martes, 15 de junio de 2010

El Secreto de Francisca


Su rostro evidenciaba las huellas delineadas de las quemaduras dejadas por el incendio que la había sorprendido de madrugada en aquella vivienda en que dormía junto a su madre y hermanos. Habían transcurrido cerca de nueve años y hoy era una adolescente no muy distinta a las demás.

Dentro de su faz marcada rudamente por el fuego abrasador, emergía sin embargo una sonrisa sincera y esperanzadora, que traspasaba cualquier duda o resquemor de quienes le observaban furtivamente. Así podríamos señalar que de cierta forma su rostro actual no era sino una suerte de velo que la vida le había impuesto al estilo de esas Burkas que observamos en las mujeres del oriente. De tal forma, aquello no era impedimento para su desarrollo, Francisca estaba seguro de eso.

Su inquietud era normal así como las inquietudes propias de las jóvenes; canciones, amores, secretos y ciertas artimañas ella sentía que su vida no se detendría y tampoco estaba dispuesta a verla pasar, se había esforzado en retomar los estudios y ahora comenzaba su preocupación por el mundo que la rodeaba.

Al mirarla detenidamente y oírla no pude sino sorprenderme, sus ojos asomaban con una viveza especial y junto a su sonrisa entregaban un signo de optimismo aunque no exento de dolor; ¿Cómo olvidar la vergüenza traspasada desde su madre por su apariencia o la indiferencia del padre?, más tarde las burlas, agresiones o mofas en el colegio hasta llegar a hacerla sentirse culpable de algo que no podía controlar a sus seis años y que nadie pudo anticipar en esa noche de invierno.

Pensé en cuantas ocasiones pequeños detalles nos obstaculizan impidiéndonos avanzar en la vida, temores arraigados que simplemente terminan por consumir nuestra energía sin lograr potenciar nuestros objetivos arrojándonos a un destino de sinsentido o simple abandono, incapaces de resolver el enigma al que hemos sido desafiados por nuestro devenir.

-Entonces-, No pude evitar pensar en su valentía, en esa indispensable capacidad de resiliencia y en la formidable esperanza en un futuro distinto y mejor que la sensación del presente por más oscuro que este se nos presente.

Por ello, ante su sonrisa de despedida no pude sino responder con otra sonrisa y una manifestación de alegría por esta oportunidad y sentirme enormemente recompensado con el secreto tesoro de Francisca; su alegre Sonrisa y el reflejo de sus ojos.

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