El diálogo comienza cuando Sócrates relata su encuentro con Protágoras , uno de los sofistas más célebres de Grecia, y se plantea la cuestión central: si la virtud (areté) puede enseñarse .
Protágoras defiende que la virtud sí es enseñable , ya que todos los ciudadanos participan de ella para que la polis pueda existir. Para explicarlo, recurre al mito de Prometeo , donde se narra que Zeus otorgó a los seres humanos el sentido moral necesario para la vida en común:
“A todos dio Zeus justicia y respeto, pues si solo unos pocos participaran de ellos, no habría ciudades.”
Con esta afirmación, Protágoras sostiene que la virtud no es exclusiva de unos pocos sabios, sino una capacidad compartida que se educa mediante la ley, la costumbre y la enseñanza .
Sócrates, sin embargo, se muestra escéptico y señala que los grandes políticos atenienses no han conseguido transmitir la virtud a sus hijos, lo cual pone en duda que sea realmente enseñable. Más adelante, interroga a Protágoras sobre la naturaleza de la virtud , preguntándose si es una sola o un conjunto de cualidades distintas (justicia, prudencia, templanza, valentía y piedad).
A lo largo del diálogo, Sócrates conduce la discusión hacia la idea de que las virtudes están profundamente relacionadas entre sí y que, en el fondo, depende del conocimiento. En este contexto aparece una de las tesis más famosas del diálogo:
“Nadie obra mal voluntariamente”.
Según Sócrates, cuando una persona actúa mal, lo hace por ignorancia del bien , no por una elección consciente del mal. Esto refuerza la idea de que la virtud tiene un componente intelectual.
El diálogo concluye sin una respuesta definitiva. De manera irónica, Sócrates termina más cerca de aceptar que la virtud podría ser enseñable, mientras que Protágoras queda en una posición menos firme. Así, Platón deja la cuestión abierta, mostrando la complejidad del problema y el carácter crítico de la investigación filosófica.
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