Elara descendió de la montaña del curandero justo cuando el sol se ocultaba, tiñendo el cielo de un rojo herrumbre. Al llegar a los límites de la ciudad, se topó con la imagen misma de los extraviados y perdidos.
En una plaza gris, un grupo de hombres discutía con furia, movidos por el azufre del rencor, destrozando aquello que otros habían construido con esfuerzo. Eran los que buscaban apagar el mundo con sus actos de mortales.
Por un momento, el pesimismo intentó anclarse en su pecho. El abismo se abría a sus pies, tentándola a retroceder hacia la sinrazón del miedo. Sin embargo, el trino de un ave nocturna rompió el silencio de su duda. Recordó la voz del curandero: "La miel no existe sin la conciencia del veneno".En lugar de huir, Elara decidió quedarse de frente. No usó la violencia, sino la presencia. Se sentó en un banco cercano, su mirada serena y cargada de una sabiduría antigua que incomodaba a los violentos.
Uno de los hombres, con los ojos nublados por la ira, se detuvo al verla. En la quietud de Elara, él vislumbró por un segundo la cordura que había olvidado.
Ella entendió que su misión en la vía no era derrotar al mal con más fuego, sino mantener encendida la luz de la razón cuando la oscuridad se presentara más perversa.
Entre la sensualidad y la piel de su propia humanidad, aceptó que la vida era ese eterno debate y que ella, con sus pasos firmes, elegiría siempre el camino de la miel y la sanación, entregándolo todo por dar la vida hasta el último aliento.
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