viernes, 2 de enero de 2026

El niño y el Apu

 Hace más de quinientos años, en el corazón del Tahuantinsuyo, un niño de ocho años fue elegido para la misión más sagrada del Imperio Inca: la Capacocha.


La travesía comenzó en las místicas alturas de Machu Picchu. Entre muros de piedra perfecta y nubes que acariciaban los templos, el niño fue preparado con finas túnicas de lana de alpaca y adornos de plata. No había miedo en sus ojos, sino la serenidad de quien sabe que se convertirá en un puente entre los hombres y los dioses.
La caravana, compuesta por sacerdotes y nobles, inició su marcha hacia el sur, siguiendo el Qhapaq Ñan (Camino del Inca).

Durante semanas, cruzaron desiertos y valles profundos, siempre con la imponente Cordillera de los Andes a su izquierda. A medida que avanzaban hacia el actual Chile, el aire se volvía más delgado y el frío más intenso. El niño caminaba con sandalias de cuero, escoltado por el sonido rítmico de las flautas y los cánticos sagrados. Al llegar al valle del Mapocho, la silueta del Cerro El Plomo se alzó ante ellos como un guardián de hielo.

El Ascenso al Apu
El ascenso final fue una lucha contra la fatiga y la nieve. A más de 5.400 metros de altura, el grupo desafió la falta de oxígeno. El niño, debilitado por el cansancio y el frío extremo, fue alimentado con hojas de coca para soportar el trayecto. Cada paso lo alejaba de la tierra de los vivos y lo acercaba al dominio de los Apus, los espíritus de las montañas.

En la cumbre, bajo un cielo de un azul profundo, se preparó la ceremonia. Los sacerdotes excavaron una cámara en el suelo congelado. El niño, adormecido por una bebida sagrada de chicha, fue vestido con su ajuar final: una túnica roja, brazaletes de plata y un tocado de plumas de cóndor. Se le entregaron estatuillas de oro y bolsas con ofrendas para asegurar el bienestar de su pueblo y la abundancia de agua en los valles.

El Final: La Eternidad en el Hielo
Con una paz sobrenatural, el niño se acurrucó en su tumba de piedra, abrazando sus rodillas. El frío de los Andes lo envolvió en un sueño eterno. El tiempo se detuvo para él mientras el Imperio Inca se desvanecía en la historia. Quinientos años después, en 1954, su cuerpo fue hallado intacto, preservado por el hielo, convirtiéndose en el Niño del Cerro El Plomo, un eterno embajador de su cultura que hoy reposa en el Museo Nacional de Historia Natural de Chile.

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