En la quietud del anochecer, Elara meditaba sobre el texto que acababa de leer, sintiendo que resonaba profundamente con su propia vida.
El abismo entre la razón y la sinrazón crecía fuerte en su mente. Días de cordura se alternaban con el pesimismo más abrumador, especialmente cuando pensaba en cómo, mientras un ave cantaba feliz, otros mortales extraviados y perdidos apagaban la luz del mundo con sus actos.
Buscando respuestas, Elara acudió a un viejo curandero que vivía a las afueras del pueblo. En su cabaña, rodeada del aroma a hierbas secas, el anciano impartía lecciones para sanar, hablando del eterno debate entre el bien y el mal: los del azufre y los de la miel. No se trataba de elegir un bando, sino de navegar la complejidad de la existencia, abrazando la sensualidad y piel de estar vivos, incluso entre ritos de agonía.
"Todo por dar la vida, todo por seguir en la vía", murmuró Elara, asimilando la enseñanza. La clave residía en enfrentar lo adverso y perverso sin temor. Decidió que, a partir de ese momento, estaría de frente a la vida, permitiendo que sus ojos la guiaran con sabiduría hasta el final, sin importar los vaivenes del camino. La historia de Elara se convirtió en un testimonio vivo del texto, una narrativa de aceptación y coraje ante la dualidad de la existencia humana.
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