La escalada de Alex Honnold en Taipei no puede comprenderse únicamente como una proeza atlética ni como un gesto espectacular.
En ella se pone en juego algo más radical: una Voluntad de Ser que se afirma en el límite, allí donde la existencia deja de ser abstracta y se vuelve completamente concreta. Frente a la superficie pulida de la ciudad y sus promesas de seguridad, el cuerpo humano aparece expuesto, lúcido y absolutamente presente.
En el imaginario contemporáneo, la ciudad representa el dominio del control: planificación, cálculo, reducción del riesgo. Taipei, con su arquitectura vertical y su orden tecnológico, encarna esa voluntad de previsión que busca neutralizar la incertidumbre. En ese contexto, la figura de Honnold ascendiendo sin cuerda introduce una fisura. No es una negación de la técnica —su preparación es meticulosa—, sino una negación del exceso de mediación que separa al individuo de su experiencia directa del mundo.La Voluntad de Ser no equivale aquí a una pulsión temeraria ni a un deseo de muerte, como a veces se sugiere al hablar del free solo. Al contrario, se trata de una afirmación extrema de la vida entendida no como mera continuidad biológica, sino como presencia consciente. En la pared, cada gesto es definitivo; cada decisión carece de margen simbólico. No hay ensayo ni representación: solo acto. En ese sentido, escalar es una forma de pensamiento corporal, una filosofía ejecutada con músculos, equilibrio y atención.
A diferencia de la “voluntad de poder” nietzscheana, orientada a la expansión y la dominación, la Voluntad de Ser que se manifiesta en Honnold es silenciosa, casi ascética. No busca imponerse sobre el entorno, sino habitarlo plenamente, aceptando sus condiciones sin atenuantes. La pared no es un enemigo, ni un obstáculo a conquistar; es una realidad a la que el escalador se ajusta con precisión absoluta. Ser, aquí, significa estar a la altura de lo real.
El riesgo, en este marco, no es un accesorio dramático, sino la consecuencia inevitable de eliminar capas de protección simbólica. Vivimos rodeados de amortiguadores: seguros, protocolos, narrativas que nos permiten fallar sin que nada esencial esté en juego.
La escalada urbana de Honnold suspende momentáneamente ese régimen. El error deja de ser una posibilidad abstracta y se convierte en una verdad inmediata.
Precisamente por eso, la conciencia se afila. La Voluntad de Ser emerge cuando no hay lugar para la dispersión.
Hay también un contraste profundamente político en esta escena: un solo cuerpo humano moviéndose lentamente sobre una estructura pensada para multitudes anónimas. Frente a la ciudad que absorbe identidades, la escalada devuelve singularidad. No hay reemplazo posible, no hay delegación. Ese cuerpo es insustituible, y su presencia irrefutable.
En un mundo que tiende a la despersonalización, el acto de Honnold es una afirmación radical del individuo no como ego, sino como existencia encarnada.
Así, la Voluntad de Ser no se expresa en palabras ni en consignas, sino en la coherencia absoluta entre decisión y acción. Ser es comprometerse sin reservas con el instante presente. Ser es aceptar que la libertad no consiste en la ausencia de límites, sino en la elección consciente de enfrentarlos. En la altura, suspendido entre el vidrio y el vacío, Honnold no representa una hazaña: encarna una pregunta antigua y siempre incómoda—qué significa, realmente, estar vivo.
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