Gigi no era una niña común; mientras otros niños coleccionaban canicas, ella coleccionaba "posibilidades". En su habitación, rodeada de planos de física y dibujos de estrellas, Gigi buscaba el salto cuántico: ese momento donde una partícula deja de estar en un lugar para aparecer, instantáneamente, en otro.
Una tarde de 2026, frente a su computadora de grafeno, Gigi cerró los ojos. No quería viajar por el espacio, sino por el ser. "¿Qué pasaría si hoy no fuera la Gigi que teme hablar en público?", se preguntó. En el mundo de lo muy pequeño, todo es una onda hasta que alguien la observa.De pronto, la realidad vibró. No hubo ruidos, solo una sensación de ligereza. Al abrir los ojos, Gigi ya no estaba en su escritorio. Estaba en un escenario iluminado, frente a cientos de personas. Su corazón, que antes latía con miedo, ahora vibraba con una confianza eléctrica.
Había dado el salto. No se movió a través del pasillo, sino que "tunelizó" a través de sus propios miedos. En ese nuevo estado cuántico, las palabras fluían como fotones. Gigi comprendió que la vida no es una línea recta, sino un mapa de infinitos puntos; para llegar a la mejor versión de sí misma, solo necesitaba dejar de observarse como siempre lo hacía y saltar hacia lo que podía llegar a ser.
Cuando el aplauso final estalló, Gigi parpadeó y regresó a su silla. Pero ya no era la misma. Había aprendido que, en el universo y en el corazón, un pequeño salto de fe es, en realidad, la magia más pura de la ciencia.
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