miércoles, 15 de diciembre de 2010

Desfile Tragicómico



Domingo 12 de diciembre, llego a santiago por vía terrestre, específicamente en bus al Terminal los Héroes, mi intención es abordar el metro y de allí llegar a casa, hogar, dulce hogar.

-¡Sorpresa!-, me encuentro en plena alameda frente a una verdadera marea humana, es una oleada que evoca a los pueblos trashumantes que viajaban en busca de nuevas localidades para el sustento y supervivencia.

Su avance es sostenido y decidido, mujeres arrastrando niños, coches con bebes, parejas, ancianos y adultos se desplazan por igual en esa suerte de travesía caótica, generando una procesión cuasi religiosa, los peregrinos desbordan, pisan, aplastan y siembran un ambiente extraño, una suerte de lemings rumbo al mar en los fiordos noruegos.

En esta ocasión no es la muñeca Gigante que dejó sobre 300 niños extraviados, toneladas de basura y destrozos, tampoco es el festejo del triunfo de algún equipo de fútbol que ha convocado a las tribus urbanas a exaltar e invocar a los espíritus del desorden, -no- en esta oportunidad el evento es otro aunque emparentado con los anteriores, se trata del “Paris Parade” un desfile de personajes ilustres del mundo infantil tales como: Popeye, Hello Kitty, Bob Esponja y tantos íconos de referencia para este público,con motivo de la navidad organizado por una tienda comercial.

Algunos forcejean por obtener una mejor vista e incluso traspasan la barreras dispuestas para la seguridad otros optan por trepar sobre los paraderos y se instalan en los techos para atisbar, es un real espectáculo de adultos desbordados, infantilizados, pues no son los infantes precisamente quienes evidencian estas conductas sino adultos y jóvenes que no logran un mínimo de autocontrol ante la sensación de “perderse” el desfile.

Los observo, sus rostros muestran sonrisas, destellan carcajadas e incluso cierto desenfado, la mayoría se alimenta de diversos productos ofrecidos por vendedores ambulantes, dejando una estela visible tras su paso; Basura.
Basura que se acumula ostensiblemente y se apiña en las esquinas, calles y prados, nada escapa a la maldición de estos personajes.

Mi caminar se torna dificultoso pues el avanzar implica una constante fricción con los caminantes que deambulan a destajo por la alameda, me pregunto; ¿Cuántos serán?, a lo menos unos quinientas mil almas que se desplazan sin más destino que rodear y seguir a figuras inflables, cual niño tras un volantín. Lo relevante es que los niños resultan ser los menos favorecidos, pues los adultos y jóvenes impiden una visión adecuada, tampoco son los niños los que gritan, saltan o trepan al contrario son sus padres quienes hacen alarde de un comportamiento que entra en abierta disputa con su prole.

Es la evidencia patente del momento que vive nuestro país, la vivencia infantil en extremo arraigada en supuestos “mayores de edad” quienes no trepidan en romper los esquemas predispuestos de seguridad, anular cualquier límite que impida alcanzar sus objetivos aún a costa de afectar a los demás y de paso demostrarles a sus hijos la ausencia de autoridad. Adultos egoístas, oposicionistas incapaces de asumir responsabilidades para si mismos (dudo que asuman tal tarea con sus hijos) y que rompen las normas a su entero amaño sin mediar lógica ni racionalidad.

En este contexto vale bien preguntarse; ¿Qué podemos esperar de los niños con semejantes padres?, realmente las dudas se acrecientan, en cada paso que doy por llegar a mi destino en medio del desfile.

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