fuerza telurica de los Huacas..

Hacia el Sur, quizás más adelante. Saben por sus adelantados, que hay un pueblo que no será fácil doblegar. No al menos, como lo fue con la tribu del valle y la montaña, en la tierra de Chili..

jueves, 13 de agosto de 2026

El Tiempo

 El tiempo corre invariablemente

En curvas, a saltos o simplemente en línea recta
Pero, allí está
Nos atrapa, como un río caudaloso
Así, somos envueltos en su totalidad
Nos acaricia, nos abraza y poco a poco, nos sumerge
Al comienzo pareciera ser nada, hasta llegar a ser todo
En medio de días y noches estrelladas
El tiempo se convierte en realidad e ilusión
Detrás de cada paso
Detrás de cada instante
De tal forma nos rodea, que vivimos en torno a él
Creamos calendarios
Marcamos nuestras fiestas
Celebramos cumpleaños y aniversarios
Definimos nuestras metas
Evolucionamos y creamos
Todo en base al tiempo
Nuestra vida pareciera ser incluso una porción de tiempo
Nuestra memoria, se refiere al tiempo pasado
Los anhelos, a un tiempo futuro
Y la contingencia, a un tiempo presente
Ahora mismo, que veo llover
Es un instante, más mañana, será pasado y quizás,  en un tiempo de sequía, anhelo futuro.
Mis manos parecieran ser tiempo
Creando y anotando
Sólo la locura pareciera que no tiene tiempo.
Es solamente un punto que no evoca, ni sueña, sólo sigue presente, sin medir ni temer justamente; al paso del tiempo.

viernes, 7 de agosto de 2026

La nueva Babel: el arte de no entendernos

 El mito de la Torre de Babel suele recordarse como un castigo divino a la arrogancia humana, un rayo celestial que fragmentó una lengua única en miles de dialectos incomprensibles. Hoy, sin embargo, no necesitamos la intervención de los dioses para levantar muros idiomáticos. Hemos construido nuestra propia Babel digital y cultural a fuerza de discursos ultra identitarios, antagónicos y disruptivos que, bajo la promesa de la autenticidad, terminan por dinamitar cualquier puente hacia el entendimiento, el diálogo y el acuerdo.

En el mundo actual, la fragmentación no nace de la geografía, sino de la dialéctica del enemigo común. Asistimos a una parcelación de la realidad donde la identidad ya no se define por lo que somos, sino por aquello a lo que nos oponemos. 

Las plazas públicas —reales y virtuales— se han convertido en tableros de suma cero donde se promueven enfrentamientos sistemáticos: jóvenes contra adultos en una batalla por el futuro; mujeres contra hombres en una trinchera de desconfianza mutua; y excolonias contra antiguos imperios en un pase de facturas histórico que clausura el presente.

Esta obsesión por encasillar a la humanidad en categorías estancas y monolíticas produce un ruido ensordecedor. 

Cuando cada grupo humano adopta su propio código de agravios y su propio vocabulario exclusivo, la empatía se vuelve un dialecto extinto. Ya no escuchamos para comprender al otro; escuchamos para detectar el fallo en su discurso, la palabra incorrecta, la señal que nos permita clasificarlo como adversario. El matiz ha muerto y, con él, la posibilidad de la tregua.

El peligro de esta nueva Babel no es la diversidad —la cual enriquece— sino el aislamiento dogmático. Si el joven asume que el adulto solo porta obsolescencia, si el debate de género se reduce a una guerra de trincheras, y si la geopolítica se estanca en el rencor histórico, el resultado es la parálisis social. 

Una sociedad incapaz de consensuar un vocabulario mínimo común está condenada a ver cómo se desploman sus proyectos colectivos.

Al igual que los constructores del relato bíblico, hoy miramos al cielo con soberbia, convencidos de que nuestras verdades fragmentadas son absolutas. Pero la historia nos advierte: cuando el lenguaje se convierte en un arma de exclusión y el diálogo se declara imposible, la torre de la convivencia civilizatoria termina por derrumbarse sobre nuestras propias cabezas. 

Es urgente recuperar la traducción, el respeto al matiz y la voluntad de escuchar, antes de que el ruido nos vuelva definitivamente extranjeros de nuestros propios semejantes.

lunes, 3 de agosto de 2026

Del camino del hielo hasta el Renacer

 Había una vez un caminante sin nombre que se adentró en el invierno cuando el mundo aún dormía bajo un manto blanco.

No sabía hacia dónde iba, solo que debía avanzar. Llevaba en el pecho un pequeño calor que apenas reconocía, como una semilla olvidada.La primera noche le recibió la nieve. Caía lenta, silenciosa, cubriéndolo todo. El caminante maldijo el frío que le entumecía los pies y el peso que le hacía más pesado el paso. Pero la nieve no era enemiga. Se posaba sobre la tierra como una manta protectora, aislando las raíces del hielo más cruel, guardando la humedad que más tarde sería vida.

 Mientras el caminante se acurrucaba bajo un pino, la nieve le susurró sin palabras: Primero hay que ocultar lo que aún no está listo para nacer.

Después vino la lluvia. Fría, persistente, casi traicionera. Golpeaba su rostro y convertía el camino en barro. El caminante resbalaba, caía, se levantaba empapado y cansado. Creía que la lluvia solo venía a destruir. Sin embargo, cada gota penetraba la tierra endurecida, ablandaba las capas profundas, despertaba los nutrientes dormidos. 

La lluvia no castigaba: preparaba. Lavaba el polvo del invierno más seco y abría grietas invisibles por donde, más tarde, empujarían los brotes.

Llegó también el viento gélido. Soplaba sin piedad, arrancando ramas muertas, desnudando los árboles hasta dejar solo lo esencial. 

El caminante se aferraba a su capa y sentía que el viento le robaba el aliento. Pero cada ráfaga limpiaba lo podrido, lo que ya no servía. Sin ese desprendimiento, la primavera no tendría espacio para lo nuevo.Hubo noches de escarcha. Cristales de hielo que brillaban bajo la luna como estrellas caídas. El frío se volvía casi sagrado. 

El caminante temblaba, pero dentro de él algo se fortalecía. Las raíces de los árboles, bajo la tierra, se hacían más profundas buscando el calor del centro del mundo. El frío no mataba: obligaba a ir más hondo.Días y noches se sucedieron. El caminante avanzaba sin prisa, porque el invierno no se puede apresurar. 

A veces se sentaba junto a un arroyo congelado y contemplaba cómo el hielo se resquebrajaba lentamente. Comprendió entonces que cada evento —la nieve que protege, la lluvia que ablanda, el viento que limpia, el frío que profundiza— no era un obstáculo, sino un ritual. 

El invierno no era la ausencia de vida. Era la larga y paciente preparación para el renacer.

Una mañana, cuando ya casi había olvidado el color verde, sintió un cambio en el aire. El sol se demoró un poco más sobre su rostro. Una pequeña gota de agua cayó de un carámbano y se perdió en la tierra oscura. Luego otra. Y otra. El caminante se detuvo. Miró el suelo y vio, casi invisible, un pequeño brote empujando hacia la luz. No era grande ni hermoso todavía. Solo era valiente.Se arrodilló. Tocó la tierra húmeda con los dedos y sonrió por primera vez en mucho tiempo.Había atravesado la nieve, la lluvia, el viento y el frío. Había creído que el invierno era un castigo o un vacío.

 Ahora sabía la verdad: cada tempestad, cada silencio blanco, cada gota fría había sido una caricia preparatoria. El renacer no llega de golpe. Se gana paso a paso, bajo la nieve, dentro de la lluvia, en lo más profundo del frío.

El caminante se levantó. Delante de él, el camino se abría, todavía entre sombras, pero ya con destellos de luz dorada. 

No necesitaba llegar a un lugar llamado primavera. La llevaba dentro, germinando.

Y siguió caminando, más ligero, sabiendo que el invierno nunca había sido el final.

Había sido el más largo y generoso de los comienzos.

jueves, 23 de julio de 2026

Los Nudos del Sol

 Cuando el primer rayo del Inti bañó las terrazas de Qosqo, el joven Amaru recibió el llamado que cambiaría su destino. No era un guerrero ni un sacerdote. Su padre había servido toda la vida como quipucamayoc, guardián de los quipus, y ahora era tiempo de que el hijo aprendiera el arte más silencioso y poderoso del Tahuantinsuyo: gobernar mediante los nudos.

—Muchos creen que el Imperio se sostiene por las lanzas —le dijo su padre mientras desplegaba un grueso cordel de lana de alpaca—. Pero las lanzas solo defienden lo que los quipus hacen posible.
Amaru observó decenas de cuerdas de distintos colores. Unas eran amarillas, otras verdes, rojas, blancas y negras. De ellas colgaban pequeños nudos simples, largos y en forma de ocho.

—¿Qué cuentan? —preguntó.
—Todo.
Su padre sonrió.

—Los hombres olvidan; los nudos, jamás.
Durante meses recorrieron los depósitos estatales, los qullqas, donde se almacenaban maíz, papa deshidratada, charqui, textiles y herramientas. Cada ingreso y cada salida quedaban registrados en un quipu.

El amarillo representaba el oro.

El blanco, la plata.

El verde, las cosechas.

El rojo, los guerreros.

El marrón, las llamas.

No existían monedas en el Imperio, pero sí abundancia de cuentas. El valor no estaba en el dinero, sino en los recursos y en el trabajo de las personas.

—Aquí —dijo el anciano señalando un nudo doble— tenemos trescientas ochenta llamas entregadas a la provincia de Chinchaysuyo.

Más abajo, otro grupo de nudos.
—Y aquí aparecen las cuarenta y siete que murieron durante el invierno.
Amaru quedó maravillado.
No era solo un registro. Era la memoria viva del Imperio.

Un año después llegó una noticia inquietante.
Las lluvias habían sido escasas en el Collasuyo.

Los campos comenzaban a secarse y algunos gobernadores solicitaban ayuda al Sapa Inca.

El Consejo Imperial convocó a todos los quipucamayoc.
Uno tras otro fueron extendiendo sus quipus sobre enormes mantas.
Los administradores comparaban cifras.
¿Cuánto maíz existía en los depósitos?
¿Cuántas llamas podían transportar alimento?
¿Cuántos trabajadores estaban disponibles para reparar canales?
Los quipus respondían antes que cualquier hombre.

Amaru ayudó a revisar las cuentas.
Descubrió que una provincia cercana había tenido cosechas extraordinarias los últimos tres años y mantenía depósitos casi completos. Otra registraba abundantes tejidos para intercambiar.
Una tercera disponía de miles de trabajadores libres tras finalizar la construcción de un camino.
Entonces comprendió algo.

El Imperio no sobrevivía porque todas sus regiones fueran ricas.
Sobrevivía porque ninguna estaba sola.
El Inca ordenó movilizar recursos.
Miles de llamas partieron cargadas de alimentos.

Los chasquis corrían por los caminos llevando nuevos quipus con instrucciones para cada gobernador.

En ellos se indicaba cuántos sacos entregar, cuántos recibir y cuánto trabajo debía aportar cada comunidad.
No había improvisación.
Cada decisión descansaba sobre los nudos.

Semanas después, mientras supervisaban la distribución del maíz, Amaru notó una discrepancia.

Los depósitos de una provincia aparecían llenos según el informe del gobernador, pero el quipu registraba menos existencias.

Revisó nuevamente.
Los números eran claros.
Alguien había alterado las cuentas.
El joven pidió revisar los almacenes.
Tras varios días descubrieron que el curaca local escondía parte del grano para enriquecerse mediante intercambios secretos con comerciantes de las tierras bajas.

El fraude había permanecido oculto durante meses.
Pero no para los quipus.
El gobernador fue destituido.
Los alimentos regresaron a los depósitos estatales y el pueblo evitó una hambruna.
El Sapa Inca escuchó el informe.

—Los ojos pueden engañarse —dijo—. Las palabras también. Pero un quipu bien llevado habla con la verdad.

Pasaron los años.
Amaru se convirtió en el más respetado quipucamayoc del imperio.
Enseñaba a los jóvenes que cada nudo era una decisión, cada cuerda una provincia y cada color una responsabilidad.

Les repetía siempre la misma frase:
—Administrar no consiste en acumular riquezas. Consiste en conocer exactamente lo que un pueblo necesita para que nadie pase hambre y para que el trabajo de todos beneficie a todos.
Cuando llegaron los primeros hombres barbados desde el otro lado del mar, muchos observaron las fortalezas, los templos y los caminos de piedra.

Pocos comprendieron que el verdadero corazón del Tahuantinsuyo no estaba hecho de roca.

Estaba tejido con hilos de lana, colores y nudos.
Porque mientras los ejércitos defendían las fronteras, los quipus mantenían unido al Imperio, registrando cosechas, censos, tributos, almacenes, obras públicas y el trabajo colectivo de millones de personas.
Y aunque muchos de aquellos cordeles se perdieron con el paso del tiempo, aún queda en ellos una enseñanza que desafía a los siglos: toda gran civilización necesita memoria, organización y confianza. Los incas eligieron guardar esas tres cosas no en libros de papel, sino en el lenguaje silencioso de los nudos, donde cada hilo unía personas, territorios y destinos bajo la luz del Sol.

martes, 21 de julio de 2026

Un día de Lluvia

 Y me sumergí en sueños

Algo que hasta ahora,  no había sido posible

Entonces pude rehacer mi cuerpo 

Pues el descanso después del trabajo arduo está bien.

Mis recuerdos eran diversos 

Tan variados como mi edad

Es que sin saberlo

Caminaba hace rato esta ruta

Aunque mi cuerpo era resistente 

Mi mente lúcida

No faltaban días oscuros 

Donde las Maras rondaban y mi cuerpo se agotaba en ciclos de intensos devaneos.

Cayendo desfallecido y sin fuerzas 

Por eso, agradecí estar en ese sueño 

Donde unía el lejano principio, con el presente 

Me alegraba de recordar

Me alegraba de vivir

Y sobretodo, me alegraba que eso fuera parte de mi experiencia.

Pues, en definitiva esa era la huella que la vida quiso para mí.

Respecto al tiempo, no me importaba en el sentido de la fobia que algunos sienten por los años.

Más bien, me animaba a estar ahí, presente y saber responder.

Pues alguna vez se acercó un niño ante un caminante y le preguntó cuántos años tenía, y este le respondió: Soy tan viejo como me ves, y  tan joven como para seguir adelante una eternidad.

Así me siento, y así vivía en ese sueño.

Mientras el susurro de la lluvia se descolgada del cielo.


miércoles, 15 de julio de 2026

Santiago se prepara para el fin del mundo (otra vez): Una lluvia de antes versus el pánico de ahora

 El meteorólogo de la televisión ha puesto su peor cara de drama, el mapa de Chile está pintado de un rojo apocalíptico y los titulares advierten sobre un "frente frontal de proporciones bíblicas" que amenaza con borrar del mapa a la zona central. Si uno se deja llevar por las noticias de hoy, la llegada de un par de días de lluvia ya no es un fenómeno climático: es el inicio del fin de los tiempos.

 Se activan alarmas presidenciales, los matinales transmiten en vivo desde un paso nivel inundado como si fuera el Titanic, y la gente corre al supermercado a stockearse de papel higiénico y fideos como si el agua potable fuera a desaparecer para siempre.

Qué rápido olvidamos.

Si viajamos un par de décadas hacia atrás, a la época de nuestros padres o abuelos, una tormenta no era una catástrofe nacional; era, extrañamente, un panorama. En esos años, cuando el cielo se caía a pedazos, la infraestructura del país aguantaba con lo que tenía y la actitud ciudadana era completamente distinta. 

¿Alguien recuerda haber entrado en pánico colectivo por tres gotitas? Al contrario. La lluvia era la excusa perfecta para activar el protocolo más feliz de la infancia chilena: el nacimiento masivo de las sopaipillas pasadas. El corte de luz no se sufría con crisis de ansiedad por la falta de Wi-Fi; se celebraba sacando los naipes, encendiendo velas y contando historias de terror al lado de la estufa a parafina.

Los niños de antes no veían las inundaciones de la calle como un peligro de salud pública, sino como una extensión del parque de diversiones. Salir con botas de goma amarillas a reventar el charco más profundo de la cuadra era el verdadero deporte extremo de la época. Si el agua se metía un poco al patio, se armaban diques con sacos de arena en una gesta comunitaria que unía a los vecinos, en lugar de generar hilos de quejas enfurecidas en redes sociales.

 Había una resistencia de concreto, un sentido del humor a prueba de goteras y una capacidad de asimilar el invierno con una sonrisa (y los pies metidos en bolsas de plástico dentro de los zapatos si era necesario).

Hoy, nos hemos vuelto de cristal ante el agua. Un pronóstico de 20 milímetros basta para que la ciudad colapse, el teletrabajo se vuelva obligatorio y miremos al cielo con el terror de quien espera la caída de un meteorito. Quizás sea hora de apagar un rato la televisión texturada de alarmismo, mirar por la ventana sin miedo y recordar que, después de todo, solo es agua cayendo del cielo. 

Desempolvemos las cartas, busquemos la receta de la masa y esperemos el temporal como lo hacían los viejos: con el estómago listo para las sopaipillas y el ánimo dispuesto a capear la tormenta.

sábado, 11 de julio de 2026

El laberinto del dogmatismo: Oposicionismo, fractura y el costo del diálogo en la Megarreforma

 El escenario político chileno actual enfrenta una de sus pruebas más ácidas con la tramitación de la llamada Megarreforma del Gobierno. 

Lo que debió ser un espacio de deliberación democrática y técnica de cara a las urgencias de Reconstrucción Nacional ha terminado por desnudarse como un tablero de intransigencia extrema. En este ecosistema, sectores de la oposición legislativa parecen haber adoptado un antagonismo declarado y un "oposicionismo" ciego como única línea de identidad programática, cerrando de portazo las vías a un entendimiento sostenible en el tiempo.

Este atrincheramiento quedó expuesto con dramatismo durante las recientes negociaciones en la Comisión de Hacienda del Senado. Cuando la bancada de senadores del Partido por la Democracia (PPD) intentó tender puentes y forjar un acuerdo en materia de invariabilidad tributaria —buscando equilibrar la atracción de inversiones con la recaudación fiscal— la respuesta del resto del bloque opositor no fue el debate de ideas, sino la represalia corporativa.

La política del "Bullying" y la coacción interna

El intento de acuerdo de los parlamentarios del PPD gatilló una inmediata y virulenta ola de presiones y coacción política interna. Catalogados velozmente desde sectores del Frente Amplio, el Partido Comunista y la Democracia Cristiana como impulsores de un "pésimo acuerdo", los legisladores fueron blanco de lo que el propio Ejecutivo tildó abiertamente como un "bullying" coordinado para forzarlos a alinearse.

Esta asfixia estratégica operó en dos niveles:

• Aislamiento en el bloque: Se amenazó activamente con quebrar la unidad de la izquierda y centroizquierda, desautorizando su autonomía política mediante un desmarque masivo hacia el Tribunal Constitucional (TC).

• Presión orgánica y bases: Estructuras del propio partido —como la Mesa Regional Metropolitana y facciones de concejales— salieron a censurar públicamente a sus senadores, acusándolos de "debilitar la confianza interna" y actuar al margen de las directrices partidarias.

El desenlace de esta dinámica es sintomático: acorralados por la hostilidad de su sector y ante controvertidos ajustes de última hora en el impuesto corporativo por parte del Ministerio de Hacienda, los senadores del PPD optaron finalmente por retractarse y desahuciar el pacto. El oficialismo partidario, liderado por Raúl Soto, celebró este repliegue y reafirmó la postura de sumarse en bloque a impugnar el proyecto ante el TC.

El peligro de la trinchera

El fracaso de este acercamiento político deja una lección preocupante sobre la salud democrática del Congreso chileno. Cuando el disentimiento legítimo es castigado con la hoguera pública y la coacción interna, el incentivo para construir mayorías transversales desaparece.

La negación sistemática al diálogo no debilita al adversario en el poder; debilita directamente las soluciones que la ciudadanía demanda con urgencia.

 Mientras el antagonismo declarado siga primando sobre la vocación de acuerdos, Chile arriesga quedar atrapado en una parálisis legislativa crónica donde las reformas estructurales se defienden o rechazan desde el dogma, y nunca desde el bien común.

jueves, 2 de julio de 2026

Un viaje en metro

 Voy en el metro.

Como tantas otras veces, me dedico a observar. La mayoría cavila en silencio; otros se refugian en la pantalla de sus celulares. Cada pasajero parece habitar un mundo propio.

De pronto me detengo. Algo llama mi atención.
Veo a dos personas completamente absortas en la lectura. Una está muy lejos. La otra es una muchacha que sostiene un libro cuya portada me resulta imposible ignorar: un astronauta suspendido en el espacio, unido por un cordón a algo que no alcanzo a distinguir. Hay algo en esa imagen que despierta mi curiosidad.
Intento leer el título. Solo alcanzo a distinguir unas palabras: Proyecto Mary...
El libro queda rondando en mi cabeza.

Al llegar a casa, recurro a Google. Escribo lo poco que recuerdo y aparece el resultado: Proyecto Hail Mary.
Leo sobre su autor, la historia y las críticas. Todo parece confirmar la intuición que tuve en aquel vagón. El interés se transforma en decisión. Salgo a buscarlo, junto con otro libro que también había resuelto comprar.

Hoy he terminado de leerlo.

El final me deja pensando. Comienza envuelto en incertidumbre y concluye dejando abiertas más preguntas que respuestas. Es un relato de una misión épica, de un encuentro interestelar improbable y, sobre todo, de la capacidad de un ser humano para encontrar sentido incluso en los lugares más remotos del universo.

Parece increíble que todo haya comenzado hace apenas unos días, por un instante de curiosidad en un viaje cualquiera. Bastó con ver a una desconocida leyendo un libro de portada llamativa para poner en marcha una cadena de acontecimientos: la búsqueda, el descubrimiento y, finalmente, la lectura.

Qué buena fórmula.

Solo hizo falta un poco de curiosidad, el deseo de encontrar nuevas lecturas y la costumbre de permanecer atento mientras el metro avanza.

Aquel trayecto dejó de ser un viaje pasivo. Se convirtió en el inicio de una aventura.
En el camino conocí a un protagonista que jamás quiso ser héroe y descubrí que el autor era el mismo de El Marciano. Como si fuera poco, supe que esta novela inspiró una película estrenada en marzo de este año.

Ahora cierro el libro y la historia sigue dando vueltas en mi cabeza. Pienso en Rocky, en Erid, en los astrófagos, en el Sol y en la Tierra.

El día ha sido largo. El sueño comienza, por fin, a hacerse presente.
Y, sin embargo, ese otro libro, el que espera pacientemente sobre la mesa, parece estar llamándome.

martes, 30 de junio de 2026

lunes, 29 de junio de 2026

El Loco: Canto V

Y entonces, pude ver un extenso camino

Era una ruta que me alejaba de lo conocido.
El cielo destellaba, mis recuerdos eran apenas un instante y más bien parecía todo converger.
Un momento de integración
Donde el ayer, el hoy y mañana se unían
Esa sensación me inundaba por completo
Lo ajeno era conocido
Lo olvidado brotaba nuevamente
Mis pasos en la arena, se dibujaban en una estela
Mientras el pasto se mecía
No me extrañó entonces, quedarme absorto y contemplativo
Pues esa huella marcaba un antes y después
Un quiebre entre lo vista hasta ahora
Que me llevaba a reflexionar sobre cada creencia que había conocido
No hubo prisa entonces
Pues mi viaje no era de urgencia
Sino de aprendizaje
Y para aprender, la celeridad no es siempre buena consejera
Así lo había pensado en mi infancia
Pues cavilaba profundamente  cada etapa
Aún a riesgo de quedarme sólo, o parecer más lento que los demás
Mi tiempo era simplemente mío
Y mi viaje interior así lo demandaba
Mi capacidad de observación e introspección, crecieron
El tiempo entonces fue relativo
Y aquellos que me aventajaron, fueron siendo alcanzados.
Mi curso siguió siempre su viaje
Pues mi camino resonaba como el eco
En una invitación para la travesía
De tal forma, que mi presencia en aquél lugar, era parte de ese propósito
Me quedé observando,nuevamente
Sin saber a ciencia cierta, cuanto más estaría allí.