miércoles, 8 de abril de 2009

Pisadas





Nada extraño encontró el joven Arturo Asturias esa mañana, solo que se había terminado ese resfrío molesto que había contraído días atrás.

De verdad que este lejano pueblo estadounidense no le gustaba para nada. En verano era genial, pero en invierno hacia frío: La nieve lo cubría todo y Arturo no estaba acostumbrado a este clima.

Arturo tenía 10 años de edad, era flacucho y de tez pálida. Su padre era empresario, por lo que a sus cortos años había recorrido: Argentina, España, Inglaterra y EEUU.

Lo primero que noto al despertar fue que su resfrío había pasado,
Pero luego se dio cuenta del silencio que había en la casa. Se pregunto que estarían haciendo su madre y su padre. Se pregunto también que estaría haciendo Jimena, su niñera.

Se calzo las pantuflas y bajo al comedor. Vacío. Cocina. Vacía. Recorrió toda la casa hasta darse cuenta de que estaba solo…

Aterrado, pensó que sus padres lo habían abandonado y comenzó a llorar. Lloró por su padre, al que él admiraba. Lloró por su madre, a quién él adoraba. Lloró por Jimena, que siempre estuvo a su lado. Lloró por Rex, su perro, que….

Momento…. ¿por que se habrían llevado al perro? Además todos los muebles estaban ahí. Luego de pensarlo, Arturo decidió que era alguna sorpresa para él y salió al jardín cubierto de nieve.

No le gustaba ese jardín. Con una higuera al fondo y el cementerio local a un costado, era bastante tenebroso de noche, pero, cubierto por la nieve, no le pareció tan aterrador. Fue entonces a su columpio y desde ahí espero…Entonces…

Pisadas. Terminó de columpiarse y se acercó a verlas. Ahí estaban, aún frescas por la nieve en que se moldeo la suela de un mocasín. Arturo las miro un rato hasta que vio horrorizado como se formaban mas, cual pasos de una criatura invisible, se dirigían hacia el jardín delantero. Las siguió.

Se aterró aún más en cuanto se comenzaron a multiplicar, se dirigían al cementerio. Las siguió… No le importo el frío en sus pies, que solo eran cubiertos por pantuflas. Entonces, lo vio.

Donde se juntaban tantas huellas, había una gran caja. Todas las huellas se hallaban en torno a ella. De pronto, las invisibles criaturas se hicieron visibles y lo miraron con horror. Ahí estaban su madre, padre, Jimena y Rex. También sus tíos y abuelos. Arturo no entendía el porque de sus aterradas caras, así que comenzó a acercarse. Todos de separaron para que se abriera paso hasta la caja. Al mirar dentro vio, cual reflejo, a Arturo Asturias dormido, disfrutando la paz que nos aguarda luego de la muerte.

Autor: Joaquín I. Romero González.

1 comentario:

isi dijo...

Considerando que el autor es un incipiente escritor, que había dejado "la pluma" y que sus 15 años están llenos de adolescencia... lo encuentro muy bueno...requete bueno, FELICIDADES JOAQUIN!!