miércoles, 11 de agosto de 2010

El Observador



El malestar esa sensación de desagrado que se expresa inicialmente con un detalle o área determinada y que termina por extenderse de manera generalizada fue algo manifiesto en su percepción al visitar su futuro lugar de empleo. No desestimaba los hechos, sino que evaluaba que estos habían sido levemente interpretados, es decir con ausencia de rigor, que permitiese situarse con una evaluación de mayor exigencia y no esa actitud de complacencia que observaba entre el grupo de trabajo que le tocaba acompañar.

Ante sus ojos la conducta de mansedumbre entremezclada con autocomplacencia era sinónimo de una conducta débil y entregada vilmente a los dictámenes de quienes terminaban decidiendo sin consultar o entender su postura al respecto.

La ausencia de proactividad exterminada en buena medida por una burocracia asfixiante y uniformadora no le lograba convencer, pues estimaba que era posible avanzar más. No obstante, a ello se sumaba la ausencia de una política de apoyo en el sentido del reconocimiento del trabajo que allí se hacía. Conocía en parte el pensamiento de los burócratas políticos que tienden sólo a buscar respuestas superficiales, efectivistas y de corto plazo para alimentar la euforia de la masa sin considerar apuestas desafiantes hacia el mediano y largo plazo.

Pensaba en un equilibrio justo entre el trabajo técnicamente correcto, en la pertinencia política y asimismo en la trascendencia del quehacer con un sentido de país y sociedad más allá de la mera ejecución de acciones descoordinados que observaba a ratos.

Era realmente crítico y poco idealista pues consideraba a la masa en gran parte como un cuerpo fofo, flácido, sin consistencia corpórea y altamente voluble ante los vaivenes del contexto, asimismo eternamente hedonista toda vez que se guiaba por los meros estímulos de placer que significaban los lineamientos a seguir. Desde ese punto de vista no estaban preparados para deliberar ni dirigir nada más allá que sus erráticas vidas, seres infantilizados y atados a supersticiones, rituales de jolgorio y olvido de un deber más allá de lo meramente instantáneo. Carecían simplemente de aquella entereza de los verdaderos líderes, contaban sólo en número, eso lo sabían quienes deliberaban y manipulaban, pues intentaban permanentemente solazarlos y atraerlos hacia sí para ganar su voluntad como señalé previamente mutable desde el simple devenir que habitualmente desarrollaban sin mayor precisión en sus decisiones…

Eran personas de alguna forma incompletas, a medio camino y que resultaban presa fácil para embaucadores. Aunque si bien eran desconfiados carecían de la autoestima suficiente como para negarse, contradecir o argumentar desde la razón o la experiencia, por ello siempre terminaban apelando a la manifestación de angustia, llanto o violencia, observarlos era contemplar a un niño abandonado y alejado de sus padres que vaga en la inmensidad sin saber como lidiar con ese abismo que se precipita sobre su pecho.

Había llevado poco tiempo en dicho mundo y prontamente aprendió a leer sus códigos, ligados al engaño, la tima, la ambigüedad verbal y sobretodo la práctica permanente de el autodesprecio como principal arma para capturar a los neofitos con la solicitud de variados favores. Sabían perfectamente con quién desplegar tal o cual procedimiento y eran expertos en obtener con relatos artificiosos el signo de aprobación de quienes caían ante sus historias. Lo cierto es que la parte oculta de dichos relatos hablaba de ausencia de responsabilidad, carencia de proyectos hacia el futuro y un rechazo hacia la disciplina como eje de la organización personal.

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