martes, 7 de abril de 2009

Constatando la insoportable levedad de nuestro Ser




La feble certidumbre por donde transitamos no impide que aflore en nosotros una suerte de mirada cotidiana que termina por hacer caso omiso de aquello que se encuentra encriptado en nuestro ser y existencia: El Fin.

Caminamos confiados, como si nada pudiese dañarnos, realizando diversas demostraciones que nos exponen al límite de nuestra vida o simplemente en una marcha pretendiendo ser dueños del tiempo así como de su contenido, una suerte de Dioses entronizados gobernando el mundo, amos y señores.

Desde una perspectiva de la negación estéril del dolor y la búsqueda obsesiva del placer, la existencia se pretende presentar como una realidad parcial, mutilada desfigurada en donde no existe lugar para el rostro de la muerte, la vejez o el natural deterioro de nuestra corporalidad.

Más, que común es el golpe recibido, que cual dardo certero logra alcanzar el objetivo extinguiendo aquello que hace un rato apenas aleteaba lleno de vital energía. Es entonces cuando emerge desde nuestra conciencia, tal cual lo hizo el humano primigenio que saliendo de su sueño de inocencia debió asumir su verdad de finitud y posterior destierro del paraíso. Es en dichos momentos, cuando constatamos la fatal levedad de nuestra existencia, que nuestra frágil capacidad de vida no depende tanto de nosotros como hasta ayer lo pensábamos sino de un devenir al que no podemos comprar, canjear ni mucho controlar mañosamente a nuestro antojo.

Esa negación de todo aquello que no sea sinónimo de placer, disfrute o éxito nos transforma en seres doblemente vulnerables pues por un lado somos incapaces de entender nuestro propio sentido y asimismo pretendemos establecer un orden que margine aquello que avanza con nosotros hacia una nueva instancia. Por ello, mutilamos nuestra existencia de cualquier trascendencia transformando el presente en un verdadero parámetro del ser, evitando encontrarnos con aquello que represente la desolación o la explícita constatación de nuestra miseria humana.

De enfrentarnos ante la más mínima muestra de decadencia, se apela entonces a la técnica, la ciencia, como nuevos ídolos a los que ofrendamos nuestros sacrificios con afanes que son ilusorios y que más que cooperar y edificar, intentan recrear algo que fue y que ineludiblemente no podrá retornar (ejemplo de esto es la búsqueda desesperada de la juventud hasta llegar a una deformación malsana y perversa)……

Asimismo es interesante retomar nuevamente esa idea de dominio y posesión de imperio eterno que para algunos pareciese cubrir el sentido de su vida, alejándose de la capacidad de vivenciar la otra vereda esa de la propia vida, la potencial, la posible, la supeditada y en definitiva la que se edifica día a día a través del esfuerzo, el asumir valientemente el riesgo y por sobre todas las cosas aquella que reconoce y acepta la capacidad y límites de la propia humanidad, sin pretender edificar el imperio de la egolatría o del orgullo que niega el elemento básico de finitud de nuestra existencia.

¿Cuántos llantos encubren más allá del legítimo dolor, la dura tarea de constatar nuestra levedad?. El confirmar el hecho de que la vulnerable "caña pensante" que oscila y vive en este mundo, un buen día debe asumir una etapa más de su propia vida: La Muerte, y alzar el vuelo hacia aquella zona desconocida e intrínseca de nuestra propia existencia.

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